313. La huida

Nicolás Montiel Puerta

 

Soy una gota. Una gota perdida en el mar de aceite que casi rebosa este depósito de acero inoxidable en el que me retienen contra mi voluntad. Mi madre es la aceituna y mi padre es el sol, y tengo millones de hermanas nacidas a la vez en el parto múltiple y mortal de mi madre y las otras aceitunas que poblaban nuestro árbol, ahora aliviado del peso de su obligación. No sé por qué, pero tengo memoria de mi gestación y recuerdo con nitidez cómo la lluvia, el frío y el viento nos visitaban de cuando en cuando. También recuerdo las voces de los humanos que pretendían apresarnos, transformarnos, convertirnos en un producto con el que pagar sus hipotecas, sus tractores, a sus peones. Eran voces ásperas, interesadas, desalmadas, como las que ahora circunvalan nuestra prisión, dispuestas a trasladarnos en cuanto sea necesario a otro depósito que nos decante a su antojo. Pero yo tengo un plan para escapar de tales voluntades ajenas; cuando se abran las tuberías, pienso deslizarme por la primera fisura que encuentre y estrellarme contra el suelo, para morir con dignidad en la esencia de lo que soy: solo una gota.

 

 

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