329. El testigo

Gómez Gallego

 

Entre tanta destrucción solo quedaba un olivo. Era un olivo centenario, frondoso y robusto. De una majestuosidad deslumbrante.
Llevaba tres días caminando entre escombros y ceniza.
Me acerqué lentamente, temiendo que fuera un espejismo, pero no. Allí estaba. Testigo del desastre y de lo injusto de una guerra, pero también erigido como un símbolo de esperanza, aferrado a una tierra que es suya y que nadie debería atribuirse el derecho de querer conquistarla.
Me senté junto a su tronco y sentí una seguridad que hacía tiempo no había sentido y, por fin, pude descansar y olvidarme por un momento de la miseria que pueden provocar los humanos.

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