305. Querida olivita
Aquel día regresé a casa por el camino de mayor recorrido. Simplemente tenía la mente dispersa en una cuestión que me distraía hasta tal punto que recorría las calles del pueblo sin darme cuenta de la hora que era. Había dejado mis herramientas de trabajo en el almacén que el ayuntamiento disponía para ello y empecé a caminar distraído. ¿Cómo podría resolver este problema? Sé que, al fin y al cabo, se trataba de una tontería, pero esa cuestión absurda llenaba mi cabeza de tal forma que parecía que fuera el mayor problema del mundo.
Cuando derribaron el corral apareció aquél majestuoso árbol. Tal vez, como decía mi abuelo, llevaría allí más años que los moros, pero allí estaba. Tuvieron que talarlo con hacha, con el duro trabajo de tres fornidos hombres que tardaron más de una semana en despedazarlo por completo. Después, con sierras transversales para dos personas, y sierras de mano, cortaron todo lo que podría salvarse para leña y sacaron los ramajes en haces atados a unas mulas, las cuales cargaban y luego depositaban más abajo, en la era del tío Ambrosio. Casi llenando la era por completo, pues tales ramas ocupaban la totalidad del descampado. Le dijimos a Venancio que acercara a sus cabras y les diera de comer. Y muchos vecinos salieron con cordajes e hicieron hatillos que se llevaron para la lumbre o para sus animales. Había tantas que todos se aprovecharon de lo que mi abuelo iba descargando allí con sus bestias, y las últimas se quemaron allí mismo.
A la mañana siguiente, muy temprano, recorrí el camino inverso de mi casa al almacén del ayuntamiento. Cogí mi carro, cubos, escobas y rastrillo y me dispuse, como todos los días, a barrer las calles del pueblo. Era una tarea aparentemente sencilla puesto que ayer quedaron muy limpias y antes de ayer también, pero hoy se convertían en nuevos retos para restregar y restregar hasta dejar el pavimento y las aceras en perfectas condiciones. Vaciaba las pocas papeleras que por entonces había instaladas y me peleaba con algún perro y sus desechos. La gente, en general, carecía de civismo y arrojaba al suelo todo tipo de basura. Alguna vez me encontré algo de valor, como una moneda de cinco duros, caramelos, un chupete o algún juguete. Un gran día me encontré un click de famobil en perfecto estado que hizo las delicias de mi hijo durante mucho tiempo, puesto que la gente se desprendía sin ningún miramiento de todo tipo de utensilios que, en muchos casos, servían para darles una segunda oportunidad. Los restos de cristales eran los que más me preocupaban, poco a poco los recogía e introducía en mi cubo con extremo cuidado y unos guantes. La verdad, fueron los vidrios mi mayor problema hasta que la conocí a ella.
Lo más dificultoso sería descubrir el tronco, seis personas y una docena de azadas, puesto que rompieron varios mástiles, se necesitaron para ir limpiando aquel mastodonte de madera que parecía hundirse en las entrañas del planeta. Después de retirar raíces y tierra, tras sudorosos días de trabajo, consiguieron destaparlo para más tarde llevar dos toros mansos, prestados por un ganadero cercano, a los que sujetaron con fuertes hebillas, correas y gruesas sogas que rodeando la base del troncón que, resistiéndose a salir, no dejaba de agarrarse al mundo que le vio nacer. Tras varios intentos fallidos, extasiados los toros del esfuerzo, se tumbaban en la entrada y no había forma de levantarlos. Una vez más, los hombres siguieron desenterrando trozos de olivo y tierra para que aquél inmenso pedazo de madera con muchos años de historia saliera a la luz y despegase sus entrañas. Nuevamente aferraron el tronco a los toros y con ayuda de las fustas consiguieron mover un poquito el tocón, como cuando se te mueve un diente, pero no había forma de que aquel inmenso reguero de árbol soltara un ápice de sus profundas patas.
Ya que en otra ocasión la había arrancado con las manos y la planta seguía apareciendo, esta vez los jardineros me prestaron unas tijeras de mano con la que cortar aquellas hierbas que nuevamente nacían en la base de la casa, concretamente, entre la junta de la fachada y el pavimiento de la calle. Era pequeña, no levantaba medio palmo del suelo, pero su crecimiento en aquel resquicio se beneficiaba de la caída de un canalón cercano que regaba y engendraba sus raíces. La corté casi a ras, hasta donde me alcanzaban las cuchillas de las tijeras de poda. No creo que volviera a crecer, o tal vez, necesitaría mucho tiempo para volver a salir en aquella rendija que difícilmente le daba el mínimo cobijo.
Por fin el tocón salió de la tierra. Los hombres presentes en aquella hazaña, sacaron una bota de vino para celebrarlo, unas tajadas de tocino y morcilla blanca de Peñolite. Esta vez los toros merecían una buena recompensa de pienso, porque su gran esfuerzo había contribuido no solo a romper las cuerdas, sino que había despegado la base de aquel gigantesco olivo que se había criado a sus anchas durante siglos en aquel patio.Tanto tiempo creciendo para que de repente, no sin esfuerzo, fuese destruido por hombres y bestias hasta conseguir hacerlo desaparecer por completo. Una gran casa sería construida en su lugar y una nueva pared ocuparía aquel espacio entre la calle y el nuevo recinto. Pronto empezaron con las obras y comenzaron los trabajos varios albañiles del pueblo limpiando y nivelando el terreno. Más tarde se excavó y después con cemento, arena, grava y ferralla se realizaron los cimientos. Ya no quedaba nada del corral donde antaño saltaban las gallinas y allí donde estaba el majestuoso olivo los pájaros ya no anidarían nunca más.
Cuál fue mi sorpresa cuando volvió a aparecer aquella planta en la misma exigua rendija. Yo, como encargado de la limpieza debía rasurar aquel esbozo que pertenecía a la calle comunitaria. Un día les pregunté a los nuevos dueños de la finca. Me comentaron que no les importaba que la eliminara, de hecho, ellos también la habían rasurado varias veces y lanzado agua caliente, pero siempre volvía a aparecer en la misma mínima oquedad entre la casa y el pavimiento de la calle. Se trataba de brotes de un olivo, me decían, cosa que yo ya conocía por las veces que lo había cortado. No era algo nuevo para mí y esta vez usé herbicida del bueno. No creo que volviera a salir. Si la dejáramos crecer, agarraría con tal fuerza que podría resquebrajar la pared o causar desperfectos en el pavimento de la calle. Además, ya se había convertido en una obsesión en mi mente y a veces me perturbaba el sueño la pequeña olivita.
Pronto aparecieron los muros de carga y se distribuyó la nueva casa, se terminaron las paredes y se realizaron las instalaciones y cerramientos. Mi abuelo estaba muy contento de cómo estaba quedando toda la obra para los nuevos inquilinos. Más tarde se construyó la cámara y el tejado con tejas bonitamente rojas, con un canalón de chapa que recorría toda la cornisa y cuya bajante remataba en la esquina de la casa donde desaguaba. La distribución era perfecta, un gran salón con una chimenea central, una cocina con despensa, un baño semejante a una plaza de toros y una habitación, en principio para nada, que daba acceso a un patio con jazmines y rosales. Subiendo unas escaleras se accedía a varías habitaciones y a otro baño con bañera. Otro tramo de escaleras accedía a la cámara donde las vigas del tejado aparecían descubiertas por lo que las personas altas debían agachar la cabeza para no golpearse con ellas. Y en la espaciosa entrada del patio en una gran tinaja se plantó un olivo, como recuerdo de aquél que antaño acostumbraba a darnos sombra y aceitunas.
Pero el glifosato no funcionó y en la primavera siguiente allí estaba de nuevo. Parecía que la olivita era ajena a morir y resistía agarrada en su rendija, gracias al agua caída de las recientes lluvias y no sé sabe a qué nutrientes podría encontrar en el asfalto. Pero allí estaba, creciendo como si nada le afectara y poniendo un brote de verdor entre la casa de las paredes blancas y el plomizo gris de la calle. Hasta las mariposas y otros insectos encontraban un pequeño resquicio de vida verde en el pavimento. Los perros callejeros también levantaban la pata en aquella esquina y la rociaban de orín. Todo el mundo que recorría la calle veía como aquella plantita resistía una y otra vez en un lugar que no era el suyo y donde no podría generarse como árbol. La volveré a cortar de raíz y probé otros remedios químicos además del glifosato; atrazina y bentazón. Como no obtuve buenos resultados, hubo temporadas que la rocié con otros productos; vinagre, amoniaco, jabón, zumo de limón y sal gorda y todo tipo de remedios caseros, hasta el tonto del pueblo me comentó que la rociara con coca cola, lo cual hice también siguiendo sus consejos, pero muy a mi pesar, allí seguía creciendo como si nada le afectase.
En el patio de lo que había sido la casa de mis abuelos los jazmines y rosales florecían y llenaban la estancia de alegría y colores vivos en temporada. Pero, curiosamente, la oliva plantada en la tinaja se secaba sin ninguna razón y nuevamente probaban con otro plantel o estaca, ahora picual, otro año cornicabra y hojiblanca, luego verdial y arbequina. Pero pasaba el tiempo y ninguna respondía en la tinaja a pesar de las buenas condiciones y el extremo cuidado que mi abuela, que les cuidaba la casa, depositaba en ella a pesar de que gozaba de fama de ser muy amiga de las plantas. Ella observaba la olivita de la esquina y luego pasaba al patio interior y no se explicaba el extraño hecho de cómo algo tan insignificante en una rendija entre materiales artificiales crecía y crecía sin parar y su cuidado plantel, en buena tierra abonada, sol y humedad apropiada, llenaba de tristeza la tinaja del jardín florido.
Tantos años pasaron, que dejé por fin mis utensilios de limpieza en el almacén del ayuntamiento para siempre. Al día siguiente, sería otra persona la encargada de realizar las tareas que habían sido mi ocupación y trabajo durante gran parte de mi vida. Como ya pasaba las tardes como jubilado, con mis pantalones de pana, una gorra en la cabeza y los brazos cruzados por la espalda, a veces paseaba y paseaba por las mismas calles que fueron mi recorrido con el carrito de la limpieza y el cepillo, y un buen día, descubrí que la olivita de la esquina, además de relucientes y alargadas hojas, produjo yemas en primavera, después, desprendía unas poquitas florecillas blancas en racimos minúsculos, diminutos. Preciosa rapa con la que había conseguido hacerse la reina de la esquina del canalón de la casa nueva y todos la dejaron por imposible. Mis abuelos murieron y hasta mi relevo encargado de la limpieza del pueblo me comentaba con un lacónico “no puedo con ella”, como si se tratara de una mujer. Así es que ese mismo año, la oliva desarrolló frutos a pesar de no levantar dos palmos del suelo, y en pleno otoño, próxima ya la temporada de la recogida de la cosecha, me acerqué a verla y cuál fue mi sorpresa cuando vislumbré entre sus hojitas verdes una reluciente y con un desafiante envero, una pequeña aceituna en mi querida olivita.