341. Promesa

Olivia

 

No podía reprimir el llanto; de donde ella venía era inimaginable un paisaje como este, imposible asimilar tanta belleza. Daba igual a dónde dirigiese la mirada, cientos de olivos, como un inconmensurable tapiz, inundaban su corazón, en comunión con la naturaleza, con la vida y la muerte. Si Vicent van Gogh hubiese pintado se serie «Olivos» en Jaén en vez de en Saint Rèmy de Provence, habría realizado más de cien obras, no solo quince. Antonio se lo había explicado hasta la saciedad; necesitaba el dinero, además de su exigente trabajo, exiguas vacaciones, su hijo afincado en Montreal, sus padres dependientes en sendas residencias haciéndose difícil el viaje en coche (¿tan complicado era salvar la orografía de Despeñaperros para llegar en tren de alta velocidad en menos de dos horas?). Inviable conservar la finca. Además, su manijero de confianza y su cuadrilla se jubilaban, sus hermanos nunca habían sentido querencia por la tierra de sus padres. La idea de Ruth le parecía descabellada, empeñada en que sí eran compatibles los módulos solares y los olivos, agrivoltaica decía que se llamaba la técnica. Y solo tendría que renunciar a la mitad de los ejemplares. Antonio le prometió que lo pensaría.

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