308. La acidez

Gala Navarro

 

Decía que sabía distinguir un buen aceite. Hablaba de variedades, de maduración, de polifenoles, y de extracción en frío con la misma seguridad con la que llevaba años opinando sobre todo lo demás.

Aquel otoño llevó a casa una botella de la cosecha nueva. Picual, por supuesto. Verde, intenso, con un amargor elegante y un picor persistente.

—Tiene carácter —dijo, después de probarlo.

Ella sonrió.

En su vida había conocido a dos personas con más carácter que él y su madre, y ninguno de los dos era especialmente apreciado por su garganta.

Volvió a probar el aceite y picaba. Mucho. Pero, a diferencia de su marido y de su suegra, aquel picor tenía una virtud: desaparecía con el tiempo dejando en la boca un regusto intenso, sí, pero bastante más agradable que algunas personas.

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