357. El olivar del abuelo

Larsen

 

Solo recuerdo confusión en mi mente el día en que obligaron a mi abuelo, con el pretexto de su precaria salud, a dejar sus olivos y la pequeña finca donde vivía. No tenía muchos, menos de veinte habría en aquel olivar centenario que había heredado de sus padres. Mi mente infantil no entendía que le pasaba al abuelo. Llorando a lágrima viva los fue abrazando uno por uno y a cada olivo le dijo unas palabras de despedida que ya me hubiera gustado grabar para rememorarlas de vez en cuando. Aquel llanto sí ha permanecido en mi memoria, y me acuerdo de que también yo acabé llorando sin saber por qué. De nada sirvieron su suplicas, sus hijos le explicaron que a donde iba estaría muy bien atendido. Murió a los pocos días de llegar a la residencia. Dijeron que su corazón había fallado. Ahora, estoy seguro de que no murió de un infarto, sino que fueron la amargura y la tristeza las que se lo llevaron. Entonces yo no sabía lo que era el desarraigo ni la melancolía, por eso no defendí a mi abuelo ni hice nada para salvarlo de aquel destierro

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