368. Los olivares de mi sangre

Sara Anubis González Lorenzo

 

Empezando por el principio de la historia que yo conozco, habría que remontarse a hace 50 años, cuando mi abuelo plantó una finca entera con 110 olivos para celebrar el nacimiento de mi padre. Porque, aunque pueda parecer una forma peculiar de celebración, sí, así de importantes son los olivos en mi familia. 

Toda mi familia se ha criado entre olivos, en esa zona de la Alpujarra granadina llamada “La Ruta de los Olivos Centenarios”. Y esos mismos olivos han sido el motivo y excusa de unión de mi familia durante muchos años. 

En un cortijo perdido entre olivares se crió mi padre, junto a sus dos tías, María e Isabel. Todos ellos han dedicado su vida al campo, a cuidar y criar gallinas, conejos, cabras, cerdos, caballos e incluso vacas. Pero no solo cuidaban animales, también tenían sus huertos con tomates, lechugas, patatas, cebollas y todo lo que necesitaban para alimentar a toda la familia el año completo. Aunque el trabajo en el campo es un constante durante todo el año, para ellos había una época que eran como vacaciones. Su época favorita del año: la recogida de la aceituna. Empezaba en noviembre, cuando los tractores pasaban por las fincas para allanar los suelos, los toldos se tendían alrededor de los troncos y el sonido de las cañas vareando las ramas se convertían en rutina. 

Se levantaban al ser de día y, sin nada que acolchara sus rodillas, pasaban el día recogiendo esos pequeños frutos que caían del árbol para echarlos en los sacos de rafia y llevarlos al molino. 

En aquella época, no había máquinas que varearan los árboles con motores, ni paraguas invertidos para recoger todas las olivas de forma rápida y eficaz, ni, mucho menos, cosechadoras que recogieran las aceitunas simplemente pasando por encima de ellos. 

Y, aunque pueda parecer (y me atrevo a decir que lo era) un trabajo arduo, ellos disfrutaban, era su forma de pasar tiempo juntos, echar unas risas y sentirse realizados con sus tierras y el trabajo que realizaban durante todo el año regando y cuidando sus olivos. 

Pero no me extraña, teniendo en cuenta las historias que cuentan de aquella época. De entre ellas, una de las más famosas era la de la oveja.  Y tú dirás, ¿qué tiene que ver una oveja con la aceituna? Pues resulta que mi abuela tenía aquella oveja como si fuera un perro, la había criado desde pequeña y la seguía a todas partes, incluida la finca donde tocaba varear aquel día. Mientras ellos recogían aceituna y la echaban en los sacos para llevarla al molino, la oveja decidió entretenerse echando a correr en dirección a mi tía Isabel y, claro está, tirándola al suelo con todas sus ganas. Lo mejor de todo, que la reacción de la familia al completo fue echarse a reír como si no hubiera un mañana. Dicen que los buenos amigos se ríen antes y te preguntan cómo estás después, y tal que así sucedió aquella tarde de cosecha. 

Después de horas de varear, cargar comida para los animales y, en resumen, trabajar en el campo, podemos decir que mi abuela y mis tías estaban tan fuertes como si fueran al mejor gimnasio de la ciudad. Cargaban los sacos de aceituna kilómetros desde la finca donde la recogían hasta la casa o el sitio donde estuviera esperando el camión para recogerla. En una de esas caminatas y, teniendo en cuenta que, en aquella época los campos no estaban vallados ni tenían muros, porque todos sabían de quién era cada finca y hasta donde llegaba cada terreno, se metieron sin darse cuenta en un campo recién regado. Como todos sabemos, la tierra recién mojada suele suponer un barrizal importante y, cargadas como iban con el saco de aceituna, se quedaron clavadas en el fango, incapaces de avanzar hasta que llegó un vecino a ayudarles. Lo mejor de todo, no se estresaron ni se agobiaron, he ahí lo bueno de vivir del campo, conoces la naturaleza y aprendes a convivir con ella, aceptarla y, aún más, vivir plena y felizmente. Por eso, su entretenimiento mientras esperaban a alguien que las ayudara fue echarse a reir por su torpeza de meterse cargadas en una finca recién regada y guardar una anécdota para toda la familia.

Pero claro, aquellos sacos que llevaban al molino no se llenaban solos. Iban haciendo montoncitos con las aceitunas para poder echarlas a puñados a los sacos y competían por ver quién recogía más olivas. Esto suponía que, si una se despistaba o se daba la vuelta, su montón podía desaparecer, como por arte de magia. Y ahí empezaban lo que hoy en día llamamos “piques”, risas, bromas y mentirijillas piadosas, como si nadie supiera quién había hecho desaparecer el montón de aceitunas en su saco. Esa complicidad y esas risas que ellos vivían entre noviembre y enero en su mayor esplendor, son parte de la naturaleza humana y, como no, solo podían darse en la mejor representación de la naturaleza andaluza: los olivares.

De todos esos momentos, horas, días, semanas y años recogiendo la aceituna para que el molino de los Navarro la convirtiera en oro líquido, hay mil historias más y, todas ellas se cuentan desde que tengo uso de razón en la mesa del comedor de mis abuelos. 

Porque así me he criado yo, con unas migas, un puchero o un arroz en medio de la mesa, sillas de veinte tipos diferentes apretadas entre sí para que todos cupiéramos en la mesa. Platos hondos, llanos y de vajillas que se han ido renovando con los años. Al lado del plato, un trozo de pan partido con las manos porque, como siempre dice mi padre, así se oxigena mejor y está más rico que si lo hubieras cortado con el mejor cuchillo del mundo. Pero no creáis que el pan que partíamos con las manos era comprado, que no. 

Los fines de semana, cuando nos juntábamos todos (incluidos perros y gatos) en casa de mis abuelos, el horno se encendía bien temprano con leña y, entre las tres matronas de la casa, amasaban con ganas y, sobre todo, con mucho amor (de no ser así, sería inexplicable que el pan estuviera tan rico). Cuando de la leña solo quedaban ascuas, las echaban hacia los lados del horno y, en el centro ponían las roscas, las barras y los bollos de pan. Aún recuerdo cuando mi padre me cogía en brazos para que pudiera ver por la puerta del horno cómo creía aquella masa, sentir el calor de la leña en la cara y el olor del pan cociéndose que me hacía la boca agua. Cuando salía del horno, era complicado mantenernos a raya a mi prima y a mí para que no robáramos un pellizquito de pan y lo mojáramos en aceite antes de comer, ¡ay pobre de quien no haya probado semejante manjar!

A la hora de comer, había que tener cuidado con mi abuelo porque, aunque se podría decir que era un hombre de pocas palabras, cuando decía algo en aquellas comidas familiares, era mejor que te aseguraras de no tener nada en la boca, si no, se podía calificar como actividad de riesgo. Tenía un piquito de oro para hacer bromas y contar anécdotas, y no le habían pasado pocas a lo largo de toda su vida. Una historia del abuelo era igual a risas aseguradas en toda la mesa, con detalles incluidos por aquellos que la hubiera presenciado y, en la mayoría de casos, terminaba con lágrimas y dolores de barriga sin poder parar de reír. 

En mi casa nunca se ha comprado aceite en el supermercado y, he tenido el privilegio de saber lo que son las acequias y de dónde vienen los huevos de gallina desde bien pequeña. Darle el biberón a los chotillos era mi entretenimiento preferido cuando iba a visitar a mis abuelos y recoger aceituna mis planes por defecto en las vacaciones de Navidad. 

Como venía diciendo, nunca nos ha hecho falta comprarlo del supermercado porque, o venía de nuestra finca, o de la de mis abuelos, mis tías o el vecino. Si un año los olivos no cargaban, se aprovechaba el aceite del año anterior y qué afortunada por haber vivido con alimentos tan ricos. Como podéis comprobar, los olivos siempre han formado parte de las historias de cada mesa de familia y también de las exploraciones con mi padre por la finca. 

Me acuerdo la primera vez que me enseñó su mágico escondite. Tendría yo unos 6 años, y me metí con él bajo un olivo, pero no bajo sus ramas como estaréis pensando. Aquel árbol era tan curioso que, aún estando vivo, se había creado un agujero entre el suelo y el tronco, como si él mismo hubiera creado una cueva buscando proteger a alguien. Llevaba allí tantos años que mi padre ya había disfrutado de niño de la cueva bajo su grueso tronco y quiso compartirlo conmigo. Tengo una foto en la que queda claro que las arañas que me encontré allí dentro no me hicieron tanta gracia, pero ahora, con solo recordarlo o pasar por allí me nace una inmensa sonrisa. 

¡Oh, bueno! Y no podía olvidarme de hablaros de mi querida rama. Sí, sí, mi rama. En mi casa, La Trapichuela, entre aquellos 110 olivos que mi abuelo plantó cuando nació mi padre, había uno con una rama completamente horizontal y, habiéndome criado entre olivos, no era nada raro verme escalando alguno que otro cuando me aburría. Así descubrí que aquella rama horizontal era perfecta para sentarse a descansar e, incluso, tumbarse. No os voy a decir más, se terminó convirtiendo en mi sitio favorito para echar la siesta y, así, la bauticé como “mi rama”. 

Aún hoy, mi abuela y mis tías, con 90 años, se siguen preocupando por quién recogerá la aceituna y si los árboles cargarán este año o el próximo. Aunque ya no puedan recogerla ellas, por motivos obvios, recuerdan las recogidas de aceituna con muchísimo cariño y, ya solo por eso, tengo que estar eternamente agradecida a esos olivos centenarios y ese oro líquido que han sido parte de mi vida desde el primer llanto.

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