293. Veneno verde

Anselmo Araoz

 

Envenené a mi marido con aceite de oliva. Bueno, eso creyó él durante media hora, tirado en el suelo de la almazara, seguro de que mi hermana Rosa, bromista de nacimiento, le había preparado una encerrona.

Yo solo quería que probara la primera prensada del año, la que sale turbia y feroz, antes de que la embotellen y se civilice. Se llevó la copa a la boca esperando dulzura de supermercado y le llegó un puñetazo vegetal a la garganta. Escupió, juró venganza, acusó a Rosa de conspiración oleícola a gritos.

El capataz, sin inmutarse, le explicó que ese ardor tiene nombre: polifenoles. Que cuanto más pica, más sano. Mi marido, con los ojos todavía llorosos, preguntó si existía alguna variedad que no intentara matarlo.

Le serví arbequina, suave, casi tímida.

La bebió, sonrió, y firmó —sin saberlo— su condena: seguir viniendo cada octubre, cuñada incluida.

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