353. Atenea

Ginesta Bosc

 

Una noche, Atenea regresó al olivar centenario sagrado. Sin lanza ni casco, llevaba una pequeña vasija de barro. La llenó con lágrimas de luna, rayos de sol ardiente, eternidad y unas gotas de paciencia. Después, la enterró entre las raíces para que guardaran el secreto del tiempo. Al alba, los árboles amanecieron cubiertos de aceitunas doradas.

Desde entonces, cada aceituna guarda el recuerdo de aquella noche. Cuando se prensan, el aceite fluye como oro líquido: cura las heridas que nadie ve, calma los corazones cansados y devuelve la memoria a quienes han olvidado cómo esperar.

Dicen que quien prueba una sola gota escucha crecer sus propios silencios.

Yo la probé sobre pan tierno. Por un instante, el mundo dejó de correr. Los olivos respiraron. Atenea cerró los ojos. Sentí que la paz no es un lugar al que llegar, sino una antigua medicina que duerme, paciente, dentro de nosotros.

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