355. Lo que guarda una gota

Silvia Reyes Guerra

 

Ponme atención porque una sola gota te hará perder el sentío. Te reirás alto y las malas lenguas dirán que esa alegría es falta de seriedad. Tú, ni caso. Pronto celebrarás todo y una silla a la sombra te parecerá un lugar suficiente. Te acompañará el don de la palabra, el arte convertido en acento. Eso no tiene remedio, ni falta que hace. No podrás pasar por alto una pena ajena. Te hará feliz quien llegue y acompañarás al que se marche. Quien no lo ha vivío, no entiende de qué va. Y aunque hablarás con desconocidos hasta que dejen de serlo, no se lo cuentes. Ellos no saben del olor a café ni de las manos rotas por el frío que buscan a tientas la ropa de faena mientras el pueblo duerme. No comprenden que en cada olivo descansa un recuerdo y que el vareo es un gesto que las manos heredan. ¿Qué van a saber? Si nunca han visto llover aceitunas sobre un manto ni se imaginan el sabor del pan en el tajo ni el olor de la almazara en diciembre. Prométemelo, zagal. No intentes convencerlos de que Jaén entero cabe en esta gota de aceite.

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