34. El olivo del camino

Fabiola Sofía Masegosa Gayo

 

Mi padre decía que un olivo no se mira igual cuando lo has plantado tú.

Yo nunca entendí aquella frase. Para mí, aquel árbol torcido que crecía al borde del camino apenas daba aceituna y estorbaba al tractor.

Cuando mi padre murió, decidí arrancarlo.

El hombre de la retroexcavadora llegó temprano. Ya estaba maniobrando para acercarse al olivo cuando algo llamó mi atención. Alrededor del tronco había varias piedras colocadas en círculo. No recordaba haberlas visto nunca.

—Esperese un momento —le dije.

Me acerqué. En una de las piedras había unas letras grabadas. Al levantarla, encontré una pequeña placa metálica cubierta de tierra. Enseguida la limpié con la mano. Tenía grabadas una fecha y dos iniciales. En seguida me di cuenta de que eran las de mis padres.

Me quedé pensativo mirando el olivo. Entonces recordé que mi padre lo había plantado el año de su boda.

—Déjelo —dije.

El hombre apagó la máquina. Aquella tarde permanecí sentado bajo el árbol hasta que anocheció. Por primera vez en mi vida comprendí por qué mi padre nunca quiso cortarlo.

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