372. El año que hay detrás
Eran alrededor de las once de la mañana cuando por fin pasé el cartel tan esperado: «PROVINCIA DE JAÉN». No es solo ver el cartel, es notar cómo, de repente, todo cambia. No solo porque el asfalto hace vibrar mucho más mi coche, que también; es esa sensación de estar en casa. Mirar el paisaje del mar de olivos y volver al sur, mi sur, donde siempre vuelvo para encontrarme. Creo que doce años fuera de casa no son suficientes para acostumbrarme a vivir en otro lugar, aunque, siendo honesta, una vida entera tampoco cambiaría esto. Quien nace entre olivares puede entender que volver a tu hogar es volver a Jaén.
Mi alegría iba en aumento conforme me acercaba a mi familia. Ahí estaba ese olor tan peculiar de entrar al pueblo, el humo de las chimeneas tan característico que inunda el cielo con una neblina atravesada por los rayos de sol. La gente paseando tranquila, hablando en la puerta de sus viviendas con los vecinos; otros apañando su parte de la acera; los señores que están siempre en la misma barra del bar que sabe más de sus habitantes que ellos mismos; algunos niños corren con el balón mientras los adolescentes comen pipas en un banco. ¡Qué feliz es esta vida, qué gusto disfrutar de los pequeños detalles! ¿Habría algo que no me gustase a mí de aquí? En ese momento, freno en seco y oigo cómo la moto de detrás me pita y grita. No, no se me ha ido la cabeza: una señora con andador cruzaba por medio de la calle sin avisar, sin mirar, sin pedir permiso y ahí, en ese momento en que disfrutaba de la vida del pueblo, me di cuenta de que sí que había cosas que no me gustaban del pueblo, pero, aun así, me acostumbro pronto.
Aparqué el coche justo en la puerta, otra gran ventaja del pueblo, y subí corriendo las escaleras siguiendo el olor del arroz de mamá, que, obviamente, era una exquisitez que aprendió de mi abuela. Y podéis pensar lo que queráis: nunca vais a convencerme de que hay comida más rica que esta. Allí estaba papá en el patio, echando la liga al sol, con su pequeño vaso de vino, un platico con jamón y queso y, por supuesto, el cuenco de las aceitunas, mientras en la radio escuchaba las noticias diarias. Corrí a abrazarlo, pero antes robé una aceituna, para sorpresa de nadie. Mamá, cantando en la cocina con la música de fondo, ni siquiera había descubierto mi llegada. Por este motivo, decidí entrar de manera sigilosa y quitar el nudo de atrás de su delantal, sabiendo que en otro momento querría pegarme una colleja. Esta vez estaba tan contenta con mi llegada que su reacción fue abrazarme con fuerza y darme un beso en la frente, que sonaba como: «Al fin estás en tu hogar».
Yo estaba eufórica hablando mientras saboreaba el arroz, que reataba con alguna que otra aceituna, y preguntaba qué sendero haríamos hoy, porque las cosas importantes no se dejan para otro día, se hacen ese mismo, y si luego se puede, se repite mañana. Mis padres habían estado por la mañana comprando y la sobremesa terminó siendo el mítico concierto de papá con la guitarra y mamá cantando esas canciones que todos conocemos en inglés, pero ellos las saben en español. No hay cosa que admire más de mis padres que su complicidad y las ganas de pasar tiempo juntos que tienen siempre. Ellos son mi ejemplo de familia y me encanta que esos valores hayan crecido conmigo y con mis hermanas.
Al final no había sendero como tal; hoy tocaba una vuelta por los olivos para echarles un ojo. Después de una buena siesta para recuperarme del viaje, cuando mamá estaba merendando fruta y mi padre hacía café y sacaba los rosquillos de anís que tanto le gustaban, yo ya estaba en la puerta de la cocina con mis zapatillas y la cámara de fotos preparada para nuestra ruta por nuestros olivos.
—Esta chica de ciudad… —decía mi padre irónicamente mientras mi madre, por detrás, se reía de manera traviesa.
Al llegar a las olivas de mi padre, comencé a fotografiarlas. Veía encanto en cada una de sus hojas, en el brillo del paisaje, cómo las aceitunas en las ramas dejaban entrever la luz del sol y, ahí al fondo, estaba ese olivo centenario que de pequeña pensaba que era feo, pero ahora me parece espectacular. Cuando era una niña jugaba y hacía como que era un árbol viejo con arrugas que me hablaba y aconsejaba, pero a una parte de mí le daba un poco de miedo. No me preguntéis el porqué, yo tampoco lo sé. Con el tiempo he aprendido que este olivo nos ha visto crecer y pasar generación tras generación por el trabajo de sus tierras. A mi padre, a mi abuelo, a mi bisabuelo, a mi tatarabuelo y, bueno, todas esas generaciones que mi padre me explica intentando que todo el pueblo sean mis primos, porque su tatarabuelo y el mío eran el mismo. Esa manera tan suya de querer tener mucha familia, ¡como si no fuésemos ya pocos! Mi cara era un poema intentando hilar cuando lo explicaba; mi madre directamente desconectaba mientras asentía: era más lista que yo.
No solo jugué al lado de ese olivo, también comí debajo mi hoyo con aceite, tomate y jamón los días de aceituna que terminaban estudiando en mi habitación, aunque yo solo veía aceitunas en vez de letras y oía a mi abuelo decir: «Agacharos bien, que no dejéis ni una suelta». Las rodilleras recosidas una y otra vez, la ropa vieja que no importaba si se manchaba, ya que mi primo se dedicaba a tirarme aceitunas mientras yo recogía montones y los echaba en las espuertas. No voy a mentir: ese olivo me sirvió para esconderme más de una vez cuando no quería tirar más de los ropones; sin embargo, me delataba mi mancha de aceituna en el culo cuando volvía.
Los tiempos pasados eran más duros. «Nosotros sí que pasábamos fatigas», decía siempre mi madre, porque, claro, a ella no la dejaron estudiar e iba a echar un jornal, poniéndose malísima y sin poder ni contarlo, ya que por aquel entonces la menstruación era un tema tabú.
Y ahora, pensándolo bien, cuántas voces ha escuchado este olivo centenario y cómo han ido cambiando con el tiempo al ruido de la maquinaria. Historias que guarda en silencio y que marcan su fuerte tronco. Porque nos observó yendo a la aceituna en burro, que hacíamos más caso al animal que a nuestro abuelo; ahora mira diferentes cuadrillas con sus máquinas que no dejan oír sus historias. Todo lo vivido de romances, amistades, familiares y, seguro, muchísimos cotilleos que debe de saber este olivo. Ojalá pudiera hablarme y contármelos, pero él solo observa y vive en silencio.
Y, hablando de silencio, el mío con mis pensamientos se rompió al escuchar murmullo de gente. Un grupo se acercaba al olivar mientras hablaban y reían, como cuando, el día que me tocaba ir a la aceituna y estaba mala, mi abuela decidía ir dando un paseo y que le hiciéramos una visita a los aceituneros para alegrarle el día.
—¿Y esa gente? Encima parecen forasteros, como dirían aquí —reía sarcásticamente. Lo que no sabía era que algo me quitaría la sonrisa rápido.
—Y lo son. Son los turistas que contratan un recorrido con la almazara para ver el proceso del aceite. Papá firmó unos papeles para dar permiso para visitar nuestro olivar en esta ruta «del olivo al aceite», que es como la han llamado —contó mamá con tranquilidad, y yo, embobada, viendo qué fantasía era que la gente que venía de fuera pudiera disfrutar de los olivos de mi padre tanto como lo hacía yo, aunque no tuvieran historias que recordar.
—Y, de paso, a ver si alguien se interesa en comprarlos —sentenció papá.
—¿QUÉ? ¿COMPRAR QUÉ? ¡NUESTROS OLIVOS ESTÁN EN VENTA! —dije desquiciada, como si de repente notara que la herencia más grande de recuerdos se la íbamos a dar a unos desconocidos, como si nuestro paso del tiempo por allí, todas las generaciones que lo han cuidado, se vieran totalmente traicionadas si esos olivos pasaban a ser trabajados por otras manos. Algo en mí se rompió, pero ¿en qué momento había ocurrido todo esto?
—Cálmate, lo hablamos luego, por favor —dijo mamá para mantener un poco la compostura ante los visitantes.
La noche se comenzó a echar encima y, después de escuchar todo lo explicado por el guía como una turista más, mi cabeza seguía sin entender nada. Todos volvieron a la cooperativa y nosotros también pasaríamos para disfrutar de la cata de aceite de extracción en frío que tenían preparada, pero, en ese momento, solo había más silencio que antes de recibir al grupo, solo que esta vez mucho más incómodo.
—Papá, no quiero que vendas los olivos —rompí el silencio pensando que mi opinión importaba.
—Pues quédatelos tú —dijo mi padre de manera rotunda.
Silencio y más silencio. ¿Cómo me los voy a quedar yo? Toda la vida diciéndome que estudiara para no dejarme la espalda en los olivos. Hice lo que mis padres siempre quisieron: estudiar y tener un trabajo digno en una oficina, donde la calidad de vida era muy buena y mi sueldo muy acorde con mi estilo de vida. ¿Tendría que volver al pueblo y dejarlo todo? ¿Tendría que aprender todo aquello que mi padre sabe al detalle y que su padre y todos los anteriores dueños de estas tierras sabían con solo mirar el paisaje? Yo solo veía recuerdos, pero no entendía si necesitaban agua o si ese año las heladas se los habían cargado; no sabía si estaban sobrepasados de tantas tormentas, si la cosecha iría bien; ni siquiera sabía hacer todos aquellos cuidados que siempre había acompañado a papá de pequeña a hacer, como hacer suelos, quitar baretas o quemar el ramón. Por no saber, no sabía ni si eso se seguía haciendo de forma manual, si ya lo hacían máquinas o si había aplicaciones que deducían qué necesitaba el olivo. No puedo quedármelos porque no tengo ni idea de cómo cuidarlos. Solo quiero quedarme el terreno y seguir creando recuerdos, pero eso, sin trabajarlos, no es una opción.
—Sé que suena irónico, ya que mi padre quería que estudiara para ofrecerme una vida mejor que la que me ofrecía el campo. Y yo también he intentado que sea así para vosotras. Antes, tener tierras era un orgullo, sin embargo, ahora… —dijo mi padre, que parecía que me estaba leyendo la mente.
Al llegar a la cooperativa, los recuerdos venían de nuevo y las dudas, más aún. Y entre tanta incertidumbre solo oía halagos de los visitantes. Estaban maravillados con todo y es que, desde luego, no era para menos. Mi madre acariciaba la mano de papá para calmarlo; para él tampoco era fácil esta decisión. Los turistas no paraban de hacer preguntas que yo jamás me había planteado y que, ahora, tenían más sentido que nunca. Observaba con admiración cómo mi padre conocía cada detalle, sin dejar lugar a dudas, sin haber estudiado sobre ello, solo por haber crecido junto a sus olivos. Esa enseñanza que solo te da la vida.
Papá aprovechó que la gente se acababa de despedir alegremente para pasarme un trocito de pan para mojar en el aceite con ese color verde fuerte tan peculiar de la extracción en frío. No hizo falta mucho más porque su sabor lo era todo. No lo llaman oro líquido por casualidad, no hay precio que lo pague, porque este oro no nace en el cántaro. Al mirarlo no vi aceite, vi un año entero de sacrificio y cuidado. El aceite es el miedo a las heladas que tanto repetía mi abuela; las flores blancas en primavera junto a la retama que íbamos a ver con mamá y papá para prever la temporada; los días en los que papá miraba al cielo preocupado; el verano que hace soportar a nuestras tierras más de cuarenta grados; la manera peculiar que tenía mi abuelo de preparar los suelos como si tuviese un compás; la espera de la lluvia, así como el clásico grito de mi tío con su llegada: «¡Agua para mis olivos!»; el momento decisivo y de reencuentro de recoger, las manos que todavía quedan y la almazara que nos lo prepara.
—Todo el mundo quiere oro, todos queremos aceite; no obstante, ninguno queremos el año que hay detrás —concluyó papá.
A la mañana siguiente, no esperé a nadie. Me levanté y fui sola a los olivos de mi padre. Una vez allí, toqué el olivo centenario con nostalgia y muchas ganas de que hablara, pero esta vez no quería saber de los demás, quería saber sobre ellos. Tenía muchas preguntas al respecto y necesitaba que me contestara a todas y cada una de ellas.
Volví a casa desesperada por encontrar respuestas. Solo había alguien que aún podía dármelas. Al entrar a la cocina tras el hilo de música mística que papá escucha cada mañana, encontré a papá haciendo café para los tres mientras mamá se encargaba de rallar el tomate para nuestras tostadas de aceite.
—Papá, ¿cómo sabes si los olivos necesitan agua? —pregunté con una lista de preguntas más a la espera de ser contestadas.
—Creo que acabas de hacer a tu padre muy feliz —dijo mi madre mientras miraba la cara de sorpresa de papá.
—Con lo curiosa que eres, lo raro es que no hubieses preguntado antes —contestó papá con una sonrisa que me llenaba el alma.
Los días pasaron muy rápido y era hora de volver al trabajo y, por tanto, a mi vivienda. El coche iba en dirección contraria, veía de nuevo ese mar de olivos, pero esta vez sabía mucho más sobre ellos que cuando llegué. Podía apreciar el esfuerzo, las generaciones y un sinfín de cuidados en ese precioso paisaje. Ahora encontraba el cartel que anunciaba la salida de la provincia y, de nuevo, notaba el asfalto en calma, como una despedida silenciosa.