366. Más que la sangre

Silae

 

El abuelo ha muerto y me toca volver a la tierra donde solo fui feliz de niño, cuando un palo era un caballo y la inocencia bastaba. Me siento un traidor. Llego tarde para despedirme; los abrazos debieron ser antes, hoy solo queda el entierro.

En la finca me recibe el olivo centenario. Me tortura su presencia, él jamás lo abandonó, le regaló sus frutos y compañía hasta el final. Yo elegí la prisa de la capital, solo ofrecí alguna llamada y una cena en Navidad.

Desde el cementerio me observa la tierra, pero Andalucía no juzga, aguarda, solo me juzgo yo. Al volver a la casa, entre parientes que ya calculan el reparto de parcelas, corto una rebanada de hogaza, vierto un hilo denso de aceite y un poco de sal.

En mi boca, de repente, se materializa la memoria. El sabor me devuelve su voz, sus manos curtidas, la calidez de su sonrisa. No es oro por el valor, sino porque une más que la sangre. La ciudad me parece de pronto un desierto dormido. Qué ironía, siempre fue al revés. Ahora veo que debo volver, cuidar las raíces que nos han dado alimento y salud durante generaciones.

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