356. El último litro de don Eusebio
Don Eusebio murió un martes y el miércoles sus tres hijos ya estaban discutiendo sobre cuánto valían los olivos. No fue exactamente por codicia. Al menos, eso se dijeron ellos. Ramón, el mayor, llevaba treinta años trabajando como asesor fiscal en Madrid y consideraba que poner precio a las cosas era una forma adulta de enfrentarse a la muerte. Marisa, que tenía una pequeña agencia de comunicación y una cuenta de Instagram donde recomendaba restaurantes a los que casi nunca volvía, hablaba de «cerrar etapas». Javier, el pequeño, decía simplemente que el campo no servía para nada. Los tres coincidían, sin embargo, en una cosa: había que vender. Eusebio les había dejado ciento treinta y siete olivos, una casa con goteras y un tractor que llevaba tanto tiempo sin arrancar que un gorrión había construido el nido dentro del tubo de escape. La finca estaba a pocos kilómetros del pueblo, en una loma desde la que se veía un mar de olivos extendiéndose hasta donde empezaban las montañas. Durante cuarenta años Eusebio había trabajado aquellas cuatro hectáreas con la misma obstinación con la que había llevado todo lo demás: sin pedir ayuda y sin admitir consejos. Sus hijos se habían marchado. Primero Ramón. Después Marisa. Por último, Javier. El padre se quedó con los olivos. Nunca se quejó. Al menos no delante de ellos. El jueves fueron al notario. El despacho estaba encima de una gestoría y olía a papel, madera y aire acondicionado. El notario, un hombre pequeño llamado don Federico, se colocó las gafas en la punta de la nariz y comenzó a leer. La casa correspondía a los tres hermanos a partes iguales. El dinero del banco también. Cuando llegó a la finca, hizo una pausa. Ramón levantó la cabeza.
—¿Algún problema?
Don Federico continuó leyendo. La propiedad del olivar quedaba sometida a una condición establecida expresamente por el difunto. Los tres hermanos se miraron. Ramón preguntó qué clase de condición. El notario leyó:
—«Mis hijos deberán elaborar conjuntamente, con aceitunas procedentes de mis olivos y recogidas por ellos mismos, al menos un litro de aceite de oliva.»
Javier soltó una carcajada. Marisa sonrió. Ramón no hizo ninguna de las dos cosas.
—¿Eso es legal?
Don Federico se quitó las gafas.
—Su padre hizo exactamente la misma pregunta.
—¿Y?
—Le dije que sí.
Ramón suspiró. Preguntó cuánto se tardaba en hacer un litro de aceite. El notario volvió a ponerse las gafas.
—Eso no me lo preguntó.
Llegaron al olivar el sábado a las nueve y media. Ramón llevaba unas botas de montaña compradas la tarde anterior, una carpeta, dos bolígrafos y tres folios con cálculos. Marisa apareció con pantalones blancos de lino, sombrero de ala ancha y una cesta de mimbre. Javier llegó cuarenta minutos tarde en un Mercedes que todavía debía al banco. Paco el Tuerto los observaba desde la finca de al lado. No era tuerto. Veía perfectamente por ambos ojos. Nadie recordaba de dónde procedía el apodo y hacía muchos años que nadie se atrevía a preguntárselo. Tenía setenta y nueve años, una gorra de Caja Rural y una enemistad con Eusebio que había durado cuarenta y tres.
Habían discutido por el agua, por una lindera, por un perro, por el precio de la aceituna, por la poda, por una cabra que ninguno de los dos poseía y, durante los últimos veintisiete años, por un olivo que crecía exactamente entre las dos fincas. Paco sostenía que era suyo. Eusebio sostenía que Paco era un ladrón. Aquella mañana vio bajar a los tres hermanos del coche y comprendió que el muerto había dejado alguna cosa pendiente. Se acercó.
—¿Qué hacéis?
Ramón le explicó la cláusula. Paco escuchó sin interrumpir. Después miró hacia el cementerio, que quedaba al otro lado del pueblo.
—Cabronazo.
—¿Perdón?
—Vuestro padre.
Asintió con admiración.
—Cabronazo hasta el final.
Ramón sacó sus papeles. Había investigado. Según sus cálculos, si el rendimiento medio de la aceituna rondaba determinados porcentajes, necesitaban aproximadamente cinco kilos para producir un litro de aceite. Paco miró los folios. Luego miró los olivos. Después volvió a mirar a Ramón.
—¿Tú trabajas con ordenadores?
—Soy asesor fiscal.
—Peor.
La primera discusión comenzó antes de recoger la primera aceituna. Marisa quería hacerlo a mano. Había leído que era más respetuoso con el árbol y le parecía además mucho más auténtico. Javier encontró una vara en el cobertizo.
—Esto se ha hecho así toda la vida.
Paco negó con la cabeza.
—Con eso no.
—¿Por qué?
—Porque eso es el palo de una escoba.
Javier lo miró. Era, efectivamente, el palo de una escoba. Encontraron después las varas de Eusebio y unas redes antiguas. Paco les explicó cómo extenderlas alrededor del árbol. Ramón consultó el reloj. A las diez y veinticinco empezaron. A las diez y treinta y dos Marisa se había manchado el pantalón. A las diez y cuarenta Javier había golpeado a Ramón con una vara. A las once menos cuarto Ramón anunció que aquello era completamente ineficiente. Paco, sentado sobre una piedra, fumaba.
—¿Cuánto tardaba mi padre en hacer esto? —preguntó Javier.
—Toda la vida.
—Me refiero a un árbol.
—Depende.
—¿De qué?
—Del árbol.
Javier empezó a comprender por qué su padre y aquel hombre habían sido enemigos durante cuarenta años. A mediodía tenían poco más de tres kilos. Ramón hizo cálculos. No salían. Decidieron continuar. Marisa había abandonado el sombrero y el concepto de experiencia auténtica. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y dos manchas negras en los pantalones. Javier había descubierto que varear olivos era bastante más difícil de lo que parecía cuando lo hacía otra persona. Ramón seguía calculando. A las dos habían recogido siete kilos. Aquello mejoró su ánimo.
—Sobra.
Paco negó con la cabeza.
—No sobra.
—He hecho los cálculos.
—Pues diles a los cálculos que den aceite.
Ramón respiró profundamente. Había pasado treinta años tratando con inspectores de Hacienda y consideraba que aquello le había proporcionado una paciencia prácticamente ilimitada. Paco estaba demostrando lo contrario. Comieron en la casa. Pan con queso y chorizo y una botella de aceite que encontraron en la despensa. Era de la última cosecha de Eusebio. Marisa vertió un poco sobre el pan.
—Está buenísimo.
Paco probó otro trozo.
—Regular.
—Pues papá decía que era excelente.
—Tu padre decía muchas tonterías.
—Y usted se lo bebía.
Paco miró a Javier.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Papá.
El viejo se quedó callado. Después mojó otro trozo de pan.
—Alguna botella me regalaba.
Aquello pareció suficiente. Después de comer, Ramón encontró la libreta. Estaba en un cajón de la cocina, debajo de varias facturas y un calendario de 1998. En la cubierta decía: COSECHAS. La abrió. Eusebio había anotado durante décadas el resultado de cada campaña.
1987. 2.430 kilos. Buena.
1988. 1.910 kilos. Poca agua.
1989. 2.700 kilos. Ramón vino a ayudar. Se quejó toda la mañana.
Ramón levantó la cabeza.
—Mentira.
—¿Qué? —preguntó Marisa.
—Yo no me quejaba.
Javier empezó a reír. Continuaron leyendo.
1992. 2.510 kilos. Paco dice que este año tiene más que yo. Mentira.
1994. 2.230 kilos. Marisa se cayó del olivo pequeño. Dos puntos en la barbilla. Su madre casi me mata. Marisa se tocó instintivamente la barbilla. La cicatriz seguía allí.
1998. 2.840 kilos. Javier dice que se va a Madrid y no piensa volver. Ya volverá.
Javier dejó de sonreír. Pasaron las páginas. Al principio, los nombres de los hijos aparecían constantemente. Después cada vez menos. Hasta desaparecer.
2007. 1.920 kilos. Año malo.
2011. 2.310 kilos. Mucha mosca.
2015. 1.740 kilos.
2019. 2.060 kilos.
2023. 1.680 kilos.
Números. Nada más. Ramón cerró la libreta. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Desde la ventana de la cocina se veían los olivos. Eusebio había pasado allí todos aquellos años. Javier rompió el silencio.
—Bueno. Nos falta hacer el aceite.
Y los tres agradecieron que lo hubiera dicho. En la almazara los miraron con cierta curiosidad. No era habitual aparecer con siete kilos de aceituna y la solemnidad de quien transporta las reservas del Banco de España. Explicaron la historia. El encargado se rio. Después dejó de reír cuando comprendió que hablaban en serio. Les explicó la molturación, la pasta, el batido y la separación del aceite. Ramón hizo preguntas técnicas. Marisa grabó algunos planos con el teléfono. Javier preguntó cuánto costaría montar una almazara pequeña y los otros dos le prohibieron inmediatamente continuar con aquella idea. Tuvieron que esperar. Y por primera vez en muchos años los tres hermanos estuvieron sentados juntos sin tener nada que hacer. Hablaron. Primero del aceite. Después de la casa. Después de su padre. Recordaron cosas. Algunas habían ocurrido. Otras seguramente no. La memoria familiar tiene la curiosa costumbre de mejorar las historias con los años. Finalmente apareció el encargado. Llevaba una botella. Dentro había un líquido verde, denso y turbio. Los tres se levantaron. El hombre colocó la botella sobre una báscula. Miró la cantidad. Volvió a mirar.
—¿Cuánto? —preguntó Ramón.
El encargado hizo una mueca.
—Ochocientos setenta mililitros.
Nadie habló. Ramón fue el primero en reaccionar.
—Eso es imposible.
El encargado señaló la botella.
—Pues ahí está la imposibilidad.
—Habíamos calculado…
Paco, que había aparecido no se sabía muy bien cuándo, soltó una carcajada.
—Los papeles.
Ramón lo fulminó con la mirada. Necesitaban ciento treinta mililitros. Ciento treinta. Después de un día entero. Javier propuso añadir aceite de la botella de su padre. Ramón recordó que el testamento especificaba que debían elaborarlo ellos. Marisa propuso no decir nada. Ramón explicó que aquello se llamaba fraude. Javier señaló que él llevaba toda la vida llamándolo iniciativa empresarial. Discutieron durante diez minutos. Hasta que Paco salió de la almazara sin decir nada. Regresó veinte minutos después con una bolsa. Dentro había aceitunas.
—¿De dónde las ha sacado? —preguntó Ramón.
Paco señaló hacia el campo. Los tres comprendieron. El olivo de la lindera. El árbol por el que Eusebio y él habían discutido durante veintisiete años.
—Son suyas —dijo Ramón.
—La mitad.
—Mi padre decía que el árbol era suyo.
—Tu padre decía muchas tonterías.
—Entonces no podemos utilizarlas.
Paco se encogió de hombros.
—Llevamos casi treinta años discutiendo de quién es ese condenado olivo. Digo yo que después de muerto Eusebio podemos aceptar que, por lo menos, medio árbol era suyo.
Ramón estuvo a punto de discutir. Pero no lo hizo. Molturaron aquellas aceitunas. Superaron el litro. El lunes volvieron al notario. Esta vez llevaron la botella. La colocaron orgullosamente sobre la mesa. Don Federico la observó.
—¿Un litro?
—Uno coma cero ocho —dijo Ramón.
Había medido la cantidad tres veces. El notario asintió. Abrió el testamento.
—Entonces puedo leerles la última disposición.
Los tres dejaron de sonreír.
—¿Qué última disposición? —preguntó Javier.
Don Federico comenzó:
—«En caso de que mis tres hijos consigan elaborar conjuntamente un litro de aceite en las condiciones anteriormente descritas, la finca no podrá venderse durante los diez años siguientes a mi fallecimiento.»
Silencio. Marisa fue la primera en reaccionar.
—¿Diez años?
Javier se levantó.
—¿Cómo que diez años?
Ramón se quedó mirando al notario y no se pudo reprimir.
—Este hombre está muerto y todavía nos está jodiendo.
Don Federico levantó una mano.
—No he terminado.
Ramón cerró los ojos. El notario continuó:
—«Si al conocer esta cláusula mi hijo Ramón pronuncia las palabras “este hombre está muerto y todavía nos está jodiendo”, o alguna expresión sustancialmente equivalente, deberán entregarse seis botellas de la primera cosecha a Francisco Jiménez, conocido como Paco el Tuerto.»
Nadie habló. Paco, sentado al fondo del despacho, comenzó a reír. Ramón se volvió.
—¿Usted sabía esto?
—Lo de las botellas, sí.
—¿Y lo de los diez años?
—No.
—¿Y por qué no nos dijo nada?
Paco se secó una lágrima.
—Porque quería ver tu cara.
No vendieron el olivar. No podían. Durante los primeros meses, los tres consideraron aquello una desgracia. Después comenzaron a organizarse. Ramón iba una vez al mes. Marisa empezó a ir algunos fines de semana. Javier, que seguía convencido de que allí había un negocio, apareció más de lo que nadie esperaba. Aprendieron a podar mal. Después aprendieron a podar un poco menos mal. Aprendieron que el olivo no entendía de calendarios, que la lluvia siempre llegaba cuando quería y que el rendimiento de una aceituna no obedecía a ninguna hoja de cálculo. También aprendieron a distinguir el olor del aceite recién hecho. Al año siguiente recogieron juntos. No fueron siete kilos. Fueron muchos más. Paco estuvo allí. Criticó la forma en que extendían las redes, la manera de varear, la hora a la que habían empezado y la cantidad de bocadillos que habían llevado. Nadie le hizo caso. O eso fingieron. Al terminar la campaña llenaron varias garrafas. Ramón separó seis botellas. Fue hasta la finca vecina. Paco estaba sentado junto a la puerta. Le entregó una caja.
—Lo que le corresponde.
El viejo abrió una botella. Mojaron pan. El aceite era verde, intenso y ligeramente amargo. Paco lo probó con expresión grave. Los tres hermanos esperaron el veredicto.
—Regular.
Javier sonrió.
—Como el de nuestro padre.
Paco estuvo a punto de responder. No lo hizo. Miró hacia el olivar. El sol de diciembre caía sobre los árboles y alargaba sus sombras sobre la tierra. En la lindera estaba aquel viejo olivo por el que dos hombres habían discutido durante casi treinta años. Paco levantó el pan en dirección al cementerio.
—Eusebio, cabronazo.
Bebió un pequeño sorbo de vino.
—Hasta muerto has conseguido que vuelvan.
Los hermanos lo oyeron. Ninguno dijo nada. Marisa cortó otro pedazo de pan. Javier sirvió más aceite. Ramón abrió la vieja libreta de su padre y escribió debajo de la última anotación:
2026. Primera cosecha de los tres.
Pensó unos segundos. Después añadió: Paco dice que el aceite es regular. Mentira.
Cerró la libreta. Y por primera vez en muchos años, nadie tuvo ninguna prisa por volver a Madrid.