324. La linde
Julián Arrieta llevaba veintidós años viviendo de su nariz y ninguno creyendo en leyendas. En su oficio, las leyendas venían siempre en el mismo envase, y con la misma presentación: una finca familiar, una abuela con delantal, un árbol viejo y un folleto en papel reciclado que explicaba que el sabor de aquel vino, aquel queso o aquel aceite se debía a algo que no podía medirse. Julián había aprendido a sonreír delante de todas ellas y a escribir después, en su informe, la frase que las desmontaba sin levantar la voz: «Correcto, sin defectos. El relato supera al producto».
Aquel octubre, la guía para la que trabajaba lo mandó a Sierra Mágina, en la provincia de Jaén, a evaluar una almazara familiar que aspiraba a entrar en la selección de oleoturismo del año. Cortijo Las Dos Lindes, decía el correo. Ochenta hectáreas de picual, extracción en frío, visitas guiadas y cata incluida. Condujo desde Madrid con la radio apagada, porque las radios, como los perfumes, le ensuciaban el olfato, y porque desde el entierro de su padre el coche era el único lugar del mundo donde no tenía que decidir si contestaba o no las llamadas de su hermano.
A partir de Mancha Real, el paisaje se convirtió en una sola cosa. Olivos en filas, olivos en ladera, olivos hasta donde se acababa la vista y un poco más, como si alguien hubiera peinado la tierra con un peine de dientes verdes y se le hubiera olvidado parar. Julián pensó que en Jaén debía haber más olivos que opiniones, lo cual, tratándose de España, era mucho decir.
Lo recibió en el patio del cortijo una mujer de unos treinta años con botas de campo y una carpeta apretada contra el pecho, como si fuera un escudo.
— Lucía Moral —dijo, y le estrechó la mano con más fuerza de la necesaria. Soy la que le escribió. Mi abuela está en la almazara. Dice que a los catadores de Madrid hay que verlos primero de lejos.
— ¿Y qué se ve de lejos?
— Si se limpian los zapatos antes de entrar.
Julián miró sus zapatos, que no se había limpiado, y supo que aquella familia le iba a caer muy bien o muy mal, sin término medio.
La almazara olía como huelen todas en plena campaña: a aceituna rota, a metal frío y a esa humedad verde que se pega a la ropa durante días. Lucía le explicó el proceso con la soltura de quien lo ha contado cien veces y todavía se lo cree. La aceituna entraba el mismo día que se recogía, se lavaba, se molía y la pasta se batía sin pasar de los veintisiete grados.
— Con más calor sale más aceite —dijo—, pero se van los aromas. Aquí preferimos perder litros a perder la hierba.
Julián asintió. Lo había oído en cincuenta almazaras. Junto a la centrifugadora, una mujer menuda de más de ochenta años, con una bata de flores y los brazos cruzados, vigilaba el chorro verde que caía al depósito con la atención de quien vigila a un nieto en la piscina. No se presentó. Lo miró de arriba abajo, se detuvo un segundo en los zapatos y volvió a su chorro.
— Mi abuela Remedios —dijo Lucía, en voz baja—. No se lo tome a mal. Con usted, eso ha sido un saludo.
La sala de cata era una habitación encalada con una ventana que daba al olivar y una mesa larga de madera. Sobre ella esperaban las copas azules, que se usan precisamente para que el color no engañe, porque el ojo es el sentido más mentiroso de una cata. Julián tomó la primera, tapada con su vidrio de reloj, y la sostuvo en la palma de la mano, girándola despacio, hasta que el aceite alcanzó la temperatura de un cuerpo tranquilo. Luego destapó y acercó la nariz.
Lo primero fue la hierba. No la hierba de un parque, sino la recién cortada al amanecer, todavía mojada, con ese golpe dulce y afilado que sube por la nariz y se instala detrás de los ojos. Después llegó la hoja de tomatera, ese olor áspero que se queda en los dedos cuando uno roza una mata en el huerto, y detrás, más tímidas, la alcachofa y la almendra verde. Al fondo, casi escondido, algo de higuera, de leche de higo. Julián cerró los ojos pensando que hacía tiempo que una copa no le ordenaba cerrarlos.
Se llevó un sorbo pequeño a la boca y, con los dientes apretados, aspiró aire entre ellos con ese silbido poco elegante que los catadores hacen sin pudor. El aceite se abrió sobre la lengua. La entrada fue dulce, apenas un segundo, como una cortesía. Luego apareció el amargor, limpio, en la parte posterior de la lengua, como una verdad dicha a tiempo. Entonces, cuando ya creía que la cosa terminaba ahí, el picor le subió por la garganta, tan lento y decidido, que lo obligó a toser. Una vez. Dos.
- Aceite de dos toses —dijo Lucía desde la puerta— y no pudo disimular el orgullo.
- Muy equilibrado —respondió él— y escribió un 8,7 en su ficha.
Era una nota excelente. También era la nota que ponía a lo excelente que no lo sorprendía. Estaba a punto de cerrar el cuaderno cuando Remedios entró en la sala con una botella pequeña, sin etiqueta, tapada con un corcho viejo. Sirvió un dedo en una copa limpia, la tapó con el vidrio y se la puso delante sin decir nada.
Julián repitió el ritual. La palma, el giro, la espera. Al destapar, los aromas eran los mismos, la hierba, la tomatera, la almendra, pero llegaban de otra manera, como llega la misma canción cuando la canta alguien que la ha vivido. Había algo más, algo que al principio no supo nombrar. Tuvo que acercarse tres veces a la copa para atreverse a pensarlo. Olía a tierra mojada después de la lluvia. A esa primera lluvia de septiembre que levanta del suelo un olor que no se parece a nada. Era absurdo porque aquel año no había llovido en Jaén desde mayo.
En boca fue peor. O mejor. El amargor y el picor no llegaron uno detrás del otro, como en el primer aceite, sino a la vez, sin pisarse, como dos voces que por fin se ponen de acuerdo en una misma nota, y el final no se acababa. Pasó un minuto y Julián seguía teniendo el aceite en la garganta, tibio, persistente, como una frase que uno no termina de entender, pero no puede dejar de repetir.
— ¿Qué es esto? —preguntó, y se oyó la voz rara, sin ironía, desnuda.
— El Abuelo —dijo Remedios.
— ¿Qué abuelo?
Ella se dio la vuelta y salió. Lucía se encogió de hombros con una sonrisa cansada.
— Esta noche —dijo—. Mi abuela solo lo cuenta de noche. Dice que de día la gente no escucha, solo mira.
Aquella tarde, mientras Lucía le enseñaba las cuentas de las visitas y los folletos, Julián descubrió también lo que no ponía en el correo. La finca debía dinero. Mucho. Dos malas cosechas seguidas, un préstamo para la maquinaria nueva y un fondo de inversión que llevaba un año ofreciéndoles comprar. El fondo quería arrancar los olivos viejos y plantar en superintensivo, en seto, con riego por goteo y cosechadoras que pasaran por encima de los árboles como un tren por encima de un paso a nivel.
— Si entramos en su guía, tenemos distribución y podemos aguantar —dijo Lucía, sin mirarlo—. Si no, vendemos en primavera. No se lo digo para que nos ponga buena nota. Se lo digo para que sepa lo que está cantando.
Julián no respondió. Pensó en la frase de siempre, «el relato supera al producto», y por primera vez en veintidós años le pareció una frase cobarde.
Cenaron migas en la cocina, en silencio. Luego, cuando el cielo se puso de ese azul oscuro que en el campo parece más grande que en ninguna parte, Remedios cogió una linterna y le hizo un gesto con la cabeza. Caminaron diez minutos entre las hileras de olivos, ella delante, sin tropezar ni una vez, como si conociera cada terrón por su nombre. Se detuvieron en lo alto de un cerro.
El árbol estaba solo, apartado de las filas, y era el olivo más grande que Julián había visto en su vida. El tronco no era un tronco, sino dos, retorcidos como una soga mojada, que salían de la misma raíz y se abrían hacia lados opuestos. En la base, medio enterradas, había un montón de piedras colocadas en círculo, como si alguien hubiera querido rodearlo con un muro y se hubiera arrepentido a medias.
— Tiene más de cuatrocientos años —dijo Remedios—. Mi padre decía que lo plantó alguien que ya sabía que no iba a ver ni una aceituna. Por eso lo llamamos el Abuelo. Porque se planta para los que vienen detrás.
Se sentó en una de las piedras. Julián hizo lo mismo.
— Cuando murió mi padre, en el noventa, nos dejó la finca a mi hermano Paco y a mí. Mitad y mitad. A los dos meses ya no nos hablábamos. —Hizo una pausa—. Por una tontería. Por una linde. Por dónde acababa lo mío y empezaba lo suyo, y la linde pasaba por aquí. Justo por el medio del Abuelo.
— ¿Y qué hicieron?
— Lo que hace la gente tonta. Levantar un muro. Estas piedras. Él subió un día con un tractor y las fue poniendo, y yo lo vi desde abajo y no dije nada. Cuatro años sin dirigirnos la palabra. En el pueblo, en misa, en el entierro de mi madre. Cada uno en su lado del muro, con el árbol en el medio, sin saber de quién era.
Julián sintió algo en el estómago que no tenía que ver con las migas. Pensó en su hermano, Tomás, en el entierro de su padre, en la viña de la familia en La Rioja que él había querido vender y Tomás no, en la última frase que se dijeron en el aparcamiento del tanatorio, que ninguno de los dos podía ya retirar.
— Luego vino la sequía —siguió Remedios—. La del noventa y cinco. Usted sería un chaval, no se acordaría. Los pantanos a menos del diez por ciento. Las aceitunas se arrugaban en la rama como pasas. Los olivos se morían de pie, y el Abuelo también empezó a morirse. Se le cayeron las hojas de abajo, luego las de arriba. Se puso gris.
— ¿No había agua?
— Había un pozo. Uno. En el lado de Paco. —Sonrió sin alegría—. Yo tenía la fuente del pueblo, a dos kilómetros. Así que empecé a subir de noche, con dos cántaros, para que nadie me viera. Echaba el agua en mi lado del tronco y me volvía. Todas las noches, así un mes.
Remedios se quedó callada. Una lechuza cruzó por encima del árbol sin hacer ruido.
— Una noche me di cuenta de que la tierra del otro lado del muro ya estaba mojada. Y a la siguiente también. Y a la otra. Alguien estaba regando la mitad de Paco. Con agua del pozo. A escondidas, como yo.
— Era él.
— Era él, pero no dijimos nada. Ninguno de los dos. Durante semanas regamos el mismo árbol, cada uno por su lado, cada uno sabiendo que el otro estaba, y ninguno fue capaz de subir a la hora del otro. Hasta que una noche de agosto llegamos a la vez. Él por un lado del muro, yo por el otro. Con los cubos en la mano. Mirándonos.
— ¿Y qué se dijeron?
Remedios negó con la cabeza.
— A mí se me había caído un cántaro por el camino y traía uno solo, medio vacío. Él lo vio, me pasó su cubo por encima del muro. Lleno, yo lo cogí. —Se le quebró un poco la voz, pero enseguida la recompuso. Al día siguiente subimos los dos con el tractor y quitamos las piedras. Las dejamos aquí, alrededor. Para acordarnos de lo tontos que fuimos. En noviembre llovió. El Abuelo echó hojas nuevas. Esa cosecha, la primera que hicimos juntos, fue el mejor aceite que ha salido de esta tierra.
— El que he probado esta mañana.
— El que ha probado esta mañana es de este año. Pero es el mismo. —Se volvió hacia él—. Desde entonces, las primeras aceitunas que molemos cada campaña son las del Abuelo. Solas. Un poco de ese aceite va a todos los depósitos, como la masa madre va al pan. Por eso el otro también le ha gustado. Mi hermano decía que era por las raíces, que después de tanto regarlo de dos lados distintos había aprendido a beber de los dos. Yo creo que era por otra cosa. Pero no sé decirla.
— ¿Y su hermano?
— Paco murió hace tres años. Desde entonces el Abuelo lo riego yo sola. Pero de ambos lados.
Julián no supo qué contestar. El catador que había sido esa mañana habría encontrado la explicación en dos líneas: suelo, variedad, edad del árbol, riego deficitario, concentración de polifenoles, una extracción impecable. Todo eso era cierto. Ninguna de esas palabras explicaba por qué un aceite podía oler a una lluvia que no había caído.
Durmió mal. A las seis de la mañana, antes de que nadie se levantara, sacó el portátil en el coche, con la puerta abierta y el olivar todavía azul, y escribió el informe. Describió con precisión la hierba recién cortada, la tomatera, la almendra verde, el amargor limpio y el picor de dos toses. Anotó la extracción en frío, la limpieza de la almazara, la calidad de las visitas. Puso un 9,4, la nota más alta que había dado en su vida. En la última línea, donde siempre escribía la frase de siempre, escribió otra: «Aquí el producto no necesita relato. El relato es verdad».
Luego envió el correo, cerró el portátil y se quedó un rato mirando el teléfono. Tenía catorce llamadas perdidas de su hermano, acumuladas durante un año como piedras en una linde. Marcó el número antes de poder pensarlo dos veces.
¿Julián? —dijo Tomás al otro lado, con la voz de quien se acaba de despertar y no se cree lo que ve en la pantalla.
Julián respiró hondo. Todavía tenía en la garganta el picor del aceite.
Soy yo. No cuelgues —dijo—. Te llamo por una cosa de riego.