364. El ciento treinta y cuatro
Junto al olivo número ciento treinta y cuatro aún permanecían ellos, arrullados por el canto lejano de las lechuzas, por el estridente chirrido metálico de los grillos, acariciados por el silbido tibio de la brisa, apenas alumbrados por esa luna que, quizá avergonzada, quizá cómplice, no se atrevía a profanar estos momentos, como una voyeur escondida tras el cortinaje vaporoso de las nubes. Él permanecía tumbado sobre aquella jarapa, completamente desnudo con los brazos estirados en cruz, sudoroso y aún jadeante. Ella, por su parte, hacía por colocarse, todavía temblorosa y excitada, la ropa interior de color blanco que había quedado arrullada en una esquina, ahora manchada de tierra al igual que su vestido.
Aquella noche habían vuelto a quedar junto al olivo ciento treinta y cuatro, sintiéndose cobijados por la robustez de su tronco, cubierto de gruesas esquirlas grisáceas, bajo la techumbre serpenteante de su ramaje, de siniestra conformación en sus curvas y contracurvas, como los dedos huesudos de un anciano. Aparentemente indestructible, receptor y confidente de sus propias vivencias, aquellos dos amantes se ocultaban bajo su hojarasca verdinosa repleta de incipientes aceitunas que parecían también querer ser partícipes de esos primeros encuentros amatorios que de un tiempo a esta parte agitaban el entorno de aquel lugar alejado de la casa, de posibles ojos escudriñadores. Allí habían descubierto hace unas semanas sus respectivos cuerpos, ardientes de pasión, descarnados en el salvaje acto amatorio en que se habían convertido ya sus encuentros, dejando atrás aquellos lejanos días de juventudes incipientes, más aún los de la infancia. El olivo ciento treinta y cuatro había sido testigo de toda su vida, de aquellos juegos inocentes, aquellos escondites, aquellas adivinanzas, aquellas noches tumbados mirando las estrellas, aquellas rebeliones, sus propios cambios, sus nuevas dudas, sus ahora crecientes miedos, todo eso que fue transformando esa amistad en un sofocante amor, en un extraño deseo encarcelado primeramente por los tornadizos instintos adolescentes, por esos cambios fisiológicos en sus cuerpos que sepultarían para siempre los niños que habían sido. Una extraña mezcla atractiva y repulsiva a la par, una desbordante algarabía de sensaciones, todas novedosas, percibidas al principio como sucias, inadecuadas e irreverentes. Esa atracción que a veces iba y venía se veía culminada ahora, llegada su plenitud, justo en el momento preciso, ni antes ni después, alcanzado el grado de madurez preciso como el árbol transforma aquellas hojas en frutos que han de ir creciendo, germinando con el poso sereno de la paciencia, ni antes ni después, para convertirse en ese anhelo que cada tiempo de recogida constituía un tesoro a salvaguardar. Aquel viejo testigo mudo los cobijaría, guardaría su secreto, los protegería de sus respectivas familias, esas que siempre temieron acabarían por separarles para siempre.
Aquellas primeras carreras de niños por entre los olivos acababan irremediablemente en aquel lugar. Sobre su tronco habían grabado sus nombres, Eric y Elvira, y una fecha: 29 de junio de 1965. El sonido quebradizo de la hojarasca seca, de la tierra y las piedras que untaban sus ropas, el aroma subyugante y atrevido de los árboles, el canto desbordante de los pajarillos que entre ellos se escondían como si quisieran emular el juego de aquellos dos pequeños humanos, se entremezclaban con sus risas y gritos infantiles, después con sus confesiones y confusiones juveniles. Ahora todo eso había comenzado a cambiar. Sus cuerpos se habían desarrollado, como el fruto a punto de recogida, sus mentes también, y su inocencia amenazaba con abandonarles ya para siempre. Cuando no estaban juntos, Eric ayudaba a padre en el trabajo del campo, arando y labrando, regando y recolectando, y llegada la época de la recogida, formando parte como uno más de aquella cuadrilla de jornaleros que de sol a sol atesoraban los frutos de aquellas haciendas de olivares. Elvira vivía en la finca contigua. Ella convivía con su madre y su tío en una casa repleta de falsos lujos, aparentando una impostada fastuosidad que pudiera mantener a ojos de todo el mundo ese aire altanero, de tono superior, alejada del para ellos ambiente polvoriento, sucio y oloroso del resto de haciendas de la zona, repletos sus rincones de aperos y herramientas, de sacos y bidones enterregados. Sus cuidados jadines, el escaso servicio siempre presto, los colores llamativos de la fachada de la casa, los aromas de las rosas que jalonaban los parterres aquí y allá fueron el entorno de las primeras carreras de esa chiquilla de larga cabellera rubia y ojos azules con un ferviente deseo de libertad, ajena a aquel postureo que tanto llegaba a incomodarla en ocasiones. La madre, una señorona viuda de alta alcurnia y aspecto repintado, siempre recogido el pelo en un moño y coloreados los labios exageradamente, de tonalidad más bien rancia e impostada, con permanentes aires de grandeza, no gustaba de alternar con la vecindad. Mucho menos el tío, un hombre grande, recio, tosco en sus formas y carácter, amargado al extremo tras la sospechosa desaparición de su esposa, de la que la chismorrería de la zona hablaba como asesinada a balazos por este un par de años ha tras descubrirla con otro hombre. El tío, de amplia barba cada vez más encanecida, siempre llevaba a cuestas su escopeta de caza, y aquello aumentaba más la sensación de desasosiego que a todos los vecinos invadía siempre que lo veían por allí.
Bajo aquel olivo ciento treinta y cuatro nacieron lágrimas y frustraciones contadas del uno al otro, e igualmente, en sentido inverso, consuelos, acaso también ya esas primeras caricias que fueron despertando algo en su interior. El fragor de la primavera, el calor sofocante de los veranos eran los momentos más propicios para sus confesiones. La lujuria comenzó a invadír sus cuerpos ya casi adultos, transformándose y creciendo al compás de todos y cada uno de esos viejos olivos que bien conocían los placeres y sinsabores de la vida, los días y las noches, los fríos y la gelidez de los inviernos, el calor y el sudor de los veranos, la lluvia alimentando sus almas, la vida misma desarrollándose sin cárceles, en plenitud, desaforada, cruel e inmensa en sí misma. Así se sentían ellos, variables como el tiempo de un otoño o de una primavera, a veces albergando un gozo inexplicable, otras un quebranto de igual forma. No se atrevieron durante largo tiempo a traspasar esa invisible frontera, esa línea que sabían habría de cambiarlo todo para siempre. Solo el hecho de imaginarlo les embargaba a la par de excitación y repulsión. Aquellos dos chicos hubieron de descubrir cómo la vida se abre paso por sí misma en todo momento y en todo lugar. La vida, siempre la vida. Dulce y amarga, plena y alegre, sutil y desbordada, triste y oscura otras veces.
Aquella primera vez, casi anunciada ya desde aquellos otros primeros escarceos, adivinada en aquellas primeras caricias, en esas miradas de exorbitante profundidad, y sobre todo anticipada en esos primeros besos que los transportaron más allá de todo lo que habían podido imaginar, aquellas primigenias sacudidas placenteras, tuvieron también el asiento levemente amargo en el alma, el picor sutil que más se adivina, pareciendo que casi no llega a consolidarse del todo en la boca pero deja su poso al deslizarse por la garganta, como el buen aceite de oliva. Las noches ahora se alumbraban con el brillo creciente de sus cuerpos sacudidos por el temblor del orgasmo, a su vez sombreados por los barrotes condenatorios de la estricta moralidad que les habían inoculado en casa durante tantos años. Un mezcla hermosa y sucia, sentida como un alivio, también como una condena que comenzaba justo en aquellos precisos instantes. Un camino sin retorno, sin posibilidad de regreso. Acaso un futuro de amor ante ellos, acaso también de muerte. El deseo al fin aplacado había profanado su propia inocencia, esa que en aquel mismo instante supieron jamás volvería. Secretos, confesiones, sueños de un amor por descubrir en su plenitud, quimera de algo que en su fuero interno sabían que era imposible, y de serlo entonces les llevaría posiblemente a un trágico final.
Solo los ojos brillantes de los pájaros escondidos entre los ramajes, solo la mirada tierna y avergonzada de la luna, acaso la calma de aquel olivar parecíales algo sublime a aquellos dos jóvenes, sin reparar en que a lo lejos ya habían sido descubiertos por uno de los sirvientes de la casa, enviado por madre para que vigilara todos sus movimientos. Uno de aquellos cómplices olivos que perfectamente alineados trazaban sus sombras protectoras sobre ellos pronto se convirtió en un traidor, sirviendo de parapeto a esos otros ojos que posteriormente relataban con minuciosidad de detalles, para escándalo de la señora de la casa, todo lo que habían contemplado en esos encuentros amorosos.
Fue una noche cualquiera, especialmente oscura, de luna nueva, como si no quisiera alumbrar todo lo que ya barruntaba habría de acontecer allí, junto al olivo ciento treinta y cuatro, como si quisiera cubrir con el velo negro de la más absoluta oscuridad aquello que estaba por suceder. Ella, luz de tantas noches, sueño y ensueño para ellos, no quiso estar presente, no quiso mirar lo que había de ocurrir. Acaso unas pisadas les alertaron, acaso un silencio tan hondo que nunca antes habían percibido… Gritos, forcejeos, huidas, un disparo de escopeta en la noche rompiendo el silencio, provocando el ladrido enfurecido de los perros, la marcha pavorosa de los pájaros, perdiéndose en un eco desvanecido entre los ramajes, acaso tras las cercanas colinas. Y una mancha desparramada en cientos de gotas de sangre salpicando el tronco del olivo ciento treinta y cuatro junto al que yacía un cuerpo.
Desde ese día, unas pocas flores junto al mismo. Una oración. Miles de lágrimas y súplicas. Un arrebato suicida tantas veces junto a su tronco. Golpes desesperados, un odio descargado contra sus propias ramas, contra sus propios frutos. El cuerpo cubierto de sangre que tintó la hojarasca seca, la tierra y hasta su propia honra, ese que tiñó de luto durante semanas el aire fresco de la hacienda fue una horrenda visión que ella no consiguió borrar de su cabeza.
Nunca más pudieron aquellos dos jóvenes amantes regresar al cobijo de ese olivo ciento treinta y cuatro. Aquella noche de luna nueva había transformado por completo su vida. El estruendo de la descarga se escuchó varios kilómetros a la redonda. Pronto se hicieron presentes los vecinos, alarmados, inquietos. Pronto, entre las sombras de una noche más negra que las demás, pudo distinguirse aquel cuerpo desangrado junto al tronco, aquella escopeta unos metros más allá, incluso podían advertirse las huellas de la huida sobre la tierra húmeda. No fue posible nunca encontrar al autor de aquel asesinato, envuelto por esa implacable oscuridad. Jamás se supo más de aquello. Solo esas flores junto al tronco que ella depositaba todas las semanas. Los hubo que incluso se alegraron de su muerte. Ya se ha hecho justicia al fin, proclamaban estos.
Unos meses más tarde talaron aquel olivo, cercenaron aquel viejo árbol que había significado su ruina, que se había convertido en su propia tumba. Nunca más daría fruto. No habría cosecha, ni aceite que pudiera vincularse ya al mismo. Aquel olivo, el ciento treinta y cuatro, había quedado señalado con la marca sangrienta de la muerte reflejada en su tronco, acaso inoculada ya hasta en sus mismas raíces. Mil veces fue maldito por sus palabras, por sus tardes de llanto junto a él. El olivo y esa luna que esa noche no apareció fueron cómplices de aquel incidente que marcó para siempre la vida de aquella aldea. Ellos sí supieron qué es lo que había sucedido realmente. Y con ese secreto habrían de morir.
Noche de luna nueva. Acaba de escucharse un disparo tras los violentos embates de un forcejeo previo, los chillidos alarmados de Elvira y el aleteo pavoroso de las aves abandonando el lugar. Golpes, puñetazos, una escopeta… La que ella misma disparó tras recogerla del suelo hacia donde había salido despedida, alcanzando en el costado a su tío justo en el momento en que estaba a punto de clavar el machete en el cuerpo caído de Eric. La oscuridad entonces hizo de perfecta aliada con los dos jóvenes amantes, que se perdieron entre las montañas para no ser vistos jamás por la zona. El olivo ciento treinta y cuatro nunca los delataría. Él mismo lo pagaría posteriormente, despedazado a golpe de hacha, con su propia muerte.