301. El sabor del recuerdo
Hay un instante exacto, apenas un intervalo de tres o cuatro días a finales de octubre, en que la verdea deja de ser una promesa de la tierra y se convierte en una urgencia de la carne. Eduardo lo había aprendido mucho antes de saber ponerle nombre. De niño, acompañaba a su padre por las lomas y lo veía detenerse ante cada árbol, acariciar una rama, examinar el envés de las hojas y escoger una aceituna sin decir palabra. Entonces no entendía qué buscaba, pero ahora sabía que el campo también tenía sus relojes, y que algunos solo podían leerse con los dedos.
No necesitaba consultar el refractómetro ni medir el grado de madurez en la tabla de color. Bastaba con presionar la piel de una picual entre el índice y el pulgar: si la resistencia cedía con un crujido leve, liberando un efluvio que olía a hierba recién cortada, a tomillo y a cáscara de manzana verde, la molienda debía ejecutarse antes de que la noche dejara caer la primera helada.
Era una ventana estrecha, casi caprichosa. Demasiado pronto, y el fruto entregaba un aceite de color oscuro rabioso, áspero todavía, con una amargura que se quedaba agarrada al paladar. Demasiado tarde, y la aceituna comenzaba a perder aquello que Eduardo perseguía cada otoño con una obstinación casi religiosa: el aroma vivo, el picor limpio, la promesa vegetal encerrada en la pulpa.
Por eso aquellos tres o cuatro días no admitían demora, pues el campo no entendía de calendarios ni de conveniencias. Cuando llegaba el momento, había que recoger.
Sabía reconocerlo en el color de las aceitunas, en la tensión de las ramas cargadas, en el olor húmedo de la tierra al amanecer. Incluso en el silencio de los olivos, que parecía distinto cuando la cosecha estaba a punto de empezar.
Esa mañana, sin embargo, el aire de la sierra cortaba el aliento con una solitaria ferocidad. Eduardo detuvo el todoterreno junto a la linde alta de la finca, allí donde los olivos centenarios abrían sus copas de sombra plateada. Al apagar el motor, el silencio del campo cayó sobre la cabina con la densidad de una losa de cal. Giró la cabeza hacia el asiento del copiloto, vacío desde hacía tres semanas, donde aún conservaba un pañuelo de tela doblado en cuatro y el rastro imperceptible de un perfume de agua de azahar que el tapizado se negaba a perder.
Bajó del vehículo, hundiendo sus botas en la húmeda hojarasca. Llevaba en el bolsillo de la chaqueta de faena una pequeña lata de cristal oscuro y un frasco de muestra para la cata. La orden de la molienda la había dado él mismo de madrugada, pero no había querido supervisar el proceso en la almazara. No podía demorarse: el frío de octubre no esperaba por nadie.
A lo lejos, el restallar lejano de los varetazos sobre las ramas altas y el zumbido metálico de los peines vibradores marcaban el compás de la recogida en las parcelas vecinas. Las mantas interconectadas cubrían los bancales como una segunda piel de rafia oscura, sobre la que caía una lluvia densa, incesante y redonda de frutos verdes con visos violáceos.
Eduardo caminó despacio hasta el olivo más antiguo del lindero, un ejemplar de tronco retorcido y cavernoso cuya corteza parecía esculpida por los rayos de un siglo entero. Recordó la voz de Matilde, rasposa por la progresión del desgaste, cuando en aquella misma loma se había arrodillado con una dificultad que a él le desgarraba las entrañas.
—No me mires con lástima, Eduardo —le había dicho ella en septiembre, con los dedos enterrados en la fría tierra—. Mírame las manos. Mientras estas uñas tengan barro, la sangre seguirá corriendo bien.
Aquel día, el mal sin nombre ya le había devorado la carnadura de las mejillas, dejándole una estructura ósea afilada y noble, como las imágenes talladas en madera de olivo de la iglesia del pueblo. Sin embargo, Matilde insistió en probar la primera aceituna de la muestra. La apretó entre las yemas hasta que una gota de jugo verdoso le manchó la piel, llevándosela a los labios para sentir la amargura primaria de la oleuropeína.
—Pica —sonrió ella, arrugando la comisura de los ojos con una serenidad que a Eduardo le parecía inalcanzable—. Tiene carácter. Como la abuela Gregoria.
—Es el atributo de la juventud del fruto, madre —le respondió él, intentando aferrarse a la jerga técnica para no derrumbarse allí mismo—. Cuanto más amargue y pique en la boca, más vida le queda al aceite dentro de la botella. Si logramos batir la masa por debajo de los veinticuatro grados, conservaremos todos los polifenoles. Los médicos dicen que los antioxidantes limpian los tejidos. Un par de cucharadas en ayunas todas las mañanas y el cuerpo se restaura por dentro.
Matilde lo miró con esa piedad infinita y desgarradora con la que solamente las madres perdonan la desesperación de los hijos. No dijo nada sobre los informes ni las pruebas que descansaban en la cómoda de la entrada, ni sobre las dosis de morfina que cada noche debían aumentar medio miligramo. Se limitó a cerrar la mano sobre la de su hijo, dejando que la grasa amarga del fruto les manchara la piel a los dos.
—El aceite es maravilloso, Eduardo —le susurró—, pero no hace milagros con las casas que ya están listas para derribarse. Y está bien que así sea.
Ahora, en la soledad de octubre, Eduardo sacó el frasco de cristal del bolsillo. El aceite de la primera molienda de la mañana, extraído apenas dos horas antes, relucía con una turbidez verde esmeralda que parecía emitir una luminosidad propia bajo la luz fría del mediodía. Un aroma firme a tomatera, alcachofa silvestre y almendra recién cortada ascendió del recipiente al destaparlo.
Una pequeña lágrima de oro líquido cayó sobre el reverso de su propia mano. Acercó la piel a los labios y la probó. El golpe de amargura y el picor seco le contrajeron la garganta en un violento espasmo. Tosió, y en esa tos contenida, amarga como la hiel, se le rompieron finalmente los diques que había mantenido firmes durante el velatorio, durante la misa de tercera y durante el reparto de las últimas pertenencias.
Se dejó caer de rodillas contra el tronco del olivo centenario, apoyando la frente sobre la madera rugosa, y buscando en las grietas de la corteza, con la desesperación muda de los huérfanos, el rastro helado del agua de azahar que el viento de la sierra se empeñaba en borrar. El luto no olía a flores marchitas ni a cera de vela; olía a clorofila pura, a aceite sin filtrar y a la tierra húmeda donde las raíces del árbol absorbían la primera agua del otoño.
Recordó la última tarde en la solana de la casa, cuando ella apenas se levantaba ya de la mecedora de mimbre y contemplaba el horizonte de las lomas como si estuviera leyendo en las copas de los árboles la hora exacta de su partida. Fue allí, mientras el sol de septiembre doraba la cal de la fachada y el aroma de los secaderos penetraba por el portón, donde le tomó la muñeca con una firmeza que no admitía réplica:
—Eduardo…
—Dígame, madre. Estoy aquí.
—No me dejes en la pared del cementerio. Odio la cal y el granito cerrado.
—No diga eso ahora…
—Escúchame —la voz de la mujer se convirtió en un silbido imperceptible, pero cargado de una autoridad irrevocable—. Cuando todo termine y limpies la casa, llévame al olivo de la linde alta. Esparce allí lo que quede de mí, donde la tierra es blanda. Quiero estar debajo de la picual vieja. Así, cada año, cuando vayas a la almazara a sacar el primer chorro de la cosecha y pruebes el aceite nuevo, sabrás exactamente a qué sabe mi recuerdo: a hierba fresca, a un picor limpio que te rasca la garganta y a la certeza de que nunca he dejado de quererte.
El recuerdo se disolvió en el aire helado de la sierra. Eduardo abrió los ojos. Sobre el terreno mullido, entre las raíces prominentes del árbol, descansaba la pequeña urna de cerámica que había traído oculta en la bolsa de herramientas del todoterreno.
Con las manos temblorosas pero precisas, apartó la capa superior de hojas secas y tierra vegetal hasta abrir un lecho y desenroscó la tapa metálica de la urna. Las cenizas, de un gris claro y fino como la harina de molienda, cayeron despacio sobre la cavidad, mezclándose de inmediato con el suelo arcilloso de la finca.
Tomó la lata de cristal oscuro donde guardaba medio litro del aceite recién prensado esa mañana. Lo vertió en un fino hilo y constante sobre la tierra sagrada donde acababa de depositar los restos de su madre y ese oro líquido penetró en la tierra seca con una voracidad inmediata, perfumando la base del tronco con un efluvio denso, vegetal y luminoso.
Eduardo cubrió de nuevo la cavidad con la mantilla de hojas secas y presionó la tierra con la palma de la mano hasta que la huella de sus dedos quedó impresa sobre la superficie. Se puso en pie despacio, limpiándose el barro de los pantalones y miró hacia la copa del olivo viejo, cuyos frutos restantes brillaban como gemas oscuras contra el azul metálico del cielo de Jaén.
Apretó los puños y respiró hondo. El aire de la sierra le llenó los pulmones de hierba mojada, de tierra removida y de ese aroma verde y punzante que todavía parecía pertenecerle a ella.
Apoyó una vez más la palma de la mano sobre la corteza. Estaba fría. Cerró los ojos y, entonces, por primera vez desde que había empezado la enfermedad, dejó de buscar una forma de salvarla, pues no había nada que salvar. Solo aquello: la tierra bajo sus botas; el tronco bajo su mano; la cosecha extendida sobre las mantas; el aceite nuevo esperando en los depósitos de acero.
Y la voz de Matilde, tan nítida que durante un instante le pareció sentirla a su espalda.
—Cuando pruebes el aceite nuevo, sabrás exactamente a qué sabe mi recuerdo.
Una ráfaga recorrió la copa del olivo y las hojas comenzaron a temblar, produciendo un murmullo suave, casi humano. Eduardo abrió los ojos y durante unos segundos permaneció inmóvil, sintiéndolo.
Después se llevó la mano a la boca. Todavía conservaba en la piel una fina película de aquel aceite sólido y dorado. Lo probó: amargo primero; después, el picor. Ese pequeño incendio limpio que le atravesó la garganta y le hizo estremecerse. Pero esta vez no tosió, sino que dejó que el ardor permaneciera, aunque eso le doliera. Porque ya no necesitaba que el dolor desapareciera, necesitaba reconocerlo.
Cuando volvió a abrir los ojos, miró hacia la copa del olivo: entre las ramas, las primeras aceitunas de la cosecha brillaban bajo el sol de octubre.
Matilde había tenido razón. El aceite no hacía milagros, ni devolvía a los muertos, ni reparaba las casas que estaban destinadas a derrumbarse. Pero algunas cosas no necesitaban ser reparadas para permanecer.
Eduardo retiró la mano del tronco y echó a andar hacia la almazara. A cada paso, el crujido de las hojas secas bajo sus botas parecía acompañarlo. Y no volvió la vista atrás.
Sabía que volvería. El año siguiente. Y el siguiente. Y todos los otoños que todavía le quedaran.
Volvería cuando la aceituna empezara a cambiar de color, cuando el aire se llenara de ese olor verde y oscuro de la cosecha y las primeras gotas de aceite comenzaran a caer, lentas y densas, en el fondo de los depósitos. Volvería a probarlas.
Y cada vez que aquel picor limpio le arañara la garganta, sabría que, en algún lugar entre las raíces, la tierra y la memoria, algo de ella seguía allí. Y que algunas ausencias, como los olivos, no desaparecen.
Echan raíces.