312. Los esquejes de Jaén

María Inés Coronel

 

Esta, mi historia comenzó un dieciocho de octubre de 1912. Mi casamiento se llevó a cabo ese día. en el Registro Civil de Jaén, sobre la calle Maestra. Un casamiento por mandato, mi esposo Gerardo era amigo de mi hermano Juan, representado en este acto por Don Florentino Pérez, hombre mayor y socio de mi padre. Estaba nerviosa por esta situación tan extraña. Mi madre Julia y mi hermana menor, Berta, trataban de calmarme. Gerardo trabajaba la tierra de la familia, poblada de olivares. Era honesto en los negocios y la gente lo apreciaba verdaderamente. Lo conocí a mis trece años, venía a casa cuando el sol se escondía, detrás del Cerro de Santa Catalina y, se quedaba siempre para la cena. Lo acompañaba su vieja guitarra y cantaba alegre jotas serranas y melenchones para el deleite de mis padres. En 1910 partió con toda su familia a Argentina. Con el paso del tiempo se instaló en la ciudad de Mendoza, en un paraje llamado Maipú. Desde allí pidió mi mano en matrimonio y contaba, con que mi hermano Juan y su reciente esposa, Sofía me acompañaran y se instalaran también allí.

Mis padres no pusieron objeción, porque confiaban en él, mi madre me preguntó si yo estaba dispuesta. Me dejó pensarlo una semana. Berta me hablaba de todas las ventajas del viaje y de la nueva vida, pero por dentro la duda me carcomía. Quería mucho a Gerardo, pero: ¿Qué podía yo saber del amor a mis diecinueve años? Gerardo era mi primer pretendiente. ¿Y dejar Jaén? ¿Y mis padres? ¿Y mi confidente hermana Berta? ¿Y los olivares?

Durante el día iba a nuestro campo de olivares con las otras mujeres a cosechar los primeros olivos, cuando el fruto estaba todavía verde o a medio madurar. Con él, mi padre y Don Florentino elaboran un aceite con sabor más fuerte y picante. La cosecha mayor sería entre diciembre y enero y la final para febrero. Los canastos de mimbre se llenaban, mientras las mujeres trabajábamos y entonábamos canciones: “… Andaluces de Jaén, entre troncos retorcidos, juntamos en los canastos el fruto de los olivos…” Allí no había tiempo para pensar en amores, trabajo y sudor lo eran todo. Recién a la noche, cuando mi cabeza reposaba en la almohada pensaba en Gerardo, en su risa franca, lo recordaba son sus manos sobre la guitarra, llenando la casa con su voz. Finalmente me decidí.

Luego de pasar por el Registro Civil volvimos a casa donde una pequeña fiesta estaba dispuesta para la familia y algunos allegados. Mi vestido de novia era de seda y una hermosa mantilla tradicional de encaje también negro acompañaban mi atuendo. Mis primos trajeron guitarras y entre las mesas servidas bailamos hasta el anochecer, cuando la luna apareció con todo su esplendor, iluminando la fiesta y los olivares. Con la noche vino también el silencio, y fue en esa quietud que sentí que todo iba a estar bien. Por fin pude dormir totalmente relajada.

A principios de noviembre partimos con Sofía y Juan. La despedida con la familia fue larga y emotiva. Mi padre estaba feliz, no así mi madre que lloraba y me abrazaba fuertemente. Sabiendo que la distancia quizás nos separaría para siempre. Berta portaba una sonrisa falsa, como conteniendo la tristeza de nuestra partida. Le prometí que le escribiría apenas llegara para contarle todo.

Llegamos al Puerto de Cádiz y observamos el gran Buque de la Compañía Trasatlántica Española, El Cataluña, que nos llevaría a nuestro destino final: Argentina. Me sorprendió el tamaño del navío, la cantidad de familias y marineros que se encontraban en movimiento, con sus bultos. Estaba pegada a Juan y a Sofía, sobrecogida por el miedo, no quería perderme entre tanto gentío. Entre los cajones con nuestros enseres yo llevaba varios esquejes semileñosos de olivos Picual, para llevar parte de mi esencia andaluza, de mi hogar. Esperaba que la tierra a la que iba los supiera adoptar.

La travesía duró tres semanas. Sofía y yo nos descompusimos del estómago varias veces. Algunos pasajeros se enfermaron de gripe y tenían fiebres muy altas. Juan nos aconsejó no acercarnos a los enfermos para no contagiarnos. La cubierta era nuestro refugio, allí respiraba profundo y muchas veces escondía las manos en los bolsillos. Teníamos grandes charlas con mi cuñada y con mi hermano. Soñábamos, imaginando un buen futuro maravilloso para nosotros. Ese inmenso mar por momentos verdes, por momentos azul me hacían recordar al “mar de olivares” de Jaén, que se apreciaba desde la colina de Santa Catalina. Millones de olivares plantados, dando fruto cada año. Extrañaba el terruño, sentía que una parte de mí había muerto.

Al llegar a Buenos Aires fue una sensación extraña: temor y asombro a la vez. El Río de la Plata era tan marrón. Dos días estuvimos en el Hotel de los Inmigrantes. Pudimos aprovechar para conocer esta ciudad tan pujante. ¡Cuántos edificios! Los tranvías venían repletos, algunos autos aparecían entra los carruajes a caballo. En las confiterías del centro varias mesitas sobre las veredas y una multitud, sobre todo de hombres: leyendo el diario y fumando. Fue al tercer día que tomamos el tren hacia Mendoza. Por la ventanilla se sucedían paisajes asombrosos, llanuras, algunas serranías, vegetación variada. Por fin llegamos, cansados y con los zapatos llenos de polvo.

Mendoza, edificios de dos plantas, calles espaciosas transitadas por carruajes tirados por caballos y sobre la calle San Martín, el tranvía.  Gerardo y su hermano Antonio aguardaban en la estación. Juan lo saludó con su mano en alto. Gerardo nos ayudó a descender del tren, mientras Juan bajaba todas las cosas que traíamos.  Todavía no estábamos en el destino final. Cargamos el carruaje y llegamos hasta Maipú, la distancia de quince kilómetros se convirtió en un viaje placentero de charlas y anécdotas. Me senté al lado de Gerardo, en un momento él tomó mi mano y un escalofrió subió por todo mi cuerpo. Me miró y en ese instante me sentí segura y le sonreí. Maipú estaba lleno de viñedos, con el desarrollo de las vías del tren, Argentina se había convertido en un país agroexportador. Gerardo y su familia habían podido comprar una pequeña porción de tierras donde tenían viñedos. La casa principal era modesta pero muy cómoda. Era primavera, el aire estaba lleno de aroma a jarillas.  La recepción por parte de la familia de Gerardo fue tan cálida. Pude sentir el amor de su madre cuando me abrazó. Su padre me besó en la frente y me bendijo. Sus dos hermanas estaban dichosas de vernos. Había un pequeño ágape por nuestra unión con Gerardo. Estaba feliz. Dos pequeñas viviendas se construyeron cerca de la casa principal, en una nos instalaríamos con Gerardo y la otra estaba destinada para Juan y Sofía.

A la mañana siguiente desperté y busqué mis esquejes, que traía con mucho cuidado desde Jaén y pedí permiso a mis suegros para plantarlos, rogándole a Santa Catalina que se adaptaran a la nueva tierra.  Gerardo me acompañó para elegir el lugar, cavamos la tierra arenosa y, cada esqueje fue introducido con amor y esperanza. Finalmente, el milagro sucedió. Prendieron y se desarrollaron con mucho vigor.

Le escribí a Berta y a mi madre. Contándoles cada detalle del viaje y de nuestro nuevo hogar. La correspondencia al principio fue tan fluida como se podía esperar. Con la llegada de la primera guerra el silencio con la familia se cortó. Pero cada día sacaba fuerzas para levantarme y adaptarme sin quebrarme por dentro.

El amor fue creciendo día a día entre nosotros y, Gerardo y yo, tuvimos dos hijos varones: Donato como mi padre, y Julián como el suyo. Los niños fueron creciendo junto a los olivares de Picual. El trabajo arduo dio sus frutos y pudimos año a año comprar más tierras y plantar más olivares. Sus copas densas de cortas ramas entraban en producción rápidamente. El clima seco y soleado ayudaba para que el fruto fuera más rendidor. Usábamos el agua de deshielo de los Andes para cuidar su hidratación. Una parte de Jaén estaba viva y progresaba, ofreciéndonos muchos frutos que se transformaban en un aceite de excelencia. Me sentía satisfecha.  Hubo tiempos en que el peso de la melancolía me invadía y buscaba mi pequeño tesoro: la mantilla blanca, que me había regalado Berta. Pensaba en ella, en mis padres.

Cada día transcurría entre el trabajo y la familia. Los pañales blancos se secaban al sol entre las hojas plateadas de los árboles. Los niños dieron sus primeros pasos entre los brotes jóvenes de los olivares y al crecer, me ayudaban a cosechar sus frutos, mientras Gerardo se ocupaba también de los viñedos. Los domingos comíamos todos juntos en casa de mis suegros. Los aromas de nuestras comidas se escapaban de la cocina: los guisos de lentejas, los cocidos, y la infaltable tortilla de patatas. Hubo momentos muy buenos como los hubo malos. En esos momentos recordaba una frase de mi madre: “pasará, todo pasa en esta vida”.

Antes de la puesta de sol, Gerardo y yo jugábamos con los niños detrás de los troncos retorcidos, mientras nuestras risas resonaban en el valle. En adolescencia los juegos se fueron transformando en caminatas y charlas.

Han pasado veinte años desde que llegué a esta tierra de oportunidades y hoy, Donato se casa con María, una joven encantadora. Todo está dispuesto para celebrar a los pies de los olivares. Los frutos están maduros y en todo su esplendor. Hay una inmensa fuente con ellos, en el centro de la mesa principal. Es hermoso poder observar a los invitados vestidos de trajes y, con sombreros para protegerse del sol, aunque es invierno y no es tan fuerte. Las mujeres con sus vestidos festivos. Juan porta ya algunas canas y Sofía, junto a sus tres hijas ríen de las ocurrencias de Julián. Gerardo está cantando con otros dos músicos jotas serranas y cuecas cuyanas que aprendió aquí.

La música envuelve el momento y me hace retornar a ese instante en el que me casé. Ahora mis padres no están, ni mi querida Berta, pero Gerardo y la familia que construí, sí.  La vida avanza con situaciones que se repiten y se transforman, aunque sean nuevos los personajes. Mi linaje seguirá cuando yo ya no esté y, el legado de mis olivares seguirá en mi familia dando frutos, para que Jaén nunca se olvide.

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