336. La huella de un linaje

Jano Bifronte

 

Bética, año 180 d. C.

Hasta donde es posible saber, hacia el año 180 d. C. muy cerca de Corduba, un fabricante de aceite llamado Marcus Aelius Varro mantenía un negocio familiar próspero y en franco crecimiento. Durante más de dos siglos, el Imperio había absorbido gran parte del aceite producido en el sur de Hispania.

En la Bética, una de las tres provincias romanas de Hispania, los barcos que llegaban vacíos se llenaban pronto de mercancías y noticias antes de partir hacia Hispalis y luego al resto del Mediterráneo.

El negocio de Marcus no destacaba especialmente dentro de aquel comercio. Tenía media docena de olivares arrendados, tres prensas que trabajaban con regularidad, un gran depósito junto al río y acuerdos con alfareros que fabricaban ánforas. Había heredado de su padre una parte de todo aquello y, en poco tiempo, había conseguido ampliarlo con su proverbial  paciencia y muchas discusiones.

Su mujer pensaba que la prudencia que Marcus demostraba en sus transacciones no era más que miedo, aunque él insistía en que se trataba de precaución.

Cada otoño, durante la molienda, Marcus se ponía difícil de tratar. Al amanecer, se levantaba antes que los esclavos y caminaba a la almazara sin desayunar. Pasaba horas mirando el trabajo, revisando la madurez de las aceitunas y oliendo la pasta después de triturarlas.

Ese aroma era lo único que nunca lo cansaba. Aquella mezcla inefable, verde y amarga, tan distinta del aceite terminado, lo apasionaba.

—Algún día te caerás dentro de una prensa —le advertía Lucius, su administrador.

—Y tú venderías ese aceite igual. ¿O no?

—Por supuesto.

Marcus rió.  Le gustaba el humor de Lucius, pero con los demás mantenía una expresión seria y una mirada neutral. No era extrovertido ni solía pensar en la muerte o en temas filosóficos. Prefería centrarse en los negocios y, sobre todo, en elegir las ánforas.

Una partida de aceite, podía estropearse por la mala cocción del barro, o por una simple fisura en la vasija o bien por la colocación defectuosa de los tapones. Por esas razones, Marcus revisaba personalmente los recipientes, uno por uno, con el mismo entusiasmo con que otros comerciantes contaban sus monedas. Antes de cada envío, se aseguraba de que los esclavos pusieran el sello correspondiente en cada asa.

  1. AELI VAR

No era posible encontrar ni poesía ni demasiado arte en aquel lema escrito con una tipografía algo tosca. Se trataba tan solo de una marca comercial que permitía identificar al productor, dejar constancia del origen y llevar una contabilidad. Roma quería saber de dónde venían las cosas: el peso de la carga, los nombres, las cuentas.

Marcus decía que algún día el Imperio terminaría registrando también los sueños. Lucius contestaba que, si encontraba la forma de cobrar un impuesto sobre ellos, sin duda lo haría.

Aquel año, quizá hacia 184 o 185 d. C., enviaron ciento ochenta y cuatro ánforas. Marcus las vio bajar hasta el río, una por una. Después se desentendió del asunto y dejó de pensar en ellas.

El olvido era también parte del oficio. Una vez que una carga salía de la Bética, ya no pertenecía del todo al comerciante. Pasaba a manos de los transportistas y, finalmente, quedaba a cargo de los intermediarios, de los dueños de los depósitos y de los funcionarios. Y todo dependía del clima. Había que confiar. O fingir que se confiaba.

Marcus nunca había estado en Roma y, según muchos, la imaginaba mal. La conocía por los relatos de capitanes y mercaderes, gente poco fiable por naturaleza.

Unos decían que no existía ciudad más hermosa en el mundo. Otros aseguraban que sus calles olían a orina y basura. Probablemente ambas cosas fueran ciertas, pensaba Marcus.

Lo que sabía con seguridad era que Roma consumía aceite como si temiera quedarse a oscuras.

Aceite para comer. Para cocinar. Para las lámparas. Para los baños. Para los cuerpos de los atletas. Para los ungüentos. Para los muertos.

Durante años mandó sus ánforas a aquella ciudad sin haberla visto nunca. A veces imaginaba el recorrido:

Baetis. Hispalis. Gades. Mar abierto. Ostia.

Luego desaparecían.

Eso era todo.

Roma, año 195 d. C.

Cuando Marcus cumplió sesenta y dos años, su hijo mayor ya administraba el negocio y lo hacía mejor que nadie. La mujer de Marcus había muerto tres inviernos atrás, y él había empezado a despertarse algunas noches con una sensación incómoda: estaba envejeciendo en un lugar desde el que llevaba toda la vida enviando cosas a otros lugares.

Fue entonces cuando se propuso ver Roma antes de morir.

El primer día que llegó, la detestó. Había demasiada gente. Mucho ruido. Carros que atravesaban calles estrechas. Vendedores y perros callejeros. Edificios de varias plantas que parecían a punto de venirse abajo.

Marcus había esperado mármol y encontró barro. El mármol estaba allí, por supuesto. Pero había que buscarlo.

Dos días después entró en una taberna cerca del Aventino. Pidió pan, queso y aceitunas. En una jarra sobre la mesa había aceite. Probó un poco.

—¿De dónde viene? —preguntó al tabernero.

—De Hispania.

—¿De qué parte?

—De la Bética, supongo. Casi todo el aceite viene de allí.

Marcus volvió a probarlo con la yema de un dedo. Era inútil. No podía reconocer su propio aceite después de tantos transportes, mezclas y almacenes. No obstante, decidió que sí. Probablemente se trataba de su aceite.

De todos modos, no se lo dijo a nadie.

Luego, por casualidad, vio una pequeña colina. Caminaba con Publius, un comerciante romano con quien llevaba años intercambiando cartas y facturas. Habían ido a visitar unos depósitos junto al río. Marcus se detuvo.

—¿Qué es aquello?

Publius siguió andando, abstraído en sus ideas, ocupado en otras cosas.

—¿Qué cosa?

—Ese montículo que se ve allí.

Marcus señaló una pequeña elevación. No parecía natural. Era demasiado regular y al mismo tiempo, demasiado absurda.

Publius se encogió de hombros, restándole importancia.

—Testae.

—¿Fragmentos?

—Sí. Ánforas rotas y muchas otras cosas desechables.

Marcus tardó unos segundos en entender. Luego se acercó y trepó lentamente. La colina estaba hecha, en gran medida, de cerámica.

Asas. Cuellos. Bases. Paredes curvas.

Un mar de pedazos amontonados unos sobre otros. Cada paso hacía crujir algo bajo las sandalias.

Marcus se agachó y recogió un fragmento. Lo giró. No era aquel fragmento en particular, por supuesto, pero reconocía el barro grueso, la suave curvatura y la textura áspera.

—Son ánforas de aceite.

—Casi todas.

—¿De la Bética?

—Muchas.

Marcus siguió caminando. De pronto vio un sello. Se agachó. No era suyo.

Continuó avanzando. Había nombres por todas partes. O partes de nombres. Iniciales. Marcas deformadas por la rotura.

AEL. FAV. LVC. CORN.

Durante un rato recogió asas. Publius lo observaba desde arriba.

—¿Qué buscas?

—Nada.

Pero no era verdad. Buscaba su nombre.

Al principio lo hizo como un juego. Después dejó de serlo. Pasó casi una hora. Tenía las manos manchadas de polvo. Estaba a punto de abandonar cuando vio un asa medio enterrada.

La sacó. Sopló el polvo. Pasó el pulgar sobre las letras.

  1. AELI VAR

No sintió alegría. Eso fue lo extraño. Se quedó mirando.

Publius se acercó.

—¿Lo conoces?

Marcus tardó en responder.

—Soy yo.

—¿Qué?

—Ese sello. —Le mostró el fragmento—. Es mío.

Publius lo miró y se echó a reír.

—Es Roma, que te quiere… Ha conservado algo de ti.

Marcus no respondió. Se sentó. Desde allí se veía una parte del río, algunos almacenes y varios tejados. Sostuvo el asa durante bastante tiempo.

Intentó adivinar cuándo había salido aquella ánfora de Corduba, pero no pudo. Podía haber sido diez años atrás. Quizá más. Tal vez su mujer aún estuviera viva. Tal vez su padre también. Quizá ese día Lucius hubiese discutido con alguien sobre el precio del barro.

No había forma de saberlo. Todo eso se había perdido.

En cambio, aquellas letras seguían allí, componiendo un nombre: una marca destinada a durar lo suficiente para que un funcionario reconociera una mercancía.

Nada más.

Sin embargo, aquel detalle tan elemental había sobrevivido.

Marcus miró la colina y, de pronto, le pareció horrible. Demasiados nombres y demasiadas manos. Un alud de rastros pertenecientes a personas que habían cultivado los olivos, moldeado el barro, cargado los barcos, hecho cuentas, perdido hijos, discutido, amado mucho y dormido mal.

Y ahora estaban todas esas piezas allí…rotas; mezcladas y enterradas unas sobre otras.

Publius seguía de pie, observado.

—Llévatelo. Hazlo.

Marcus levantó la cabeza.

—¿Para qué?

—Te corresponde. Es tuyo.

Marcus volvió a mirar el sello en el fragmento para dejarlo luego donde lo había encontrado.

—No.

—¿Por qué?

Marcus se levantó con dificultad.

—Ya no es mío.

Bética, hacia el año 199 d. C.

Marcus murió cuatro años después. Su hijo continuó con el negocio y, más tarde, su nieto asumió el puesto. Con los años, el sello fue cambiando hasta desaparecer.

Según dicen, la familia siguió existiendo.

Corduba se convirtió en algo muy diferente y el Imperio más poderoso del mundo también se deformó hasta perder su antiguo poderío. Cambiaron los nombres de los lugares y también la lengua. Cayeron ciudades y se levantaron otras.

La colina permaneció.

Pasaron los siglos. Creció la vegetación. Se abrieron caminos. La gente olvidó para qué había servido aquel montón de cerámica.

Roma, comienzos del siglo XXI

Casi mil ochocientos años más tarde, unos arqueólogos trabajaban en el Monte Testaccio. Excavaban despacio y clasificaban minuciosamente los fragmentos. Anotaban los sellos. También medían y fotografiaban.

Una mañana, una estudiante encontró un asa. La limpió con un cepillo pequeño. Aparecieron las letras.

  1. AELI VAR

Las copió en una ficha electrónica, en su tableta. Sabía lo suficiente sobre el tema y por eso había obtenido una beca para excavar y clasificar los materiales.

Probablemente se tratara de un tal Marcus Aelius Varro, alguien de la Bética, de la zona de Corduba. Productor o comerciante de aceite. No podía deducir mucho más.

Nunca supo que Marcus se levantaba antes del amanecer para oler la pasta de aceituna. Ni que Lucius se burlaba de él. Tampoco pudo saber que aquel hombre había amado a una mujer cuyo nombre no quedó estampado en ninguna ánfora.

Y mucho menos que, una tarde del año 195 —o quizá del 196—, Marcus había sostenido durante un rato aquel mismo pedazo de barro entre las manos.

La estudiante guardó el fragmento en una caja rotulada y luego colocó la caja junto a otras. Su trabajo continuó con el traslado de los recipientes hasta un gran armario. Mientras los apilaba en los estantes, pensó durante unos segundos que, casi dos mil años después, alguien había vuelto a pronunciar aquel nombre.

Alguien había pensado en él. Alguien lo había recreado, hasta donde era posible.

Marcus Aelius Varro.

La huella de un linaje.

La discreta epopeya de una familia.

Rastros densos de humanidad.

No era poca cosa.

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