296. El corazón del olivo

Fabio Andrés Castaño Mesa

 

Para todos era solo un olivo ahuecado, una cáscara de madera que se negaba a morir. Para nosotros fue testigo de nuestros primeros besos y guardián de nuestras promesas. Aún recuerdo el día en que, con dieciséis años, guardamos en la penumbra de su tronco una piedra rara, un frasco con semillas y las cartas donde jugábamos a querernos. Los años pasaron y con ellos se fueron las casas, los vecinos y hasta las voces que nos llamaban por nuestros nombres. El olivo seguía en pie y, con cada cosecha, volvíamos a él para confiarle nuevos recuerdos.
Un año después de su funeral, regresé al olivar. Me apoyé en el tronco y metí la mano en la grieta hasta sentir nuestro tesoro, intacto, en el corazón del árbol. Pero al rozar el fondo, mis dedos toparon con algo más: un pequeño dibujo doblado y una canica de vidrio. Un golpe de viento agitó las ramas cargadas de fruto y, entre el aroma de las aceitunas y la tierra mojada, me pareció escuchar su risa traviesa en el rumor de las hojas plateadas. Devolví el tesoro a su interior, junto a la canica de nuestro nieto, y también sonreí.

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