348. Campos del sur

Dan Lamb

 

Me habían advertido sobre los campos del sur pero mi curiosidad pudo más que mi prudencia aquella tarde de agosto. Me aventuré más allá del limite hasta llegar a aquel olivar del que me habían hablado, aquel que guardaba un secreto enterrado al pie de alguno de aquellos cientos de olivos frondosos y que prometía fortuna a quien lo encontrara. Muchos ya habían pasado por allí, podía ver sus huellas sobre la tierra húmeda. Pero el calor era sofocante, ¿cómo era posible que la tierra bajo mis pies siguiera mojada? Aquello me perturbó pero no me detuve: ya no había vuelta atrás. Seguí andando. Caminé por horas, quizá incluso días, y el atardecer no llegaba. El sudor me caía por la frente y los ojos se me cerraban cuando caí junto a uno de aquellos olivos que hasta ese momento me habían parecido exactamente iguales. Pero este no. Este era diferente. Con mis últimas fuerzas rasgué la tierra en busca de aquello por lo que estaba allí y entonces lo comprendí. Mis manos se habían convertido en raíces, mi pelo en hojas y mi sudor mojaba el suelo. Lo último que vi fue a mí mismo caminando por el olivar.

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