352. El óleo sagrado

Aránzazu Vaquero González

 

Onofre hacía honor a su nombre, proveniente de la palabra egipcia Wennefer que significa “Aquel que continua siendo bueno”, uno de los títulos principales del dios Osiris que hace referencia a su triunfo sobre la muerte.

De largos cabellos canosos, enjuto, solitario y con aire de asceta, sus discursos se centraban siempre en torno a la mortalidad.

Vivía en una pequeña aldea gallega a la que había llegado en busca de ciertas mujeres llamadas “meigas”, poseedoras de antiguos conocimientos sobre sanaciones que podían realizarse tanto por imposición de manos como por pócimas de hierbas o aceites macerados con los más insólitos productos.

Le llamaban el “milagreiro” y en más de una ocasión, sus vecinos se acercaban a él en busca de remedios para sus males, en vez de acudir al médico del lugar para exasperación del mismo.

A veces cuando había un moribundo, era Onofre quien le administraba un extraño ungüento a modo extremaunción. Comenzaba el ritual diciendo unas palabras incomprensibles  de manera pausada y sutil, untándole en la frente un poco de aceite cuyo olor era extraordinariamente delicioso. Por lo general, la persona fallecía al poco tiempo pero…no siempre era así.

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Hablaba varias lenguas. Las había aprendido a lo largo de sus numerosos viajes por tierras extranjeras. Una de ellas en la que vivió más de una década fue Egipto.

Allí conoció a Asim, de forma totalmente casual, cuando se perdió entre las callejuelas del barrio copto del Cairo donde estaba buscando la iglesia de Abu Serga, lugar en el que según la leyenda, se refugió la Sagrada Familia. Cuando se miraron a los ojos, se reconocieron mutuamente.

Nació una profunda y gran amistad y Asim lo introdujo en una sociedad secreta en la que permaneció largos años. Allí aprendió lengua jeroglífica y la sabiduría de los antiguos habitantes de aquella tierra bendecida por el sol. Esta orden había transmitido a unos pocos elegidos sus conocimientos ancestrales a través de los tiempos, desde el momento en que la escritura jeroglífica dejó de utilizarse allá por el siglo IV d. C., todo de manera oral para salvaguardarlos y mantenerlos protegidos en el más absoluto de los misterios. Ningún extranjero a lo largo de los siglos tuvo ese trascendental y mágico privilegio. Él fue la excepción.

Durante mucho tiempo viajó visitando templos y lugares sagrados, conociendo a los guardianes de la Gran Hermandad que poseían un código basado en un estricto hermetismo y que estaban repartidos por todo el país de manera totalmente oculta y anónima. De ellos aprendió la alta teúrgia.

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Las gentes del lugar fueron a buscarle a su casa porque uno de sus vecinos estaba moribundo. Ramón enfermo de cáncer, estaba agonizando en su hogar. Era un hombre bueno y siempre se había comportado como una persona caritativa, ayudando a los más necesitados.

Onofre se acercó a su vivienda y pidió a toda la familia que saliese fuera. Se puso de rodillas junto a su cama, abrió un pequeño y bello frasco de vidrio y comenzó a untarle en la frente el preciado aceite que contenía. Signos extraños salieron de sus manos. En cuanto Ramón aspiró el perfume, murió con un semblante de sosiego en su cara.

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Otro de los lugares donde Onofre vivió fue Granada. Allí conoció a Baseem, un perfumista musulmán de carácter jovial y afable, que provenía de una familia con una arraigada tradición en el oficio y que poseía un gran conocimiento sobre plantas y productos aromáticos y en particular, de sus propiedades terapéuticas.

Tenía un pequeño taller de alquimia en una cueva del Sacromonte y allí experimentaba en medio de sus alambiques, en busca de aromas excepcionales que pudieran sanar el cuerpo y el alma. Estaba especializado en la fabricación de “attars” y del absoluto de rosa, lo más exquisito de la alta perfumería. En el tiempo que estuvo con él, le enseñó a llevar a cabo la extracción de los aceites esenciales, el conocimiento de sus virtudes, y la maceración de las hierbas medicinales en distintos aceites, pero sin duda, uno de ellos era el que mejor funcionaba…

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Cuando la familia de Ramón entró en la habitación, notaron un aroma que los inundó de paz y amor. Era algo de una exquisitez que nadie de los allí presentes podía describir. El finado tenía un rostro lleno de serenidad y quietud, la misma sensación que experimentaron los que allí se encontraban. No hubo llantos ni tristeza, solo una calma envolvente y aquel olor tan especial que invadía toda la estancia.

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Otro de los destinos de Onofre fue Tierra Santa. Tras una larga peregrinación realizada la mayor parte de su trayecto a pie, llegó a la ciudad de Jerusalén después de haber recorrido Jordania y Cisjordania. Allí estudió el Corán, la Torá, la Cábala y el templo de Salomón en profundidad. Descubrió que en dicho templo se había guardado el Arca de la Alianza hasta que el hijo del rey Salomón, Menelik I, se la llevó a la actual Etiopía. La curiosidad le llevó hasta la iglesia de Santa María de Sión en Askum donde conoció al Custodio del Arca que la vigila día y noche, residiendo permanentemente en la Capilla de las Tablas de la cual nunca sale, ejerciendo el puesto hasta la muerte y quién es la única persona en el mundo que puede tener acceso a ella. Tras una larga conversación en el pequeño jardín de la capilla con el Akabe Tabot, este quedó  totalmente impresionado por la sabiduría de Onofre y le propuso sustituirlo después de su fallecimiento, pero eso forma parte de otra historia…

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Después de esperar las veinticuatro horas correspondientes tras la defunción, la familia de Ramón se dispuso a realizar el sepelio. Susana su mujer, se llevó el susto de su vida al verle de pie en el dormitorio donde se había instalado el velatorio. El grito que emitió, alertó a toda la familia que se personó al momento en el lugar, quedándose todos paralizados cuando vieron a Ramón sonriendo y preguntando:-

  • Qué celebramos hoy?

Susana comenzó a gritar:

  • ¡Milagro!, ¡milagro!, ¡llamad a Don Onofre!

Ramón un poco desconcertado por todo aquel barullo, no paraba de sonreír con el rostro pletórico y lleno de lozanía preguntando:

  • Pero ¿qué pasa aquí?

Ninguno de los allí presentes, se explicaba qué estaba ocurriendo.

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Cierto día, Onofre fue víctima de un pequeño hurto. El padre Francisco, párroco de la aldea, comenzó a vigilarle. Al principio se trataba únicamente de curiosidad pero luego se fue convirtiendo poco a poco en una mezcla de envidia y resentimiento. El motivo fue ver cómo sus feligreses iban a visitar a Onofre y las extrañas curaciones que se le atribuían. Supo del óleo que empleaba en las “supuestas” extremaunciones y de que al menos ya se habían sucedido, llamémoslas así,  dos “resucitaciones” que no tenían ninguna explicación posible.

Francisco sobornó a su monaguillo pidiéndole que se hiciese con una poca cantidad del óleo de Onofre para no levantar sospechas. Una noche el chico se coló por la ventana de su casa y mientras dormía, le quitó las llaves que llevaba colgadas al cuello. Una de ellas abría un pequeño armario empotrado situado en una de las paredes del cuarto donde cuidadosamente estaba guardada una caja que contenía el preciado tesoro. Lo abrió, cogió la caja con cuidado y haciéndose con la botella, sustrajo una pequeña cantidad del líquido que guardó en un frasquito de vidrio.

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Cuando residía en Tierra Santa, Onofre visitó el Monte de los Olivos y el huerto de Getsemaní, situados al este de la ciudad vieja de Jerusalén.

Getsemaní significa en arameo “prensa de aceite” y fue el lugar donde Jesús realizaba frecuentemente sus oraciones y donde fue traicionado por Judas y arrestado por los romanos. También visitó la Gruta en la que Jesús había dormido con sus discípulos y en cuyo interior, existió una prensa de aceite. Antiguamente hubo muchas en el lugar y hoy en día, aún se conservan ocho olivos considerados milenarios. Probablemente “El Maestro” en alguna ocasión, hubiese descansado apoyado sobre alguno de ellos.

Hizo muy buena amistad con un lugareño llamado Shimon con el que mantenía largas y profundas conversaciones. Su familia era olivarera y era de esas personas a las que les gusta escuchar. Ambos se pasaban horas y horas debatiendo y compartiendo conocimientos, acompañados entre sorbo y sorbo de un buen té.

Cuando Onofre después de un tiempo, decidió partir de Israel, Shimon le hizo un regalo, una redoma llena de aceite fabricado con las aceitunas procedentes de los ocho olivos milenarios y veinticuatro semillas, tres por cada uno de ellos, guardadas en un pequeño saco de piel de oveja.

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Onofre tenía la capacidad de ver el alma de las personas. Sabía cuándo tenía delante a un justo de corazón y de palabra. Si esto ocurría, el aceite obraba su magia permitiéndole la “resucitación” y la sanación por un tiempo extra. La persona retornaba totalmente regenerada como premio por un comportamiento ejemplar durante su vida. En cambio, cuando no era buena, no pasaba nada, simplemente fallecía.

La familia de Ramón estaba totalmente perpleja con lo que acababa de vivir. ¿Cómo era posible si ya estaba expedido el certificado de defunción por parte del médico del pueblo?. Nadie entendía nada de lo ocurrido. Fueron a buscar a don Onofre para preguntarle qué había sucedido pero cuando llegaron a su domicilio había desaparecido por completo sin dejar ni rastro.

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Al padre Francisco le carcomía conocer la composición del mágico aceite en cuestión. Había oído rumores de que algunas personas de la zona, retornaron a la vida después de que Onofre les administrase aquel misterioso ungüento. Quiso hacer la prueba y utilizarlo él mismo con sus feligreses moribundos pero no funcionó con ninguno. Ante el hecho de que la cantidad disminuía y estaba a punto de acabársele, mandó lo que le quedaba a un laboratorio para que descifrasen su composición y así, intentar fabricarlo.

Los resultados tardaron meses en llegar. La muestra fue sometida a diversas técnicas analíticas. Se identificaron una gran variedad de productos, entre ellos ámbar, incienso, nardo, absoluto de rosas, loto azul, almizcle, sándalo, algunos de los ingredientes de un perfume ritual egipcio llamado Kyphi, acacia, cedro, mirra, azafrán, canela, benjuí, cálamo y un largo etcétera que incluía lo que posiblemente fuesen aceites esenciales de plantas sin identificar hoy en día por los botánicos y que aparecen mencionadas en algunos papiros egipcios, hasta un total de más de 100 compuestos diferentes. El que más predominaba como base era un aceite de oliva de una calidad superior, en el que parecían “macerados” todos ellos.

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Onofre emprendió viaje nuevamente, en esta ocasión a tierras jienenses. Le gustaba pasear entre sus campos llenos de olivos que le recordaban tanto a los de su añorada Tierra Santa. Visitaba a menudo una pequeña almazara centenaria donde la elaboración del aceite todavía se hacía a la manera tradicional, con una prensa antigua de madera y piedra. Adquiría del dueño el preciado líquido que empleaba como bálsamo purificador untándolo por todo su cuerpo cada vez que se tenía que preparar para la realización de algún ritual, no sin antes haberlo consagrado con una serie de ensalmos y sortilegios de protección.

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Ramón en el momento de su “fallecimiento” tenía cincuenta y seis años. Cuando después de lo ocurrido acudió al centro médico a realizarse unas pruebas, toda su familia se quedó estupefacta al contemplar los resultados. El cáncer había desaparecido por completo. Vivió treinta y tres años más y llegó a conocer a sus nietos y biznietos a los que les contaba una y otra vez la extraordinaria experiencia que había vivido a manos de un extraño individuo llamado Onofre, y de cómo lo había “resucitado”.

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Don Francisco al contemplar los resultados de los análisis y darse cuenta de que aquello era imposible de replicar, intentó localizar a Onofre para hacerse con la fórmula completa, pero este, para su desesperación, hacía ya meses que había abandonado el lugar. Entonces comenzó una campaña de difamación contra él ante sus fieles con la idea de desprestigiarlo y acusarlo de realizar prácticas demoniacas.

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Onofre era un hombre de edad ya avanzada. Cierto día, al darse cuenta que estaba llegando su hora, cogió el frasco con el óleo sagrado y se quedó fijamente mirándolo. En vez de abrirlo y aplicárselo, cogió un lápiz y con una escuadra y un cartabón, dibujó tres estrellas de ocho puntas sobre un mapa de la provincia de Jaén. El diseño era una copia de uno de los alicatados de la Alhambra. Viajó por las diez comarcas buscando las coordenadas de los veinticuatro lugares que coincidían con los vértices de las estrellas y allí enterró en cada uno de ellos un hueso de aceituna de los olivos milenarios que Shimon le había regalado. El frasco con el preciado aceite, lo escondió en un lugar secreto que solo él conocía y que en la antigüedad había sido una sinagoga judía.

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Desde entonces, entre un mar de olivos, están creciendo los hijos benditos llegados desde la Tierra de los Profetas, y de ellos nacen las aceitunas que producen el óleo más puro y exquisito. Uno de los legados que Onofre dejó al lugar de los antiguos oretanos.

Cuentan que a veces en ciertos olivares, se ve la figura de un hombre delgado, con larga cabellera, barba y aspecto de eremita, paseando entre los árboles…

En alguna que otra ocasión, han aparecido noticias en la prensa regional en las que se habla de personas que han sufrido un “presunto” ataque de catalepsia.

 

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