358. Manual para ser olivarero

Ada Sillero

 

Para convertirse en olivarero no hace falta haber nacido en el campo. Tampoco es imprescindible saber distinguir un olivo de una encina. Esto último puede aprenderse con el tiempo, aunque conviene saberlo antes de comprar la finca para evitar gastos innecesarios.

Lo primero que debe hacer es encontrar una propiedad con olivos. No demasiados. Entre cien y ciento cincuenta es una cantidad razonable para empezar. Más, puede transmitir una imagen de profesionalidad que no se corresponde con el proyecto e incluso obligarle a contratar a alguien que sepa lo que hace.

La finca, a ser posible, debe tener una casa de piedra. La piedra vende. También es conveniente que tenga chimenea, aunque no funcione, y la piscina, si tiene el agua verde, no importa. Lo verdaderamente primordial es que en conjunto le incluya en un estatus social alto. Si además desde la terraza se contempla una extensión de olivos hasta donde alcanza la vista, la operación puede considerarse un éxito.

No se preocupe si los olivos están descuidados. Cuando el vendedor le pregunte qué le parece la finca, diga:

-Tienen muchísimo potencial.

Es una frase muy útil. No hace falta que usted sepa cuál es la viabilidad. Lo importante es que lo parezca.

Elija una finca que esté a una distancia prudente de la ciudad. Lo suficientemente lejos para poder decir que se ha ido al campo y lo bastante cerca como para regresar cuando tenga una reunión, una avería en el coche o una comida familiar.

Una vez sea suya, cambie el nombre de la propiedad. Si se llama Los Llanos, Las Eras o El Chaparral, cámbielo por algo más personal como: La Huerta de Anselmo (siempre que usted o algún antepasado suyo se llamase de ese modo), El Olivar de la Vida, La Esencia… Tome estos datos como orientativos. No tiene por qué estar relacionado con la historia de la finca. Lo que debe parecer es que siempre usted estuvo ahí.

Ser propietario de un olivar no le convierte automáticamente en olivarero. Hay que trabajar la imagen, de modo que agénciese una camisa de lino, blanca o beige, y unas botas que, aunque no sean especialmente cómodas, no importa porque solo las va a usar para fotografiarse.

Durante los primeros días ejerciendo de olivarero, deberá aprender algunas palabras como almazara, cosecha temprana o picual. No es necesario conocer su significado exacto. Basta con utilizarlas en el orden adecuado. Por ejemplo, puede decir:

-Nosotros hacemos una cosecha temprana, principalmente picual, y estamos muy comprometidos con el kilómetro cero.

Asegúrese de que cuando pronuncie esta frase haya delante alguien que tenga un huerto. Si esa persona permanece callada, no se preocupe. Probablemente esté impresionada.

Después, abra una cuenta en Instagram. La primera fotografía que suba debe mostrar sus botas delante de un olivo. No importa que las botas estén limpias. De hecho, es preferible. La segunda debe ser un amanecer. La tercera, su mano acariciando una rama. La cuarta, una cesta con unas pocas aceitunas. No llene la cesta si no quiere parecer prepotente.

Escriba debajo:

La tierra te devuelve lo que le das.

Esta frase es especialmente recomendable porque nadie puede demostrar que sea cierta.

A partir de este momento, cuando alguien le pregunte a qué se dedica, no diga que es propietario de una finca. Cámbiela por:

-Estoy inmerso en un proyecto de agricultura sostenible.

Si le insiste en saber de qué se trata, responda:

-Estamos apostando por el producto de proximidad.

Si pregunta quiénes son «nosotros», cambie de conversación.

Recuerde que el objetivo no es enriquecerse con el aceite, sino vivir de una manera que parezca que podría hacerlo. Para ello necesitará una pequeña producción. Conserve unas botellas para regalar a sus amigos. Diseñe su propia etiqueta; eso le dará prestigio dentro del mundo olivarero. Elija una palabra relacionada con la naturaleza: Raíz, origen, alma, esencia, pureza. Evite vocablos como rendimiento, costes, subvención o mano de obra.

Para ser un buen olivarero, es aconsejable levantarse temprano. Desayunar en la terraza contemplando los olivos, los mismos que ya ha fotografiado y que volverá a hacerlo. Invite a amigos a visitarle y a mediodía beban vino y por la tarde haga pública la reunión en sus redes sociales. Se sentirá satisfecho desde su posición oleícola del mundo que se abre a sus pies gracias a su esfuerzo.

Cuando llegue el otoño, es probable que alguien le pregunte:

-¿Cuándo vas a coger la aceituna?

La pregunta puede sorprenderle. Pero no se asuste. Hasta ese momento habrá pensado que las aceitunas se recogían cuando estaban maduras, del mismo modo que uno recolecta una manzana de un árbol. Si no sabe qué contestar, busque la respuesta en internet. Encontrará palabras como maduración, rendimiento graso, índices de cosecha, vibradores, paraguas invertidos, mantones. Apréndalas, todavía está a tiempo.

Si el aprendizaje le resulta tedioso, busque a un profesional. Lo normal es que la compra de la finca incluya uno. Hable con él. No tendrá su condición social ni habrá aprendido a utilizar palabras como sostenibilidad y kilómetro cero, pero tiene más de sesenta años y se ha criado vareando los mismos olivos que ahora son suyos.

Pregúntele cuándo debe recoger la aceituna. El hombre mirará los árboles, nunca el calendario. Le responderá que depende. Es una palabra que los entendidos en cuestiones agrícolas utilizan mucho.

¿De qué?, querrá saber usted y el señor, pongamos que se llama Antonio, Juan o Pepe (le aconsejo que desconfíe de los Jonathan, Dilan o Gaeles, no suelen dar buen resultado), volverá a mirar los árboles y lo más seguro es que responda:

-Del año.

Solo conteste: Ya.

Si no le ha quedado clara la explicación, intente averiguar el motivo por otro medio, pero sobre todo nunca pregunte: «¿De qué año en concreto estamos hablando?». Hacerlo dejará al descubierto que, por muy olivarero que sea, no tiene ni idea, y lo que hay que evitar por todos los medios es que ese pequeño detalle salga a la luz.

-Va a depender de cómo venga el tiempo y cuánto quiera usted sacar —le explicará Antonio.

Si eso ocurre, usted no diga nada o, como mucho, responda:

-Claro.

No hace falta que lo entienda; recuerde que usted es el olivarero, y con que lo parezca es suficiente.

Si el trabajador insiste y le preguntara qué quiere sacar, ahí la cuestión se complica. Por lo tanto, es mejor que ahora sí quede callado y espere a que el labriego continúe hablando, porque para responder «aceite» siempre hay tiempo.

Antonio (suponiendo que ese sea su nombre) lo mirará esperando respuesta. Al no obtenerla, dirá:

-Depende de qué aceite quiera.

Ante esa respuesta, asienta. Créame, es lo mejor.

Lo que usted quiere, aunque nunca se lo haya planteado, es el aceite de las fotografías: el dorado, el que se sirve en un plato blanco sobre una mesa de madera. Es tan simple como eso, pero Antonio está ahí para complicarlo todo y, si consigue sembrar la duda en usted, no se amilane. Respire hondo y, cuando se sienta con fuerza suficiente, pregunte:

-¿Y cuánto se tarda en recogerlas?

Antonio se reirá. No con risa burlona. No debe temer nada porque Antonio, que ya se habrá dado cuenta de su implicación en la materia, le explicará que primero hay que preparar la finca, mirar cómo están los árboles, decidir cuándo entrar, porque la aceituna no se recoge simplemente cuando a uno le apetezca.

Le hablará de jornales. De cuadrillas. De transporte. De la almazara. Del tiempo que pasa entre recoger la aceituna y llevarla a moler. Del problema por falta de lluvia y el inconveniente por exceso de agua. De años buenos y años malos…

Recomendación: Mientras él habla, usted mire los olivos y asienta.

Como olivarero mayor, está en su derecho preguntar cuánto puede dar cada árbol. Ahora eso sí, espere el encogimiento de hombros y la frase «Cada árbol da lo que da». Ante esa lógica, no hay mucho más que insistir.

Cuando el hombre se marche a preparar los aperos y usted se quede solo, aproveche para hacerse una fotografía. Si no encuentra el ángulo, no se preocupe. En constancia y buen hacer, a usted no le gana nadie.

Cuando al pasar el puente festivo de diciembre vea cuadrillas de jornaleros que se reúnen en el bar, aún de noche, a calentar el estómago, movimiento de tractores y vehículos con remolques cargados con mantones, varas y rastrillos, entienda que ha llegado el momento.

Acuda al campo el primer día de recolección; está en su derecho. Es más, se lo recomiendo. No lo olvidará jamás.

Vístase para la ocasión, con ropa cómoda, pero con la distinción del cargo que ostenta. Hará frío, de modo que servirán las botas que compró para las fotografías.

Dese prisa si quiere ver caer la primera aceituna de la temporada. Fíjese bien: esa perla cargada de aceite y que le hará rico caerá sin ruido, rebotará sobre la lona y quedará junto a otra.

En caso de sentir emoción, no la reprima porque para un olivarero es un momento importante. Si movido por la euforia pregunta:

-¿Ya está?

Antonio o alguien de su cuadrilla, con la vara alzada, lo mirará y lo más seguro es que guarde silencio. Lo que piense en ese momento de usted no debe preocuparle.

Quédese a ver el proceso; es parte de su cargo. Observe cómo la máquina hará temblar las ramas de las olivas y las aceitunas caerán sobre las lonas. No se acerque demasiado ni intente ayudar a mover los mantones, juntar la aceituna, vaciarlos para volver a colocarlos en el bajo el árbol siguiente; para eso está la cuadrilla. Usted limítese a fotografiar el momento.

No sufra si queda alguna fuera, detrás de una piedra, entre la hierba o bajo una rama, porque ahí está la cuadrilla de mujeres que hincarán la rodilla en la tierra helada y con las manos desnudas escarbarán entre la escarcha para que usted no pierda ganancia.

Es posible que hacia las doce de la mañana vea en ellas gestos de cansancio o dolor; no se alarme, están acostumbradas.

Si llegado a este punto aún conserva las ganas de participar en la recolección, es interesante que intente varear un olivo. Pero eso sí, debe saber que, si la vara es demasiado larga, puede cimbrear y dañarle las manos; por eso es aconsejable que utilice la de algún niño que acompañe a sus padres en el jornal.

Tengo que advertirle que, si ese supuesto ocurriese, no se extrañe de que a las once ya no encuentre una postura cómoda y la cintura le grite que pare; entonces no mire a Antonio porque él seguirá trabajando y conviene que no se note demasiado la diferencia.

Si ha derribado las aceitunas de un olivo, siéntase orgulloso de su trabajo. Ya se encargarán las jornaleras de recoger las hojas, ramas y aceitunas que usted ha conseguido derribar. Su trabajo ya ha finalizado, pero si aun y así se siente motivado a continuar, no lo dude; eso es porque usted es un gran olivarero de los que llevan el oficio en la sangre.

A mediodía, quítese la camisa de lino si la nota pegada al cuerpo; es normal. A la una de la tarde comerá un bocadillo sentado en el borde de la furgoneta. Nadie hablará de cuánto queda, porque todos lo saben. Si usted lo desconoce, no lo pregunte. No es aconsejable.

Una hora después se reanudará la faena. Puede que usted tarde un poco más en levantarse que el resto, pero no se asuste. Entra dentro de la normalidad.

El trabajo se repite y poco a poco se avanza por el olivar; ellos contando las olivas que ya están terminadas y usted las que faltan por recolectar.

Cuando el sol baje, las lonas estarán llenas y los sacos pesarán. Puede que uno de los trabajadores le pida si quiere probar a cargar uno en el remolque. La experiencia puede ser inolvidable, pero no olvide agarrarlo por debajo o no conseguirá levantarlo.

Debe saber que, si por el esfuerzo siente un pinzamiento en la ingle, lo mejor es dejar que otra persona finalice el trabajo. Tanto esfuerzo puede ser peligroso y usted, al fin y al cabo, solo está probando.

Al terminar la jornada, ya no tendrá limpias las botas y la camisa que dejó enganchada en un olivo la dejará perder porque no tiene bríos para volver a por ella, pero se sentirá satisfecho de haber participado en la recolección de la aceituna.

Llegará a casa con el orgullo del trabajo bien hecho. Dese una ducha, que se estipula no dura mucho, ya que estará ansioso por sentarse a descansar. Hágalo. A ser posible, en el mejor sillón de su casa y ante la chimenea que otra persona habrá encendido esperando su regreso. Siéntese a la mesa donde ya tiene la cena preparada por la cocinera y donde contará a su familia con orgullo olivarero su día de trabajo.

Si su esposa se ofrece a ayudarle a llegar al dormitorio, acepte. Y ya ante la terraza de su habitación contemplará la extensión de olivos de un modo diferente. Tóquese el arañazo que tiene en la cara, que le ha hecho una rama y que ahora le escuece, o la grieta que le ha salido en un dedo sin que sepa bien cómo, y jáctese de esas heridas de guerra.

Le aconsejo que se acueste temprano; el cuerpo se lo exigirá.

Puede que en el momento de meterse en la cama recuerde que no ha subido las fotos del día a Instagram; no se preocupe, ya lo hará mañana con más tiempo.

La recolección de este año para usted ha terminado, que para eso es el olivarero.

 

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