343. Las estrellas y la aceituna perdida

Encarnación Sequera

 

Parecía haberse perdido todo.

Se detuvo el espectáculo cuando el pendiente de la artista se desprendió de su lóbulo. Se deslizó por el escenario cayendo al suelo y allí quedó, sin que nadie pudiera verlo. La intranquilidad crecía en mí.

Entonces, de entre el público, alguien se levantó suplicando que dejaran la guitarra muerta, muerta por naturaleza, pues el dolor por la pérdida de su obra era demasiado intenso. Me costaba respirar.

Segundos después, cual reptil ávido y veloz, irrumpió en la sala a golpe de portazo un poeta que decía haber perdido un anillo de desposado.

Inhalé súbitamente el aire que me faltaba y, reincorporándome en la cama, con el sudor aún pegado a mi piel, alargué la mano hacia la mesilla de noche.

Toqué mi amuleto.

La aceituna, envuelta en un paño de seda, seguía allí.

Parecía haberse perdido todo, pero todo fue un sueño.

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