363. El bálsamo de los difuntos
Mi madre falleció en diciembre, cuando los primeros tractores cargados de aceituna comenzaban a descender por los caminos que llevaban a la cooperativa y el aire del pueblo recuperaba ese olor espeso y familiar que siempre había marcado el principio del invierno.
Ella fue la persona que sostuvo silenciosamente cada etapa de mi vida, una de esas mujeres que parecen estar siempre un paso por delante de las necesidades de los demás. Durante años, confundí aquel cuidado con algo natural, como si las casas se mantuvieran solas, las comidas aparecieran sobre la mesa por arte de magia y hubiera alguien destinado a recordar por nosotros las fechas importantes. Mi madre poseía esa forma discreta de querer que apenas se nota mientras existe y que, cuando desaparece, deja al descubierto el andamiaje entero de una vida.
Las semanas que siguieron a su muerte transcurrieron entre tareas que nada tienen de poético y que, sin embargo, forman parte inevitable del duelo. Hubo documentos que firmar, cuentas que cerrar, armarios que vaciar y montones de objetos cuya importancia parecía haberse marchado junto a la persona que los había conservado durante años. Mientras recorría las habitaciones de la casa me sorprendió comprobar hasta qué punto una vida puede reducirse a unos cuantos muebles, algunas fotografías y varias cajas de recuerdos. Sin embargo, también descubrí que ciertos objetos parecen resistirse a desaparecer.
Fue precisamente uno de esos hallazgos el que alteró el curso de aquellos días.
Lo encontré en el fondo de la despensa, detrás de una hilera de platos desportillados que mi madre llevaba décadas negándose a tirar. Al apartarlos aparecieron varias botellas pequeñas de cristal oscuro, alineadas con un cuidado casi ceremonial, como si alguien hubiera dedicado años a mantenerlas protegidas de la luz y del olvido. Cada una llevaba una etiqueta con unos números escritos a mano.
1977.
1984.
1997.
Durante unos segundos permanecí inmóvil observándolas. No necesitaba preguntarme a qué correspondían aquellas fechas. Mi padre, mi tía y mi abuelo habían fallecido muchos años atrás y, sin embargo, allí seguían ocupando un lugar en la casa, convertidos en algo tan sencillo y tan misterioso como tres botellas de aceite escondidas en una despensa.
Entonces regresó a mi memoria una conversación que creía olvidada.
Yo tendría nueve o diez años cuando vi a mi madre guardar una botella detrás de unos tarros de conserva. Recuerdo que estaba sentada a la mesa haciendo los deberes y que levanté la vista justo cuando ella cerraba el armario.
—¿Por qué guardas eso?
Mi madre sonrió sin dejar de ordenar la cocina y respondió con una naturalidad que entonces me resultó incomprensible.
—Porque hay cosas que no deben perderse.
Aquella respuesta no me satisfizo, pero tampoco insistí. Como tantas otras conversaciones de la infancia, terminó hundiéndose en algún rincón de la memoria hasta que la visión de aquellas botellas la trajo de regreso décadas después.
En el pueblo existía una vieja tradición relacionada con el aceite que los más ancianos conocían como “el bálsamo de los difuntos”. Nadie sabía explicar con certeza cuándo había comenzado ni quién había sido el primero en practicarla. Algunos aseguraban que ya existía cuando sus abuelos eran niños; otros sostenían que procedía de tiempos todavía más remotos, cuando la vida giraba por completo alrededor de la cosecha y los hombres creían encontrar señales de lo sagrado en cualquier elemento de la naturaleza. Según la costumbre, cuando alguien moría se guardaba una pequeña cantidad del aceite producido durante la cosecha de ese año y se conservaba en la oscuridad de una despensa para que el tiempo no terminara de llevárselo todo.
A mí aquello me había parecido una superstición más entre las muchas que abundaban en los pueblos. Sin embargo, aquella noche, mientras observaba las botellas alineadas sobre la mesa de la cocina, empecé a pensar que lo verdaderamente importante rara vez atiende a la lógica.
Había pasado horas revisando documentos cuando decidí hacer una pausa. Corté una rebanada de pan y abrí la botella correspondiente al año en que murió mi padre, convencida de que encontraría un aceite rancio después de tanto tiempo. Sin embargo, del cristal surgió un aroma limpio e intenso, con los mismos matices verdes y terrosos que recordaba de las jornadas de molienda de mi infancia. Parecía imposible que aquel olor hubiera sobrevivido casi cuarenta años sin alterarse.
Mi padre murió cuando yo era demasiado pequeña para conservar recuerdos con nitidez. Lo poco que sabía procedía de fotografías, historias familiares y anécdotas repetidas tantas veces que ya no distinguía cuáles me pertenecían y cuáles había heredado de otros.
Mojé un trozo de pan y lo llevé a la boca. Lo que ocurrió después todavía hoy me resulta difícil de explicar. De repente estaba otra vez en la vieja cocina familiar viendo entrar a mi padre con las botas cubiertas de barro tras una jornada entre los olivos. Mi madre protestaba porque acababa de fregar el suelo y él fingía disculparse mientras dejaba un saco de aceitunas sobre la mesa. Recordé el sonido exacto de su risa, la aspereza de su chaqueta cuando me levantaba en brazos y hasta el olor húmedo de la lana en los días de lluvia, como si aquella tarde hubiera permanecido intacta durante años esperando a que alguien volviera a encontrarla.
A la mañana siguiente crucé el pueblo para visitar a Jacinta. Hacía años que apenas salía de casa y, sin embargo, seguía siendo una de esas personas a las que todos acudían cuando necesitaban una explicación para aquello que parecía resistirse a la lógica.
Además, Jacinta no era una anciana cualquiera para mí. Había formado parte de mi vida desde mucho antes de que yo tuviera memoria. Algunas de mis primeras fotografías la mostraban sentada junto a mi madre durante comidas familiares, matanzas o reuniones de cosecha. Nunca fue pariente nuestra y, sin embargo, ocupaba un lugar difícil de definir, uno de esos vínculos nacidos en los pueblos donde ciertas personas acaban formando parte de la familia sin necesidad de compartir la sangre. Cuando yo era niña aparecía por casa sin avisar, me llevaba rosquillas envueltas en un paño o me tiraba cariñosamente de las trenzas mientras fingía regañarme.
Su casa estaba situada a las afueras, donde el pueblo comenzaba a diluirse entre huertos abandonados y parcelas de olivos. La encontré sentada junto a una ventana abierta, remendando una funda de almohada. Había envejecido mucho desde la última vez que la vi. Su espalda parecía haberse encorvado bajo el peso de los años, pero conservaba unos ojos tan vivos que resultaba imposible asociarlos con una mujer cercana al siglo de vida. Más de una vez, mientras crecía, tuve la extraña impresión de que me observaba con una atención distinta a la de los demás adultos, como si buscara en mi rostro algo que solo ella pudiera reconocer.
Cuando coloqué las botellas sobre la mesa no pareció sorprendida. Las observó como quien reconoce a unos visitantes esperados y permaneció unos segundos acariciando el cristal oscuro con la yema de los dedos antes de preguntarme si había probado alguna.
Le conté lo sucedido con la botella de mi padre y el modo en que aquella tarde olvidada había regresado a mí con una claridad imposible.
Jacinta escuchó sin interrumpirme, manteniendo la vista fija en las etiquetas. Solo cuando terminé levantó la cabeza y esbozó una sonrisa leve.
—La gente siempre cuenta mal esta historia —dijo—. Llevamos toda la vida diciendo que el aceite guarda a los muertos porque esa es la explicación más sencilla, pero nunca fue así.
Después señaló una de las botellas.
—Tu padre no estaba ahí dentro.
—Lo sé.
—¿Y qué encontraste entonces?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Un recuerdo.
Jacinta negó despacio.
—No exactamente. Los recuerdos nunca desaparecen. Lo que desaparece es el camino para volver a ellos.
Con el paso de las semanas regresé varias veces a su casa en busca de respuestas. Una tarde, mientras compartíamos café junto a la ventana, me atreví a preguntarle si ella también conservaba botellas.
La anciana tardó en responder tanto que pensé que no lo haría.
Al final señaló hacia una habitación interior.
—Tengo siete.
—¿Siete familiares?
—No todos eran familia.
Su mirada se perdió un instante en el patio.
—A veces se pierde gente sin que muera.
Aquella frase quedó suspendida entre nosotras como una brizna de polvo atrapada por la luz.
No quiso explicar nada más. Y yo comprendí que tampoco debía insistir.
Fue precisamente después de una de aquellas visitas cuando encontré la botella sin fecha ni cosecha. Dentro solo había una fotografía en blanco y negro de un hombre apoyado en una motocicleta, con un cigarrillo entre los labios. No tenía nada extraordinario, pero en su mirada había una serenidad extraña que me hizo volver a ella una y otra vez.
No me malinterpreté. Mi madre había querido a mi padre. De eso nunca tuve dudas. Pero aquella imagen mostraba una posibilidad.
No me atreví a abrirla
A veces la tomaba entre mis manos y me preguntaba qué guardaría. Quizá un recuerdo. Quizá una despedida. Quizá un instante tan pequeño como aquel que había recuperado de mi padre. Sin embargo, siempre terminaba devolviéndola a su sitio. Había llegado a la conclusión de que algunas ausencias pertenecen únicamente a quienes las han sufrido y que descifrar el secreto de mi madre no me otorgaba derecho a invadirlo.
Los años comenzaron a deslizarse con esa velocidad desconcertante con la que pasa el tiempo a partir de cierta edad. Jacinta siguió envejeciendo con una lentitud casi milagrosa y las cosechas fueron sucediéndose unas a otras. Yo continué regresando cada noviembre a la casa familiar porque descubrí que aquel lugar se había convertido en una especie de refugio contra el olvido. Mientras los tractores avanzaban por los caminos y el olor del aceite nuevo inundaba el pueblo, tenía la impresión de que nada esencial había cambiado.
Hasta que apareció la botella de 2028.
Nunca llegué a saber si siempre había estado allí o si surgió de algún rincón imposible de la alacena. Lo cierto es que una tarde, mientras ordenaba unos tarros de conserva, la vi detrás de los platos. La letra no pertenecía a mi madre y aquella fecha resultaba absurda puesto que aún ni había llegado.
Recuerdo la punzada de inquietud que me atravesó en aquel instante, la sensación de estar mirando algo que no debería existir y que, sin embargo, estaba allí.
Jacinta estaba mucho más frágil cuando fui a verla con aquella botella. Le costaba caminar y necesitó varios intentos para incorporarse de la silla. Sin embargo, el cambio en su expresión al verla fue inmediato.
Por primera vez percibí auténtico temor en sus ojos.
Durante más de un minuto permaneció contemplándola en silencio.
—Pensaba que ya no quedaba ninguna —murmuró finalmente.
Entonces me habló de las botellas del porvenir.
Según las historias que había escuchado cuando era joven, existían casos excepcionales en los que aparecía una botella ligada a una ausencia futura. Nadie sabía cómo sucedía ni quién las dejaba. Algunos afirmaban que eran simples invenciones. Otros aseguraban haber conocido a alguien que había encontrado una.
—¿Y qué contenían?
Jacinta tardó en responder.
—Eso es lo extraño. No contenían una muerte.
—¿Entonces qué?
La anciana dirigió la mirada hacia la ventana.
—Contenían aquello que la muerte todavía no había tenido tiempo de convertir en recuerdo.
Aquella fue la última conversación larga que mantuvimos.
Llegó el año 2028 y Jacinta falleció una madrugada especialmente fría en la que las heladas cubrieron los olivares con una capa de escarcha. Cuando entré en su casa para acompañar a la familia encontré algo que nunca había visto.
Sobre una pequeña mesa descansaban siete botellas.
Nadie parecía prestarles atención. Los familiares iban y venían, ocupados en las conversaciones propias de los velatorios, en el café, en los abrazos y en los silencios. Sin embargo, mis ojos se dirigieron a ellas de inmediato
Permanecí observándolas desde el otro lado de la habitación mientras recibía pésames y escuchaba recuerdos sobre la anciana. Hablaban de su carácter, de su fortaleza, de los años en los que había trabajado en el campo igual que cualquier hombre. La describían como si pudieran resumir casi un siglo de vida en unas cuantas anécdotas.
Pensé entonces en algo que ella me había dicho años atrás.
«A veces se pierde gente sin que muera.»
Aquella frase regresó con una claridad inesperada.
Cuando la casa empezó a vaciarse me acerqué finalmente a la mesa.
Las botellas contenían fechas; fui leyéndolas una por una.Y entonces la vi:
La fecha imposible: 2028.
Sentí un estremecimiento al verla. Era la misma que llevaba años esperándome en la despensa de mi madre, la misma que Jacinta siempre había evitado explicar cuando yo insistía en preguntarle por las botellas del porvenir. Mientras la sostenía entre las manos comprendí por primera vez que quizá había estado interpretándola de la manera equivocada. Durante décadas había supuesto que una fecha semejante debía señalar una muerte, una pérdida o algún acontecimiento todavía por llegar. Sin embargo, frente a la botella de una mujer que acababa de morir, se abrió ante mí otra posibilidad: tal vez aquellas fechas no indicaban cuándo ocurriría algo, sino cuándo debía ser recordado.
Aquella noche saqué mi botella y la coloqué junto a la fotografía del hombre al que siempre había considerado un episodio desconocido del pasado de mi madre, la prueba de una renuncia que nunca llegó a explicarme. Sin embargo, mientras observaba el rostro de aquel hombre a la luz de la lámpara, tuve la sensación de estar contemplando algo mucho más cercano. Había algo familiar en la manera de sonreír, en la forma de los ojos, incluso en la expresión tranquila con la que miraba a la cámara.
La casa estaba en silencio. Afuera, el viento agitaba los postigos y el olor húmedo de la lluvia comenzaba a colarse por las rendijas de las ventanas. Pensé en Jacinta, en todas aquellas ocasiones en las que había respondido a mis preguntas con medias verdades, en la tristeza que aparecía fugazmente en sus ojos cuando hablábamos del pasado y en aquella cercanía inexplicable que siempre había mantenido con mi familia. De pronto me invadió la certeza de que acababa de perder la única persona capaz de responder a todas mis dudas.
Sostuve la botella con fuerza mientras intentaba contener la emoción y fue entonces cuando ocurrió algo inesperado. Una pequeña gota de aceite escapó por el borde del cristal, resbaló sobre mis dedos y terminó mezclándose con las lágrimas que corrían por mi rostro. Sentí cómo descendía lentamente por la mejilla hasta alcanzar la comisura de los labios. Su sabor apenas duró un instante, pero fue suficiente.
Ante mis ojos surgió una habitación modesta iluminada por una lámpara de petróleo. Durante unos segundos no reconocí a la joven que ocupaba una silla junto a la cama, pero algo en su mirada me resultó familiar. Tendría poco más de veinte años y sostenía entre los brazos a un recién nacido al que observaba con una mezcla de ternura y tristeza tan profunda que parecía estar intentando grabar cada uno de sus rasgos en la memoria.
Entonces la puerta se abrió.
El hombre de la fotografía entró en la habitación. Sonreía. Se acercó despacio, acarició la frente de la criatura y después se inclinó para besar a la joven. Permanecieron unos instantes contemplando al bebé y, por primera vez, tuve la sensación de estar asistiendo a algo que me pertenecía y que, sin embargo, había permanecido oculto toda mi vida.
En otra escena, el mismo cuarto apareció de nuevo, pero el hombre ya no estaba. No supe qué había ocurrido ni adónde había ido. Simplemente había desaparecido. La joven parecía más cansada, más delgada, como si el tiempo hubiera pasado de golpe sobre ella. Frente a ella se encontraba la mujer a la que yo había llamado madre durante toda mi vida.
Ambas lloraban. No discutían ni intentaban convencerse mutuamente de nada. La decisión parecía tomada desde mucho antes.
La joven tomó a la niña entre sus brazos, la abrazó durante un largo instante y finalmente la entregó. La mujer que yo conocía como mi madre la recibió con una emoción tan intensa que parecía incapaz de creer lo que estaba ocurriendo. Al acomodar la manta para cubrirla mejor, quedó al descubierto una pequeña marca de nacimiento bajo el hombro izquierdo.
La misma marca que había visto toda mi vida frente al espejo.
El hombre de la fotografía no había sido un antiguo amante de mi madre. Había sido mi padre. Y la joven que acababa de entregarme entre lágrimas no era una desconocida.
La Jacinta que había estado siempre cerca de nosotros me había traído al mundo. La que aparecía en las fotografías familiares. La que conocía mis cumpleaños, mis enfermedades de infancia y mis pequeños triunfos. La mujer que jamás se había alejado del todo y que siempre había ocupado un lugar imposible de definir dentro de mi vida.
La escena comenzó a desvanecerse. Antes de desaparecer, vi a Jacinta anciana. Ya no era la muchacha de la habitación, sino la mujer que había conocido durante años. Me observó desde el otro lado de aquella memoria y sonrió.
Cuando la cocina regresó y el sonido de la lluvia volvió a llenar el silencio, comprendí también el significado de la fecha.
2028 señalaba el último año en que aquella verdad podía ser contada. El instante preciso en que el recuerdo corría el riesgo de desaparecer para siempre junto con la última persona capaz de conservarlo.
Mis madres habían dedicado toda una cosecha de años a conservarme.