35. El olivo

Miguel Ángel Viso Camenforte

 

Las sombras remontan el río,  saltando de piedra en piedra por las riberas evitando mojarse. El camino huele a hinojo. A la derecha asoma un leve meandro; a la izquierda, una era cubierta de espartos, retamas y coscojas. Bajo una peña escarpada, dorada por el sol, aparece el olivo. Lo enmarcan unos guijarros que anuncian la solemnidad del lugar, custodiado por dos mariposas blancas que revolotean sin descanso.

Las sombras tienen memoria: por eso lloran de tristeza y de alegría. El árbol ha crecido desde la última vez y ofrece cobijo a nuestros caminantes. Abrazados a su tronco resistente, los nietos recuerdan el día en que lo plantaron con sus padres. Ahora suben a sus propios hijos a las ramas retorcidas y les explican por qué deberán seguir remontando el río, década tras década, hasta que el linaje de las próximas generaciones tome el relevo. Un olivo es la síntesis de la vida, la esencia de la naturaleza y, este en particular, guarda la respuesta del misterio.

Este olivo es mi padre.

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