291. La alianza

Antonio de Rosa

 

Los dos guardias civiles miraban con las manos en jarras hacia el hoyo que había dejado el olivo, que yacía quebrado. Mi padre siempre se negó a arrancar aquellos olivos. En el fondo, restos óseos manchados de tierra emergían como si estuvieran flotando en aguas negras.

Dirigían hacia mí sus miradas, que me hacían sentir culpable de aquello. Otro guardia llegó con bolsas para restos y se las dio al sargento, que seguía mirándome.

Con las manos envueltas en guantes de látex recogió los huesos desde el interior del hoyo de unos ochenta centímetros. Entre los guantes vi una mano. La elevó, no sé si para mostrársela a sus compañeros o para verla mejor al trasluz.

—¿Puede venir? —me preguntó.

Me acerqué hasta el pie del viejo olivo que acababa de ser arrancado de la tierra, miré la alianza que tenía ya en la palma y que había desprendido del hueso.

—¿Le dice algo la fecha 24 de julio de 1977?

Me quedé extrañado. Era el día de la boda de mis padres.

Mi padre había muerto cinco años atrás. O eso creía.

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