328. A un olivar de encontrar el amor
Aquí estoy, bajo el sol de la mañana con ese aroma a frescura vegetal, tierra seca y notas herbales sutiles, preguntándome si he tomado la decisión correcta; cuestionando cómo carajos venir a ver árboles viejos me ayudará a alejar aquellos pensamientos que aún rondan atormentando mi cabeza.
«A veces tienes que desconectarte para volver a conectar con lo que realmente eres», dijo mi padre cuando me obsequió este viaje hace tan solo unos días atrás. Ahora, a punto de empezar el recorrido, aún me pregunto si es posible que él y yo, que tenemos tan pocas cosas en común, hayamos tomado una decisión que tuviera sentido.
El guía habla y habla mientras nos adentra en los cultivos. Pienso: «Tanto alboroto por un montón de árboles que —aunque debo confesar que sus troncos son interesantes con esas formas que parecen esculturas— tardan demasiado en alcanzar su plena producción». Al final es solo aceite; la ensalada sabe bien con un poco, pero aun sin él puedo comerla.
—Jamás imaginé que cataran aceite como si fuera vino. No es que me emocione que llegue el momento de tomar un sorbo de aceite —digo, mirando a la pareja de ancianos que están a mi lado.
La señora abre los ojos y niega con la cabeza desaprobando mi intervención, mientras el señor sonríe y dice:
—Podría llegar a sorprenderte.
Sonrío mientras avanzamos en el recorrido, pero mi mente se empieza a ir directo a la piscina del lujoso hotel que reservé a escondidas de mi padre; espero que permitan nadar en ella hasta tarde. Imagino el agua cubriéndome por completo mientras nado con mis aletas rozando las baldosas del suelo, ignorando durante el mayor tiempo que me sea posible la necesidad de oxígeno que mi cuerpo exige.
El golpe me saca de mi imaginación cuando un hombre de chaqueta ceñida en sus hombros y espalda ancha choca conmigo. Me invade un aroma profundo a madera húmeda y a hojas verdes trituradas, como si trajera el campo pegado a la piel. Clava sus ojos de tono caramelo en mí con una mirada hipnotizante. Le sonrío al ver cómo la luz dorada ilumina su piel trigueña y estoy a punto de hablarle cuando…
—Hugo, mantén a tus turistas novatos fuera de la zona de expertos —dice el atractivo hombre, pasando por completo de mí para mirar directamente a nuestro guía.
Blanqueo los ojos, expulso una exhalación sonora y me retiro de la entrada a la que me dirigía, mientras el guía me señala hacia el pasillo del lado contrario.
—Perdón por dedicar mi vida a ser una profesional exitosa y no a tomar shots de aceite para ensalada —digo alzando la voz, mirando directo al cretino que avanza dándome la espalda sin mirar atrás.
El recorrido sigue y las horas pasan lento y rápido a la vez. Yo me imagino agendando la primera cita de spa disponible para el día de mañana; no creo que en «la experiencia inmersiva del aceite de oliva» vayan a sentir mi ausencia por un día. La campana de notificación de mi correo suena y de inmediato mis manos se vacían y mi corazón empieza a latir como si quisiera salir del pecho. Mi respiración se agita al tiempo que muevo mis dedos: «pulgar con índice, medio, anular y meñique; índice, medio, anular y meñique; índice, medio, anular y meñique».
Mi corazón se ralentiza cuando don Carlos, el anciano con su esposa enlazada en el brazo, apoya su mano tibia sobre mi antebrazo.
—¿Está todo bien, señorita? —me pregunta, fijando sus ojos grises en mí.
Asiento con la cabeza, inhalando profundo y exhalando largo, volviendo poco a poco al aroma de aceitunas frescas. «Ya no habrá más correos. Estoy en Jaén, y mi única preocupación es cómo huirle a los shots de aceite para ensaladas», me digo a mí misma mientras abro la notificación de mi celular: «La reserva no pudo ser realizada con éxito debido a overbooking. Lamentamos la molestia y le obsequiamos una semana de estadía en cualquiera de nuestras sedes en Europa para viajes futuros».
—Y ahora, ¿dónde me voy a quedar? —Las palabras salen de mi boca sin notarlo.
—El hospedaje está más allá, en un momento se los enseñaremos —responde con una gran sonrisa Hugo, señalando a la gran casa del fondo.
«Sincronía», diría la irritante voz de mi amiga Camil con su fastidiosa perspectiva hedonista y llena de un empalagoso amor a la vida.
Llevo mi equipaje del auto al hospedaje y acepto la oferta de cenar en mi habitación, agradeciendo el alivio de no tener que socializar ni un minuto más con absolutamente nadie. Termino de comer y clavo mi mirada en el Kindle que Camil me obligó a traer porque, desde que me lo obsequió hace un año con la idea de dicho por ella «volver a las historias como cuando éramos pequeñas», y que no he usado ni una sola vez. Al final me decido por reproducir ruido blanco en Spotify y acostarme a dormir.
La molesta luz del sol atravesando la poco útil cortina de velo me despierta. Miro el reloj de la mesa vintage de madera, que marca las diez de la mañana; aunque las sábanas —que están más suaves de lo que esperaba de este lugar— me tientan a quedarme, decido alistarme. Al bajar al comedor exterior, la energía de las personas que se mueven por todo el lugar entre risas y charlas me deja claro que llevan horas activos. Las risas de don Carlos y su esposa a lo lejos guían mi vista al lugar donde el patán de ayer, vestido con chaqueta de chef, les sonríe con una ternura que contrasta con la amargura del día anterior. Camino hacia ellos y el mismo aroma profundo a madera húmeda y hojas invade mi olfato.
—Se trata de saber qué sabores queremos resaltar —dice la voz gruesa, con acento andaluz, del hombre de ojos miel.
—Buenos días —digo mientras me siento.
La dulce sonrisa se le borra de inmediato, mientras me señala el bufé y dice:
—El desayuno continental está por allá.
Miro la mesa desolada con jarras de café, yogur, frutas y una granola que, por alguna extraña razón, parece tener menos color que cualquier otra cosa aquí. Al instante, regreso la mirada a las bandejas en frente de mí: rebanadas de pan de masa madre recién horneado, cuencos con tomate rosa de la tierra rallado, lascas de jamón ibérico de bellota y queso de cabra artesanal. En el centro de todo, reinan cuatro jarritas de cristal que contienen líquidos que van desde un dorado traslúcido hasta un verde esmeralda brillante y espeso.
—¿El aceite no es para todos? —le respondo señalando la jarra que tiene en su mano.
—Para los escépticos que les da igual si consumen aceite virgen extra o adulterado; el bufé es más de su estilo —responde el apuesto patán antes de ser interrumpido por Hugo.
—Pablo, creo que a nuestra única clienta de la Experiencia Inmersiva Deluxe le gustaría disfrutar de un desayuno molinero tradicional —dice Hugo, rescatando la situación mientras sirve con pinzas una tostada crujiente en un plato de cerámica—. Por favor, pruébalo.
—Ya que llegaste, yo me retiro —dice el patán levantándose al tiempo que tensiona la mandíbula.
Hugo coloca el plato enfrente de mí y me señala las jarritas, explicando con la paciencia de un maestro:
—Aquí tienes cuatro de las variedades más importantes de la región. El secreto del buen aceite, al igual que el vino, está en el tipo de oliva —dice Hugo, señalando la primera jarra de un verde oscuro e intenso—. Este es un Picual. Es el rey de Jaén: potente, con notas a corteza de árbol y un toque amargo y picante al final que te raspa la garganta. Al lado tienes el Hojiblanca, que sabe a hierba fresca y deja un regusto a almendra amarga. Y el tercero es Cornicabra, un aceite con mucho carácter, algo más maduro y denso.
Hugo sonríe al ver mi gesto de ligera abrumación ante tanta intensidad y desliza hacia mí la cuarta jarrita, la que brilla con un tono dorado verdoso muy claro y translúcido.
—Anímate, para empezar este te gustará más mientras acostumbras el paladar —añade con un guiño—. Es un Arbequina. Es puro frutado: si lo hueles, te va a recordar al plátano, a la manzana verde y a la almendra dulce. En la boca es suave, casi como un zumo de frutas de otoño, sin ese picor que asusta a los que no han crecido rodeados de olivos. Anda, viértelo sobre el pan sin miedo.
De reojo, logro ver cómo Pablo cruza los brazos y suelta una media sonrisa, como si estuviera esperando a ver si soy capaz de apreciar la diferencia o si terminaré pidiendo la granola. Clavo mi mirada sobre él mientras aprieto los dientes.
—¿No te ibas? —digo, mirando directamente a sus ojos ámbar.
Él blanquea los ojos y niega con la cabeza, girando sobre sus talones para retirarse.
—Gracias por todo, Pablito —dice la anciana con una dulce sonrisa.
Pablo suaviza su mirada y le sonríe.
—No es nada, Berta —dice, apoyando su mano sobre el antebrazo de la anciana.
—Si ese es nuestro chef, creo que debería preocuparme por un posible envenenamiento —digo, acompañando mi sentencia con una sonrisa.
Berta gira su rostro y clava su mirada seria sobre mí hasta que me obliga a frenar la risa.
—No es el chef, nuestra chef es mi hermana —dice Hugo, irguiendo su espalda con orgullo—. Él es el dueño —agrega.
¡Perfecto! Ya gané mi primer enemigo en mi retiro y claramente tenía que ser el dueño del lugar. Hay cosas que no cambian ni cruzando el océano Atlántico.
Dos horas después, descubro que la hospitalidad de Hugo incluye ponerme a caminar bajo el sol andaluz en lo que él llama «el bautismo del mar de olivos». Al ser mi segundo día de un programa de cuatro semanas, hoy toca entender la tierra. Caminamos por un sendero de tierra arcillosa y rojiza, flanqueados por hileras interminables de árboles que parecen extenderse hasta el fin del mundo.
—Este sector es el alma de la finca —explica Hugo, deteniéndose frente a un árbol cuyo tronco es una escultura orgánica retorcida de nudos, cavidades y formas caprichosas que parecen brazos entrelazados—. Son olivos milenarios. Tienen más de mil años aquí plantados.
Me acerco, embelesada por un momento. El tronco es tan ancho que se necesitarían tres personas para rodearlo. Toco la corteza rugosa y, por un segundo, mi yo de niña que escribía imagina que el árbol respira, custodiando secretos de imperios que ya no existen.
—Cuidado dónde pisas. Los tobillos de ciudad no están hechos para la piedra caliza.
La voz arrastrada de Pablo interrumpe mi trance. Viene caminando unos pasos detrás, con las manos metidas en los bolsillos de sus vaqueros desgastados y una pisada tan segura que parece que el suelo se doblara ante él. Se detiene a mi lado, demasiado cerca, obligándome a respirar el aroma a aire limpio y hojas machacadas que emana de su ropa.
—Si te doblas un pie hoy, te perderás la clase de geología del suelo de mañana —añade, mirándome desde arriba con esos ojos color aceite—. Y apenas vas en el día dos. Sería una lástima que empaques tus maletas tan pronto.
Miro hacia arriba y exhalo fuerte, mientras don Carlos me da la mano y me dice:
—Lo haces bien, no le prestes atención; es gruñón como su yayo.
Giro mi mirada hacia Pablo y luego sonrío hacia don Carlos y Berta, quienes lo miran de una manera que me hace pensar que lo conocen de toda la vida.
—Somos amigos de la familia y es un orgullo ver cómo Pablito sigue con la tradición —dice Berta con una gran sonrisa.
Pablo abre la boca para hablar, pero el timbre de llamada de mi celular lo interrumpe. Me exalto y saco el celular de mi bolsillo: «BOSS AGENCE BOUTIQUE». Mis manos empiezan a temblar mientras intento bloquear la pantalla lo más rápido posible, fallando en los dos primeros intentos y sintiendo un alivio insuficiente al verla en negro. Creí que respetaría mi decisión luego de tantos años liderando las más creativas, disruptivas y exitosas campañas de marketing, pero ella actúa como si la hubiera traicionado, esperando que la competencia anuncie mi nueva contratación cuando yo estoy aquí, a miles de kilómetros de mi hogar, preguntándome quién rayos soy.
Pido el resto de la tarde libre. Luego de fracasar por una hora en mi intento de dormir, salgo a dar una vuelta por el lugar; es antiguo, pero la luz dorada que entra por todos sus enormes ventanales lo hace lucir tan sublime como el aceite que Pablo, el patán, se negaba a compartir conmigo en la mañana. Regreso a mi habitación cuando el sol ya se ha ocultado y, negándome a comer algo más que un poco de pan con jugo, tomo el Kindle y me tiro en la cama mirando fijamente la pantalla, cuestionándome si desbloquearlo o no. Al final lo hago y lo primero que veo es la colección de relatos que escribí cuando era pequeña, con los dibujos que Camil hacía de mis historias como portada; cierro el estuche de inmediato, dejando salir mis lágrimas al tiempo que suena el clic de cierre imantado.
Me niego a salir por días de la habitación a pesar de la insistencia de Hugo. Don Carlos decide visitarme hoy, el sexto día de mi encierro; a pesar de no convencerme de ir con ellos, luego de acceder a desayunar un poco de yogur con la granola sin color, decido dar una vuelta por el lugar.
El bullicio de un grupo de personas me atrae a un gran salón. Cuando llego a la entrada, cientos de notificaciones de celulares estallan al mismo tiempo y veo a un montón de personas con traje moverse de un lugar a otro, como si fueran máquinas que siguen órdenes sin cuestionarlas. Mi pecho empieza a latir muy rápido y el oxígeno parece negarse a entrar, mientras corro a un rincón del pasillo y me tiro al suelo abrazando mis piernas. Intento recordar alguna de las estrategias de la terapia, pero solo puedo escuchar los celulares, mis manos hormiguean y las lágrimas brotan sin poder detenerlas; todo mi cuerpo tiembla a la vez que siento que el lugar se cierra a mi alrededor y lo único que anhelo es desmayarme.
—Respira. Estás aquí. Concéntrate en mi voz.
Siento unas manos grandes sujetarme con fuerza por ambos brazos.
—Uno, dos, tres, cuatro. Sostén. Uno, dos, tres, cuatro. Exhala —dice la voz, mientras inhala y exhala esperando que yo replique sus movimientos.
Lo hago. La respiración me sale entrecortada por el llanto que se niega a abandonarme. Él me toma en sus brazos; siento el calor de su cuerpo mientras me lleva directo a la cocina. Todos se retiran tras su orden. Una mujer de aroma a flores frescas le entrega una bandeja antes de retirarse.
Pablo la acerca a mí y el aroma a vapor de hojas de olivo y azahar silvestre hace que mis hombros se suelten y mis brazos caigan como si fueran dos trapos viejos.
Abro los ojos lentamente, con las pestañas todavía pegadas por las lágrimas, y descubro sobre la bandeja de plata una taza de cerámica humeante de donde escapa ese perfume herbal y profundamente relajante. A su lado, reposa un pequeño cuenco de cristal con aceite esencial de la finca mezclado con unas gotas de lavanda, y un paño de hilo blanco empapado en agua fría.
—Bebe —murmura Pablo con una suavidad que no esperaba de él, mientras toma el paño húmedo y, con una delicadeza desconcertante, comienza a limpiar el rastro de mis lágrimas—. Es una infusión de la casa. Las hojas del olivo calman el ritmo cardíaco y el azahar te devolverá la tierra.
Doy un sorbo tembloroso. El calor me recorre el pecho, borrando el eco de los teléfonos que hace un momento me ensordecían. El ambiente huele a campo purificado, a calma, y por primera vez en todo el día, el aire entra en mis pulmones sin doler. Muevo la mirada de la taza a sus ojos, que me observan fijos, desprovistos de cualquier burla.
—Lo sé, yo también odio ese mundo —dice en un susurro, mientras sus dedos rozan apenas mi mejilla al retirar el paño—. Pero el alquilar nuestros espacios ayuda a pagar las cuentas.
Clavo mi mirada en él, sintiendo cómo el cansancio se adueña de mi cuerpo, preguntándome cómo seré capaz de llegar a mi habitación, pero Laura —la mujer con aroma a flores y rostro demasiado similar al de Hugo como para ser casualidad— me ofrece su ayuda y me deja recostada en la cama viendo hacia la ventana.
—Él te entiende, también huyó de ese mundo —dice ella, y luego cierra la puerta.
Al anochecer, unos golpes suaves anuncian a Pablo. Entra con una bandeja donde reposan dos higos maduros abiertos en flor, coronados con queso de cabra artesanal y nueces picadas. Sonríe y vierte sobre ellos un chorro denso de su aceite, como si se tratara de un líquido sagrado.
—Pruébalo —murmura—. El dulce y el amargo curan cualquier alma rota.
El primer bocado es una revelación de paz; el sabor de la tierra me abraza por completo.
Los días pasaron entre bocados bañados en aceite que aliviaban mi ansiedad. El viaje de un mes se convirtió en tres meses, luego en seis y hoy, dos años después, acabo de escribir la última palabra de mi novela A un olivar de encontrar el amor, justo a tiempo para mi cita de las tardes con mi prometido, listos para disfrutar del bocado de higos con queso de cabra y oro líquido.
—La embelesada.