323. Biblioteco
La estaca
La primera vez que escuchó que lo llamaban Biblioteco fue cuando su vecino, dos años mayor y el mejor jugador de fútbol del colegio, se lo dijo con un grito tal, que se le cayeron hasta los libros que llevaba encima. La biblioteca solamente llevaba un invierno abierta y a pesar de las inclemencias, no hubo tarde que faltara a su cita con los libros. Luis fue el elegido, aunque también el único candidato para trabajar custodiando lo que sería el nuevo espacio, no por ser primo del alcalde, sino porque verdaderamente su pasión eran los libros y las artes. Pronto, Luis y Biblioteco crearon un vínculo especial, pasaban las tardes leyendo, Luis intentaba adquirir las novedades más atractivas, el presupuesto del que disponía era muy bajo por lo que muchos de los títulos los pagaba de su propio bolsillo, de esa manera siempre podía sorprender y agradar a su discípulo. Para el verano, aprovechando el cierre de la sala, Luis le dejó un buen arsenal de novelas junto a un pequeño tesoro el cual le hizo prometer que solamente abriría el día que él faltase.
Fue ese verano cuando Biblioteco descubrió su nuevo rincón favorito bajo la sombra del gran olivo centenario, este estaba junto a la alberca donde jugaban diariamente sus primos y hermanos en aquellas calurosas tardes, siendo el primero de una gran hilada de ese inmenso mar de olivos que es la tierra de Jaén. No muy lejos estaba su humilde casa, donde su madre desde la ventana observaba con resignación y asentimiento cómo su hijo siempre estaba alejado de la zona de juego de los otros niños, inmerso siempre, en un mundo de aventuras que le proporcionaba la lectura. Su padre cuando volvía de echar el jornal, pasaba cerca de la alberca, pero con la excusa del cansancio por la dureza de la vida del campo preferiría no ver aquella estampa tampoco; sabía que la vida que él había tenido era la única que podía ofrecer a sus hijos, aunque también sabía, que esa vida no era la que deseaba tener su primogénito.
Cuando fue a enseñarle a su madre el pequeño tesoro que tenía que custodiar, súbitamente notó una hostilidad y tristeza en ella que no supo entender, percatándose que debía protegerlo para poder cumplir su promesa con Luis. Fue esa misma noche, aprovechando que todos estaban descansando alrededor de la nueva tele en color, cuando salió de casa sin decir nada, cavó un hoyo debajo del olivo donde pasaba las tardes leyendo, depositó allí su tesoro, rápidamente lo cubrió para que nadie se pudiera dar cuenta de lo acontecido y regresó a casa inmediatamente limpiándose el polvo por el camino. Su madre no le mencionó nunca más nada acerca del tesoro, pero sí lo estuvo buscando, aprovechando que se quedaba sola en casa, por el dormitorio que compartía con sus hermanos durante unas cuantas tardes más.
Llegó la feria del pueblo, todos los niños jugaban en el parque, a lo lejos se escuchaba la orquesta amenizando la velada en la engalanada plaza del pueblo. Estaba disfrutando, se sentía integrado, corriendo y saltando junto al resto de los niños; fue un tropiezo involuntario lo que cambió repentinamente todo. Rápidamente fue increpado por banales e hirientes insultos infantiles:
—Biblioteco se ha caído! —decían unos.
—Biblioteco no sabe correr! —gritaban otros.
Se cubrió inmediatamente el rostro, no quería que los demás viesen las lágrimas que empezaban a recorrer sus mejillas. Fue ahí cuando escuchó la voz de Miguel diciéndole a todos que dejasen de reírse. Miguel tenía su misma edad, estaba en clase y aunque no hablaban entre ellos apenas, tampoco nunca le había insultado. Intentó agradecérselo, pero Miguel había desaparecido, al igual que el resto de los niños, tan pronto se quitó las manos de la cara.
En la vuelta al colegio después del verano intentó buscarlo entre el resto de los niños para sentarse lo más cercano a él en clase, pero ese año Miguel no empezó el curso en el pueblo, su padre guardia civil fue destinado a Jaén debido al cierre del cuartel. La biblioteca sí volvió a abrir una nueva temporada, además Luis durante el verano hizo acopio extra aprovechando su estancia en Madrid en casa de un gran amigo. Trajo unas decenas de clásicos que habían estado censurados junto a unas novedades literarias más recientes que solamente por aquel entonces se podían conseguir allí y en Barcelona.
En esa tónica pasaron algunos años más, marcados por los crudos y largos inviernos junto a sus cálidas tardes en la biblioteca después del colegio y los cortos y calurosos veranos debajo del olivo junto a la vibrante alberca donde jugaban sus hermanos y primos, hasta que llegó el final del último curso, resultando, sin gran sorpresa, ser el mejor estudiante de su promoción. El problema no era ser un gran estudiante, era saber qué iba a pasar a partir de ahora con él. Sus padres no podían permitirse el lujo de mandarlo a estudiar fuera, de hecho, lo que ya iban necesitando era una mano extra de ayuda en el campo, por lo que Luis sabiendo de aquella situación fue a hablar con sus padres para ofrecerle una habitación gratis en el piso que él disponía en la capital. El acuerdo fue el siguiente: Luis no podría visitar ni frecuentar el piso mientras los estudiantes estuviesen alojados, Raúl que así se llamaba Biblioteco se encargaría del cuidado, control de cobros y orden de la vivienda que compartía junto a tres compañeros más. Las navidades serían estrictamente para ayudar a la familia en la recogida de la aceituna, salvo los días de lluvia que aprovecharía para estudiar al máximo, los veranos empezaría a trabajar como camarero en la terraza del casino del pueblo para poder así cubrir los gastos durante el periodo escolar. Luis viendo que no era bienvenida su presencia decidió voluntariamente no volver a tener contacto con Raúl, por lo que en los siguientes años siempre supo ingeniárselas para no encontrarse con él.
El Olivo
Han transcurrido 28 años sin volver a ver a Luis.
Ayer recibí la llamada de mi madre para anunciar tu muerte, he venido a despedirme, no sé cómo te la arreglaste para que no volviéramos a coincidir, así ha sido, a pesar de lo mucho que me hubiese gustado poder al menos saludarte cuando me llegaba a la biblioteca durante todo este tiempo. No sé si sabrás, que conseguí una plaza de profesor en el Departamento de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Jaén, el universo de libros que descubrí junto a ti siempre me ha acompañado, ayudándome a superar todos los obstáculos que he encontrado por el camino.
¿Te acuerdas de Miguel, el compañero de clase que un día de feria me defendió cuando todos los niños se reían por mi tropiezo? Él se fue a Jaén con su familia cuando el cuartel de la Guardia Civil lo cerraron. Un día nos volvimos a encontrar por la ciudad, a pesar de los años transcurridos fue una grata sorpresa, creí que no me había reconocido, pero al verme, me miró y me llamó Biblioteco, no de la manera en la que lo habían hecho previamente siempre en el pueblo sino de una forma más cariñosa junto a una gran sonrisa. Estuvimos hablando un rato, echaba de menos el pueblo, pero con el paso del tiempo se dio cuenta que la vida en la capital merecía la pena. Me quiso invitar a una cerveza esa misma noche y yo acepté la invitación después de un leve y absurdo titubeo. Desde esa misma noche empezamos una nueva amistad, aunque él estudiaba ingeniería tal y como su padre ordenó, cuando terminaban las clases siempre nos veíamos para pasar las tardes ya fuese estudiando, paseando por la ciudad o los días que creía que tenía algo ahorrado, tomando un cerveza con sus aceitunas cerca de la catedral.
Su padre pronto empezó a disgustarse por la cantidad de tiempo que pasábamos juntos, al principio nos preguntaba siempre que tenía ocasión si habíamos conocido a alguna compañera de clase, más adelante nos recomendó que fuésemos buscando novia, al final le consiguió una plaza en la Universidad de Granada para cursar el siguiente año, Miguel se negó tajantemente desencadenando una gran discusión entre padre e hijo. Esa misma tarde, después de la bronca, Miguel contactó conmigo, quería quedar para contarme lo que había sucedido, estaba muy nervioso, bebía sin control una cerveza tras otra; lo intenté calmar, le decía que no debía preocuparse, un año pasaría pronto, tendría la oportunidad de conocer otra ciudad maravillosa y disfrutar de un ambiente mucho más cosmopolita que el de nuestra pequeña capital podía ofrecernos. De repente, se quedó callado e inmóvil, sus ojos me miraron fijamente y empezaron a brillar debido a las lágrimas que empezaban a brotar dentro de sus grandes ojos color verde aceituna, un segundo más tarde nuestros labios se acercaron tanto que no pudimos evitar besarnos.
Desde entonces, excepto el año siguiente que tuvo que irse a Granada para terminar los estudios, hemos estado juntos, de hecho nos casamos hace unos años. Su padre no ha llegado nunca a aceptarlo, sin embargo mis padres lo han acogido como un hijo más. Su madre también ha aceptado nuestra relación sin problemas, pero son pocas las veces que podemos estar con ella.
Ahora me encuentro aquí, en mi rincón favorito, justo debajo del olivo donde pasaba las tardes de verano leyendo todos aquellos libros que tú me conseguiste, encima del pequeño tesoro que enterré. Miguel también ha venido, me ha acompañado junto a mis padres para darte un último adios. Has tenido que ser muy querido porque la iglesia estaba llena, un chico joven, según me ha dicho mi madre, muy buen estudiante, ha leído un precioso poema de García Lorca junto a unas palabras de agradecimiento para mostrar todo el cariño que te ha tenido el pueblo por tu gran labor al frente de la biblioteca y también por la oportunidad que nos has dado a más de uno de poder labrar nuestro futuro. Siento no haber estado a la altura y haberme dado cuenta tan tarde.
El aceite
Llevo cavando más tiempo del que creía que iba a ser necesario, es imposible que no aparezca, el tesoro que tanto quise proteger ha desaparecido. No hay rastro ni indicio que pueda estar cerca, no he visto ni siquiera un trozo de plástico con el que envolví la caja. He removido la tierra de un lado para otro ya demasiadas veces, tantas que he perdido la razón, no me he dado cuenta que ya ha anochecido. Mi madre me está llamando desde la puerta para que vuelva, la mesa está puesta y me esperan para cenar.
¡Tenía tantas ganas de haber encontrado el tesoro! Quería saber qué libro habías elegido para mí, para mi vida, mi existencia, no podía ser otra cosa que no fueses un libro el tesoro escondido, debía ser uno muy especial, uno con el que me identificabas, con el que me hubieses visto tardes y tardes leyendo o ¿quién sabe si era un nuevo libro que no supiera de su existencia y que querías que con el paso del tiempo lo leyera de una forma más pausada y calmada? Ahora nada ya de eso importa, nunca sabré cuál fue el tesoro que me diste, ese regalo que yo mismo escondí con tanto esmero y miedo a que alguien lo encontrara, tanto que no lo he podido localizar con el paso del tiempo.
La mesa estaba puesta, todos me estaban esperando, fui a lavarme las manos y la cara que estaban llenas de polvo, al mirarme en el espejo vi tristeza, otra vez te había fallado. Regresé a la mesa sin fuerza, empecé a contarles que había ido al olivo para desenterrar un pequeño tesoro que tú me habías dado el primer año de la biblioteca, pero que con el paso del tiempo, las lluvias y movimientos de tierras, este había desaparecido, que no lo habia podido encontrar. Hubo un gran silencio durante todo el momento que estuve narrrando lo sucedido, cosa que me hizo levantar al fin la mirada viendo en mi plato “El Principito”.
“Espero que hayas podido encontrar el amor que yo no pude”