297. Una

Catalina Beleña Martínez

 

—Déjala, Pepe. Es una aceituna.

Pepe ya se había agachado.

A los setenta y nueve años aquello no era un gesto: primero la mano en la rodilla, después bajar despacio, aguantar el tirón de la espalda y calcular cómo volver a ponerse derecho.

La recogió.

—Por una no vas a llenar una garrafa.

Pepe se limpió los dedos en el pantalón.

—Tampoco arreglé nunca un motor tirando las piezas pequeñas.

Había sido mecánico toda su vida. Ahora tenía una pensión corta y unos pocos olivos que cada invierno le ahorraban comprar aceite durante meses.

Abrió el saco y echó dentro la aceituna.

No hizo ruido.

Tiempo después pasó frente al Hospital La Fe.

Bajo los olivos, la acera estaba cubierta de fruto. Había aceitunas enteras, otras abiertas bajo los zapatos y otras convertidas por las ruedas en manchas negras.

Pepe se detuvo.

Miró los árboles.

Miró el suelo.

—Venga —le dijeron—. ¿Qué haces?

Pepe no contestó.

Una aceituna rodó hasta su zapato.

La apartó de la suela antes de pisarla.

Aquel año, por primera vez, las aceitunas de La Fe fueron recogidas.

Pepe, al enterarse, solo preguntó:

—¿Cuántas garrafas salieron?

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