333. El informe oliva
Desde que llegué a estas tierras hubo algo que me fascinó. No voy a negar que un urbanícola reconvertido en maestro de pueblo puede sorprenderse con facilidad. La ciudad te va alejando lentamente de lo más inmediato. Como un pecio en alta mar, el oleaje te arrastra y te distancia de todo y de todos. En una escala diferente, pero con la misma tendencia, es lo que hacen las geografías urbanas. Todos seguimos el rastro del asfalto y cada vez tenemos menos ocasiones de recordar de dónde venimos. Ni siquiera puedo rememorar cuando el lechero dejó de venir por las casas, probablemente ni habría nacido. Ahora todo viene envasado, procesado y aislado. Solo tienes que permanecer el tiempo suficiente en la capital para que las cuestiones palmarias se conviertan en extrañas, en realidades ajenas reducidas a su función de intercambio.
Estas divagaciones me acompañan cada día, mientras cubro el trayecto en coche al centro escolar. Una hora de ida y otra de vuelta. Cuando empecé el magisterio hace treinta años no pensaba que a estas alturas seguiría viajando para dar clases, entonces me ponía cintas de casete y la radio para que me distrajesen un rato. También hubo un tiempo en el que hacía rueda para ahorrar gasolina, pero de igual manera me terminé cansando, prefería viajar solo, sin ruidos de propios ni extraños, en la estricta compañía de mis pensamientos. Cuando pasas demasiado tiempo en la ciudad te desacostumbras al silencio y lo percibes como una anomalía, incluso llegas a sentirlo opresivo e intimidante, pero cuando superas esa primera sensación de desasosiego, la experiencia se vuelve liberadora. Quizás por esa razón fui desechando las oportunidades de conseguir plaza en un colegio de mi ciudad y prefiero gastar dos horas cada día al volante.
No sé si es por el tiempo que paso en la carretera pero, en mis inicios, no era tan dado a filosofar. Soy un hombre cartesiano que estudió Exactas y que se preparó para pasar su vida dando clases de matemáticas. Sin embargo, en el pueblo, un maestro hace de todo y, salvo el inglés, creo que no me ha quedado ninguna materia por impartir. Los axiomas y las premisas no dejan de ser apriorísticos, pero luego la experiencia va creando sus propios moldes y reformulando los supuestos. En fin, no quiero aburriros con aspectos formales, lo que quiero compartir aquí es una incógnita que ni los muchachos, ni mis compañeros, ni los vecinos del pueblo han podido revelarme en tres décadas. Al principio pensaba que debía tener una explicación sencilla para un ojo entrenado, pero luego fui confirmando que no era así, que nadie sabía a ciencia cierta cómo aquellos centenares, o quizás unos pocos millares de olivos, habían conseguido cultivarse en tierras tan inhóspitas.
Siempre me pregunté cómo llegaron hasta allí, apretados en terrazas escalonadas. En el paraje más abrupto y recóndito de la provincia de Zamora resisten unos cuantos olivos encaramados a las rocas, arrinconados por la escasez y el olvido. El resultado de muchos esfuerzos, cortando ramas, clavando garrotes y acumulando piedras para que de los troncos viejos brotase un nuevo árbol. Preparando las clases de Conocimiento del Medio visitábamos aquellos olivos suspendidos en bancales y sus almazaras tradicionales. Aunque los productores nos explicaban de manera detallada y encomiable la maestría transmitida a lo largo de generaciones, ninguno de ellos respondía a aquella duda primigenia. Para ellos era una pregunta estéril que carecía de sentido. «Agua pasada no mueve molinos» y «A lo hecho, pecho», respondían con decisión. Lo que en mis ojos era una anomalía digna de una pregunta de investigación, en sus manos era motivo de orgullo. Salir adelante contra los pretextos de la ciencia y de la técnica, le daba un valor simbólico y numantino a su oficio ancestral, haciendo de aquellos olivares su sello de identidad.
Olivas y ostras. Por mucho que sea un alimento codiciado y que me encante el marisco, a mí nunca me ha agradado ese bivalvo. Siempre pensé que el primero que probó una de ellas tenía que estar muerto de hambre; que en ningún caso fue fruto de la elección y a nadie en su sano juicio pudo parecerle un bocado apetecible. Lo mismo me ocurría al pensar en el cultivo del olivo en estas tierras; me resultaba difícil pensar en qué momento alguien pudo decidir plantarlos, luchando contra los elementos y desafiando las leyes de la lógica. Solo una peculiar combinación de circunstancias pudo hacer de las ostras un manjar y del cultivo de olivos centenarios una tradición en los márgenes del Duero.
Con el paso de los años aquella inquietud se fue transformando en una obsesión: ¿quién fue el primero que se aventuró a plantar unos olivos en unos acantilados de piedra caliza? ¿Qué condiciones llevarían a intentar obtener alimento de aquellas fronteras escarpadas? Mientras trataba de imaginarme sus circunstancias, me viene a la mente ese primer náufrago hambriento que cierra los ojos y resignado comienza a masticar aquella criatura viscosa desconocida. Un océano media entre los dos, pero la misma necesidad los apremia. Uno tuvo que vencer los remilgos y el otro darle la vuelta a los pronósticos, para terminar siglos después compartiendo las mejores mesas.
Se abría ante mí un camino lleno de interrogantes. El único punto de partida era que el cañón del río en los Arribes crea una especie de paraguas, un microclima que lo aísla de los rigores del invierno mesetario. A pesar de esa condición benigna, no parece un argumento suficiente para explicar los orígenes de aquellos olivos heroicos. Aprovechaba las horas entre clases y tutorías para hacer trabajo de campo en los olivares. Las distancias entre los olivos eran muy amplias, la escasez de agua de las fincas de secano condicionaba la geometría de los bancales y obligaba a que los olivos se separasen al menos diez metros para que las raíces de unos y otros no se robasen el agua. Con suerte se alcanzaban los cien olivos por hectárea; una circunstancia que rara vez llegaba a producirse, dado que compartían con higueras y jaras el terreno de aquellas terrazas escarpadas.
Los vecinos me aseguraban que esas dificultades eran lo de menos, que no me hacía una idea de las heladas que han aguantado estos olivos centenarios. Los más mayores dicen ser capaces de reconocer la edad en las marcas que tienen las cortezas de sus troncos. La variedad autóctona, la Zorzal, lleva aquí desde tiempos inmemoriales y algunos de los olivos resisten encajonados en bancales de piedra vertical desde la época medieval. La corona de los vencedores olímpicos, el símbolo de la paz, la rama que porta la paloma que anuncia a Noé el final del diluvio. ¿Fueron acaso los romanos los primeros en colgar los primeros olivos en los cañones del río Duero?
En el departamento del centro hay un viejo maestro, a punto de jubilarse, que conoce muy bien la historia antigua. A pesar de ello, no supo darme una respuesta concreta. Sin ningún género de dudas atribuía el cultivo del olivar a los romanos. A los griegos y a los fenicios no se les había perdido nada por estas tierras ignotas. Las causas había que buscarlas en el influjo del Imperio Romano que convirtió a la Bética en la principal proveedora de aceite de oliva de todo el Imperio y a la Vía de la Plata en el principal eje de influencia. Antes, en los tiempos de los vetones, solo existía el acebuche que la casualidad trajo en el pico de un mirlo o de un zorzal. Eso explicaría el nombre de la aceituna de la zona, pero tampoco permitiría saber el momento justo en que el olivo dejó de ser una aparición espontánea para ser una actividad arraigada.
Ni la botánica, ni la geografía, ni la historia y la memoria de los lugareños parecían arrojar luz sobre el enigma. Todo se resumía en una mezcla de herencia, pericia y vocación de resistir, pero no había ninguna respuesta categórica que retirase aquel tupido velo. Sin saber qué camino tomar, decidí abrir paso a los nuevos tiempos y consultar a la inteligencia artificial. Desde hace un par de años ha irrumpido con gran fuerza y los docentes aún no tenemos claro cómo reaccionar. Para algunos es una herramienta pedagógica sin parangón y para otros es el fin de la educación. Es probable que la respuesta correcta no sea la una ni la otra y que el punto óptimo esté a medio camino. He de confesar que, aunque al principio causó en mí una instintiva cautela, con el paso de los meses esas reservas han ido menguando. En el universo de las matemáticas, de los dilemas y de los problemas irresueltos, la IA está empezando a encontrar las respuestas a preguntas que llevaban décadas formuladas.
Quizás sea el momento de tener la humildad suficiente para reconocer que, al menos en parte, hay respuestas que por nosotros solos no somos capaces de alcanzar. Con todas mis pesquisas y evidencias recabadas, le presenté a una inteligencia artificial mis dudas y reparos, pero me abstuve de comentarlo con el resto del claustro. Su respuesta plagada de datos meteorológicos, geológicos y de movimientos de grupos humanos, en lugar de estrechar el cerco, ampliaba el universo de posibilidades ad infinitum y me alejaba de cualquier respuesta concreta; pero no perdía la esperanza.
Justo en aquella semana empezaban las clases con polémica. Se hicieron públicos los malos resultados del informe PISA, al mismo tiempo que directivos de grandes empresas tecnológicas alarmaron sobre la amenaza que la IA podría suponer para la humanidad. Una combinación que vino a reforzar el rechazo militante del profesorado. A mí aquella postura no me convencía demasiado pues, si los niños hacían un mal uso de las nuevas tecnologías, la única manera de remediarlo era que aprendiésemos los maestros para enseñarles su empleo correcto; tal y como sucedió hace un lustro con la necesidad forzada de las clases virtuales.
En aquel entonces echaba de menos mis viajes, venir hasta el pueblo a diario y seguir el paso de las estaciones a través de los olivos. Aunque siempre me ha gustado enseñar, de un tiempo a esta parte tengo la sensación de que encuentro más motivación en aquellos viejos árboles que en mis alumnos. Nunca me subí a la tarima, pero los veo cada vez más distanciados. Cuando me encuentro con algún antiguo compañero me dice que no me queje, que tengo suerte de estar donde estoy, que los niños de las ciudades son mucho peores y desde bien pequeños tienen el cerebro achicharrado por las pantallas. Es probable que no le falte razón, lo más seguro es que sea yo quien está abonando esa distancia, dejándome arrastrar por la tierra y sus arcanos.
Antes de las vacaciones de Navidad se jubila Patro, el compañero con el que más años he compartido guardias, tutorías y ratos libres discutiendo sobre la herencia de los pueblos prerromanos y su influencia en el cultivo del olivar. En la época de la recogida de la aceituna, Patro se retirará definitivamente y quiero hacerle un obsequio especial. Iré a una almazara tradicional y le compraré varias botellas como regalo de despedida. Un antiguo lagar donde producen su propio aceite de oliva virgen extra; un oro líquido, denso y fragante, que encierra el espíritu de los Arribes y la resistencia de sus bancales.
A mí tampoco me queda mucho antes de que me licencien. Tengo que aprovechar bien el tiempo que me resta y acelerar mis indagaciones. Junto al aceite le haré entrega de un documento manuscrito con los últimos avances de mi teoría sobre los viejos olivares. Quizás algún día podamos retomar nuestras charlas y debatir sobre ellos. Todavía no sé si llegaré a alguna conclusión en los próximos meses, con inteligencia artificial o sin ella. Es demasiado pronto para aventurarse, el curso apenas ha comenzado y el misterio del «informe oliva» aún está lejos de ser desvelado.