33. Oliváceo

Bautista

 

Para iniciarla en las artes culinarias del sur de Francia, la alimentaron exclusivamente con una variedad de aceite de oliva reservada para quienes aspiraban a dirigir las cocinas de los restaurantes más prestigiosos. El chef sabía que aquella dieta transformaba lentamente el cuerpo. Al absorber el amargor oliváceo, la piel y el sudor adquirían notas herbales, hasta que un hálito vegetal resultaba difícil de ocultar. El aliento fuertemente agrio completó la metamorfosis. Durante meses, aquella lenta y rigurosa transformación fue considerada la prueba definitiva de su aprendizaje.  Solo cuando probó el sexo de ella descubrió su error; era una infiltrada de la cocina rival.

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