350. La última voluntad

Diego Paredes Salmerón

 

Se vistió y perfumó como si fuera a misa de domingo. Salió al porche, respiró profundo y volvió a sentir ese aire límpido, fresco, inevitablemente nostálgico desde que ella murió, impregnando cada mañana este mismo instante.
Hoy no era un desayuno más. Ataviado de esta guisa dejó la escopeta cargada apoyada un par de metros más allá. Todo estaba minuciosamente estudiado. El día y la hora, y hasta el procedimiento a seguir. El reo se consintió una última gracia. Destapó con lentitud el papel de estraza que envolvía la hogaza de pan recién hecha, que aún caliente, como siempre, le había traído Miguel en su ruta diaria. Cortó un par de rebanadas de la misma, deleitándose como nunca antes con el sonido crepitante del cuchillo al hundirse en la corteza. Desparramó generosamente desde el porrón una buena ración de aceite de oliva, cristalino, aromático, acaso más exuberante que ningún otro día. Apreció como nunca su color amarillo verdoso esparcido sobre la blanca miga, su textura ligeramente espesa, asimismo su leve toque amargo y su tenue picor al cruzar la garganta.
Con las mismas, se levantó, guardó la escopeta, se colocó la ropa de faena y pensó: quizá en otra ocasión.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad