338. Cosecha nocturna

Rosalía Ruinas

 

La cooperativa agonizaba en la quiebra y la cosecha nocturna era nuestra última baza desesperada. Vine a la sierra cuando la recogida convierte los bancales en una procesión de luciérnagas moribundas, moviendo la vara con el ritmo ciego de los antiguos. El aire helado olía a verde vivo y a metal cansado mientras los frontales rajaban la penumbra.

De pronto, un murmullo ajeno al viento rozó mis oídos. Dejé atrás el rugido de las vibradoras y me adentré en la hondonada donde la luz no llega. El haz de mi foco tropezó con una figura imposible: un olivo majestuoso, cobijado por la luna llena, cuyos ramos florecían en racimos de energía pura mientras el resto del monte dormía. De sus ramas pendían aceitunas menudas de las que brotaba, al menor roce, una gota de líquido ámbar oscuro, abrasadoramente aromático.

Apreté el fruto en la mano; el jugo parecía latir contra mis dedos con una fuerza helada y brillante. Salvar a la cooperativa de la quiebra exigía entregar este milagro a las muelas del molino. Yo preferí apagar el foco y varear ruina.

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