289. Olivín

José Alberto Arenas Guix

 

«OLIVÍN»

¡Viejos olivos sedientos

bajo el claro sol del día,

olivares polvorientos

del campo de Andalucía!

¡El campo andaluz,

peinado por el sol canicular,

de loma en loma rayado

de olivar y olivar!

 

Antonio Machado

En un rincón soleado de los campos de Jaén, Una nube de alegres pájaros volaba de la sierra hacia los campos repletos de olivos. Aquella mañana, habían trasladado a un grupo de jóvenes olivos a los campos y, junto a otros centenarios, esperaban el momento de integrarse en aquellas tierras. Entre ellos había uno que estaba inquieto y no paraba de agitar sus ramas. El pequeño olivo sabía que lo trasladarían a un lugar en aquel inmenso campo donde estaban creciendo sus padres y abuelos. Tenía mucha curiosidad por saber qué debía hacer para llegar a ser tan viejo como ellos y cuál sería su función a partir del momento en que lo trasplantaran. Se erguía con orgullo en medio del tranquilo olivar, rodeado de sus hermanos y venerables abuelos situados cerca de ellos, que habían visto pasar incontables estaciones. A pesar de la tierna edad del pequeño olivo, su mente bullía de preguntas y curiosidad sobre su propósito en la nueva vida en los campos. Los robustos y centenarios árboles, con sus frondosas ramas, contrastaban con las del pequeño Olivín. Se desperezaba en aquella tierra nueva para él.

Una soleada mañana, mientras las hojas de los olivos susurraban historias al viento, el pequeño olivo decidió dirigirse a uno de sus abuelos. Sus arrugas hablaban de sabiduría acumulada a lo largo de los años, y le preguntó con humildad:

—¿Y ahora qué…? ¿Dónde están los manuales de vida —preguntó inquieto.

El olivo centenario con el tronco más retorcido que una novela de Faulkner, le respondió con parsimonia:

—Mi querido pequeño olivo, si no te importa, te llamaré «Olivín». El propósito de tu vida y existencia es valioso y vital para la tierra y la humanidad. Tú serás el portador de la esperanza y la salud. En tus ramas, se producirán fruto que, cuando se recojan y se prense con cuidado, dará origen al aceite de oliva. Este aceite será apreciado por su sabor y beneficios para la salud, y será un regalo para las generaciones venideras. Tranquilo, Olivín, da tiempo al tiempo y respira clorofila. Aquí, lo importante es echar raíces… y producir oro líquido.

—¿Oro…? ¿Líquido…? —preguntó Olivín alarmado.

—¡Aceite, criatura! Aceite de oliva virgen. Son las lágrimas de nuestro fruto cuando lo prensan. No es un aceite cualquiera, es el alma de nuestra esencia. No hay tesoro más sabroso. Somos los alquimistas del Mediterráneo, los reyes del desayuno con pan y aceite y, en algunas regiones, además, con tomate.

Olivín se quedó pensativo.

—¿Y todo eso lo conseguimos nosotros? No seré capaz…, lo veo venir.

—Claro que lo serás, chiquillo. Tú solo tienes que crecer, escuchar al sol y aguantar a los tractoristas que cantan reguetón y pasan cada día a recoger la cosecha para llevarla al lagar.

Desde entonces, Olivín puso mucha atención y empezó a escuchar historias. Que si la diosa Atenea creó el primer olivo en una apuesta con Poseidón, que si el aceite andaluz rejuvenece la piel, que si un italiano probó uno de Jaén y se le curó la tristeza. Una vez incluso oyó decir que el aceite de oliva era el secreto de la longevidad.

—¿Eso es cierto, abuelo? ¿Viviremos mil años?

—Claro que sí, siempre y cuando no venga un urbanista con ganas de hacer un campo de golf y arruinen este paraíso vegetal.

Pero un drama vino en otoño: “Una aceituna rebelde llamada Tana”, líder de las ramas altas, organizó un motín.

—¡Basta de prensarnos a lo loco! ¡Queremos denominación de origen con dignidad!

El abuelo, con su sabia paciencia, propuso el diálogo:

—Eso lo conseguiremos si hacemos un aceite cooperativo, con perfil aromático democrático y bajo en acidez.

—Menudo lío abuelo. ¿Qué has querido decir con esa parrafada? —preguntó Olivín.

Se lo explicó y lo entendió: crecería para ser más que un árbol. Su fruto llevaría consigo el paisaje, el trabajo y la memoria de quienes habían aprendido a vivir entre aquellos olivos. En la humilde cocina prensaron algunas aceitunas. Cada gota de aceite que caía en el recipiente de barro brillaba como el sol. La abuela cortaba una rodaja y vertía unas gotas. Un niño la observa, probó el aceite y sus ojos se abrieron al sol del mediodía. No hacía falta decir nada.

Los aceiteros, se llevaron toda la producción que pronto sería embotellada con lujo y respeto. Las lujosas botellas iban destinadas a los reyes y las reinas del mundo, aunque los verdaderos reyes eran ellos, los olivos.

—Crece y lucha contra los elementos, Olivín, para alegrar no solo las ensaladas sino a las almas de todos aquellos que prueben uno de los mejores zumos de frutos —le dijo el abuelo aprovechando el viento para que sus robustas ramas le abrazaran, mientras Olivín se estiró para acoger su cariñoso abrazo.

—Abuelo, tus abrazos son mi felicidad. Esto es el paraíso vegetal ¿Ya soy un árbol de verdad?

—Claro que lo eres, solo te faltan tus primeras flores y dar tu primera aceituna.

—¿Tendré flores…?

—Como todos nosotros, unas flores blancas que son el anuncio de la aceituna. La «flor de olivo» es pequeña y blanca, y generalmente se compone de cuatro pétalos. Aparece en primavera. Estas flores son hermafroditas, lo que significa que tienen órganos masculinos y femeninos, lo que les permite llevar a cabo la polinización cruzada y producir frutos.

La «flor de olivo» es un indicador de tu salud y de tu capacidad para producir aceitunas. Su presencia es un buen augurio para una futura cosecha. A medida que la flor se poliniza y se convierte en fruto, se inicia el proceso que dará lugar al aceite de oliva. Estás lleno de preguntas. Hazlas y te responderé, te llevo cientos de años de adelanto.

—¿Qué hacemos aquí abuelo?¿Estoy solo para hacer sombra y atraer a las abejas?

—¡Ay… Olivín! Tu misión es mucho más que todo eso. Fuimos plantados para producir oro verde como nuestro aceite. No hay olivo sin fruto, ni fruto sin paciencia.

—Abuelo, ¿ llegaré a ser tan mayor como tú?

—Claro, «Olivín». Un olivo de ochenta a cien años se considera que es aún adolescente, por lo que tienes que ser paciente en tu crecimiento luchando contra los elementos para permanecer siempre sólido y firme. Si así lo haces, nadie sabe cuántos cientos o miles de años podrás cumplir, pero con una alta probabilidad serán varios cientos.

Años después, Olivín se convirtió en un árbol joven y robusto, con ramas que se extendían con orgullo hacia el cielo andaluz. Cada otoño, mientras los agricultores recogían sus aceitunas, llegaban visitantes curiosos. Cada conversación, cada risa y cada historia se quedaban prendidas de sus ramas como pequeñas hojas invisibles. Los niños reían y disfrutaban mientras corrían entre los olivos. Aprendían, sin proponérselo, que las cosas más sencillas podían guardar una riqueza que no aparecía en los escaparates. Los adultos recordaban historias de diosas y romanos, con los ojos abiertos de asombro. Mientras, Olivín sonreía internamente cuando se balanceaba acompañando a su amiga la brisa de la tarde y, con voz traviesa, decía a menudo:

—Yo no soy un árbol cualquiera, ¿eh? Tengo más anillos que un joyero y más historias que una abuela en la sobremesa.

Se realizaban catas guiadas en pleno campo, donde el aceite se servía gota a gota en recipientes pequeños. Las degustaciones eran una lección de sabores, gustos y cultura. Olivín presumía entre risas.

—Yo he visto pasar más generaciones que un televisor viejo en un bar de pueblo. Y aquí sigo, firme, con mis aceitunas colgando como medallas al mérito.

Las aceitunas contestaban:

—¡Pues si somos medallas, que nos pongan en un podio con pan y vino!

Y todos reían, agitando ramas como si fueran aplausos.

Cada hogaza de pan, con ensaladas, con tomates maduros, o incluso con frutas y dulces típicos de la región, era un festejo. No faltaban los talleres de cocina, donde los chefs enseñaban a preparar platos sencillos, pero memorables. Algunos, en su trabajo aprovechaban para contar historias antiguas sobre el lugar y los olivos.

El Oleoturismo, organizaba pequeñas rutas al amanecer, no olvidaba mostrar la labor de los trabajadores que recogían la aceituna madura, explicando la importancia de no dañar en su trabajo ni las hojas ni el fruto y la importancia de la sostenibilidad del ecosistema. Viéndolos, Olivín se sentía orgulloso de que valoraran su hogar, en el que la lluvia le había besado con cariño y el viento le había mecido como acunando los frutos que llenaban sus ramas. Escuchando el viento, amando la lluvia y mirando de frente al sol, como le había enseñado el abuelo, se convirtió en un símbolo del olivar moderno: sostenible, sabroso y simpático.

Cada botella contaba la historia del valle, del trabajo paciente y del cariño de quienes lo cuidaban. El aceite de Olivín ganó premios, protagonizó una telenovela turca y hasta apareció en TikTok haciendo maridajes con sushi y pizzas.

—¡Abuelo! —exclamó una aceituna—. ¿Eso también es cultura?

—No estoy seguro —respondió él—. Pero desde luego es publicidad.

Olivín agitó sus ramas divertido. Descubrió que también los árboles podían convertirse en anfitriones: bastaba con permanecer allí, año tras año, para que otros aprendieran a mirar. Cada noche, al susurrar el viento entre las ramas, Olivín recordaba aquella botella que le dio carácter de señor cuando un chef con estrellas Michelín lo eligió para sus platos. Era el resultado de seguir fielmente las palabras del abuelo:

“Respira clorofila Olivín. Aquí, lo importante es echar raíces… y producir oro líquido”.

Y así, cada visitante que recorría los olivares se llevaba algo más que el recuerdo de un paisaje. Se llevaba una historia: la de una tierra trabajada durante generaciones, la de unos árboles capaces de sobrevivir al tiempo y la de un fruto que, antes de llegar a una botella, había pasado por las manos de muchas personas.

Aquella noche, Olivín levantó sus ramas hacia el cielo. Ya no era aquel pequeño impelte que había llegado preguntando dónde estaban los manuales de vida. Habían pasado los años, y ahora sus raíces conocían la tierra, sus ramas conocían el viento y sus aceitunas conocían el camino que las llevaría algún día hasta una botella.

Miró al viejo olivo.

—Abuelo…

—¿Qué quieres, muchacho?

Olivín tardó unos segundos en responder.

—Creo que ya lo entiendo.

—¿El qué?

—Que nosotros no hacemos solamente aceite.

El abuelo guardó silencio.

—Hacemos memoria.

Una ráfaga de viento recorrió el olivar. Las ramas de los dos árboles se rozaron suavemente.

—Ahora sí eres un árbol de verdad —dijo el abuelo.

Olivín sonrió.

—¿Porque ya doy aceitunas?

—No. Porque ya sabes por qué las das.

Y aquella noche, bajo las estrellas de Jaén, el olivar entero pareció respirar al mismo tiempo. Respiró la tierra. Respiraron los árboles. Respiró el viento. Y, en algún lugar de aquella oscuridad perfumada de aceite y romero, volvió a escucharse la vieja voz del abuelo:

—Respira clorofila, Olivín.

Esta vez, el pequeño árbol no preguntó qué significaba.

Ya lo sabía.

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