278. El olivo que sabía demasiado
En Villacascajo había un olivo que sabía demasiado. Sabía cuándo había llovido en Jaén aunque estuviera plantado en Córdoba, sabía distinguir un aceite virgen extra de uno que había pasado por la vida con demasiadas mentiras, y sabía quién había pagado la última ronda en el bar.
Lo que no sabía era morirse. Tenía 3.333 años, o eso decía la placa colocada delante de su tronco por la Diputación Provincial, aunque el olivo sostenía que tenía más pero la humanidad había empezado a contar su edad desde que un filósofo platónico descubrió que los árboles cumplían años como todo hijo de vecino.
El olivo se llamaba Don Práxedes. Nadie sabía quién le había puesto aquel nombre. El alcalde aseguraba que procedía de un antiguo propietario, el cura decía que era un nombre de santo, la maestra defendía que se trataba de un homenaje a Práxedes Mateo Sagasta, y Don Práxedes en persona sostenía que se llamaba así porque le daba la gana.
Los problemas, según el susodicho árbol, comenzaron cuando llegó el oleoturismo. Hasta entonces el pueblo había vivido tranquilamente de sus aceitunas, sus almendros, sus cuatro bares, sus dos cooperativas y una población que consideraba que una cata consistía en mojar pan en un plato con aceite y decir:
—Está bueno.
Una mañana se personó en el lugar de autos una empresa de Madrid. Se llamaba Oleum Experience Premium Heritage & Soul. Llegaron tres consultores vestidos de beige, miraron el olivar, fotografiaron las piedras, olieron las ramas, tocaron los troncos.
Uno de ellos abrazó a Don Práxedes y el olivo le sacudió un codazo con su rama más puntiaguda.
—¡Ay!
—¿Quién te ha dado permiso para abrazarme? ¡Vete a abrazar las farolas!
El consultor se quedó blanco como el merengue, puesto que venía de la capital.
—¿Has hablado?
—Pues sí.
—¿En español?
—El inglés no lo trago ni con soda.
El consultor llamó a sus compañeros y a los veinte minutos había seis personas abrazadas al árbol. Don Práxedes abrió fuego a tumba abierta, acribillándoles a aceitunazos, con una puntería infalible.
—¡Esto es genial! —vociferó la directora de marketing—. ¡Tenemos una experiencia inmersiva!
El alcalde llegó a todo correr, despeinado y ojeroso.
—¿Qué experiencia?
—El olivo habla.
—Lleva haciéndolo siglos, señora.
—¿Y por qué nadie lo ha monetizado?
El alcalde comprendió que acababan de formularle la pregunta más peliaguda de la historia del pueblo. Dos meses después inauguraron el Centro Internacional de Interpretación del Olivar Ancestral. Costó cuatro millones de euros. Disponía de una pantalla táctil de treinta metros cuadrados, con un olivo virtual que decía: «Cierra los ojos y conecta con tus raíces».
Don Práxedes observaba la pantalla desde el campo.
—Ese imbécil no soy yo.
—Es una recreación digital —explicó la directora.
—Pues recreadlo mejor.
—¿Qué le falta?
—Arrugas.
El alcalde intervino:
—Y optimismo.
Don Práxedes lo desnudó con la mirada.
—A palabras necias, oídos sordos.
La inauguración se celebró con gran pompa. Llegaron periodistas gastronómicos, influencers, críticos de restaurantes, expertos en patrimonio inmaterial y una mujer de Barcelona que preguntó si el aceite era vegano. El maestro de ceremonias respondió:
—Naturalmente.
Don Práxedes pidió a la tierra encarecidamente que lo tragara de una vez por todas.
—¿Qué demonios va a ser si no?
La mujer apuntó en su teléfono.
—Muy interesante.
A las doce compareció Aristóteles, acompañado de un esclavo que llevaba un ánfora.
—¿Quién es este vejestorio? —preguntó el alcalde.
—Aristóteles en persona —dijo la maestra, orgullosa de ser la única de los presentes que lo había reconocido.
—¿El filósofo?
—Claro, bobo. No va a ser el vendedor de huevos.
Aristóteles examinó el aceite, lo olió y probó una gota poniendo cara de experto en la materia.
—Lamento decir que esto no es aceite.
El productor empalideció.
—¡Si es virgen extra!
—Eso es una categoría comercial.
—Tiene denominación de origen.
—Eso es una categoría administrativa.
—Tiene notas de tomate, hierba recién cortada, almendra verde y alcachofa.
Aristóteles volvió a probarlo.
—Tiene aceite.
La sala se zambulló en un silencio de piscina olímpica, y un influencer levantó el móvil.
—¿Puede repetirlo para TikTok, señor?
Aristóteles lo miró con desprecio.
—Puedo repetírtelo en griego, si te parece bien.
El vídeo se hizo viral a los tres segundos, una hora menos en las islas Canarias, y al día siguiente acudió nada menos que Don Miguel de Cervantes Saavedra, a lomos de un caballo que estaba indignado.
—Otra vez Andalucía —no paraba de rezongar.
Cervantes bajó del caballo y se acercó a Don Práxedes.
—¿Cuántos años tienes, viejo amigo?
—Los suficientes para haber visto pasar a más caballeros andantes que tú.
—¿Recuerdas a algún caballero famoso?
—Claro, el tuyo de la adarga en ristre y la triste figura. Siempre lo veía acompañado de su compadre Sancho, intentando convencer a los molinos de que eran gigantes.
Aquella frase provocó el segundo escándalo del oleoturismo. Los historiadores se presentaron en masa para entrevistar al olivo, pero Don Práxedes era deliberadamente lacónico en las entrevistas.
—¿Qué recuerda usted de la Antigüedad?
—Nada.
—¿Nada?
—Yo estaba aquí. La Antigüedad estaba allí. Punto. Que vosotros confundáis estar con recordar es asunto vuestro.
—¿Conoció a Julio César?
—Supongo.
—¿Qué hacía?
—Compraba aceite.
—¿En Roma?
—En un mercado.
—¿Es cierto que los romanos utilizaban aceite de oliva para…
—Cocinar, iluminar, maquillarse, curarse y ungir a los atletas.
—Entonces el aceite es fundamental.
—Lo fundamental es no tener que explicártelo todo en esta entrevista, botarate.
Los periodistas dejaron de preguntar. Los influencers no. Una de ellas llegó con una cámara.
—Hoy viviremos una experiencia ancestral.
Don Práxedes suspiró.
—¡Tierra, dame paciencia!
La muchacha se colocó delante del tronco.
—Hola, chicos. Estoy aquí con el olivo milenario más famoso de España.
—No soy el más famoso, maja, ese es el de Gernika; yo soy el que paga las facturas.
La muchacha sonrió.
—¿Nos cuentas tu secreto de longevidad?
—No tengo secretos.
—¿Alimentación?
—De primero lluvia, de segundo tierra y de postre sol y aire.
—¿Ejercicio?
—Viento a porrillo para el meneo de las coyunturas.
—¿Meditación?
—Toda la que quieras. No tener una cuenta de Instagram.
La muchacha dejó de grabar.
—Eso ha sido muy ofensivo.
—La letra con sangre entra, niña.
A partir de entonces Don Práxedes se volvió una celebridad. Le ofrecieron un contrato publicitario y lo rechazó, le ofrecieron una autobiografía y la rechazó, le ofrecieron una serie documental y aceptó, con una condición.
—Quiero elegir al director.
—¿Por qué?
—Todos los directores que saben de árboles quieren hacer películas sobre árboles, y todos los que saben de cine creen que los árboles son decoración.
Cuando la película empezó a rodarse, los muertos regresaron: Homero, Virgilio, Plinio el Viejo, Averroes y también Picasso, nadie entendió por qué.
—¿Qué hace aquí Picasso? —preguntó el alcalde.
—También pintó olivos —dijo la maestra, por marisabidilla.
Picasso contempló el paisaje, meditabundo.
—Yo no he venido por el aceite, sino por los árboles.
—¿Cuáles?
—Los que parecen personas.
Don Práxedes se sintió halagado.
—Por fin alguien que entiende.
Picasso sacó un lápiz.
—No te muevas, compañero.
—Llevo casi cuatro milenios sin moverme.
—Pues no se te ocurra cambiar de opinión precisamente ahora.
Cuando Picasso hubo finalizado su obra de arte picassiana, el dibujo comenzó a crecer. Las ramas salieron del papel, las raíces atravesaron la mesa, el tronco se hizo gigantesco y en cinco minutos había otro Don Práxedes dentro del centro de interpretación. El alcalde llamó a la policía, la policía llamó a la Diputación, la Diputación llamó a una consultora, la consultora llamó a una agencia de comunicación y la agencia declaró que aquello era una oportunidad histórica.
—¡Creemos el primer olivar multidimensional de Europa!
En una semana había cuarenta y siete olivos. Algunos hablaban francés, otros inglés o español, y diez hablaban chino mandarín como nativos. Don Práxedes chapurreaba todos para mofarse de sus clones.
Enseguida se personó en el lugar de autos la Unión Europea, representada por tres inspectores. Querían saber si el olivo multidimensional cumplía la normativa comunitaria vigente.
—¿Produce aceite? —preguntaron.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Depende del universo.
—¿Qué universo?
—El de la materia prima.
Los inspectores se miraron.
—Eso no consta en el reglamento.
Don Práxedes sonrió.
—Esa es precisamente la función de todo buen reglamento.
Por la noche el pueblo decidió celebrar una cena por todo lo alto, no una cena turística, sino del montón, normal y corriente, de las de toda la vida, casera, con mucho pan, aceite, tomate, queso, aceitunas, chorizo de cantimpalo y vino tinto. Nada de espuma de aceituna. Nada de «maridaje emocional». Nada de «experiencia sensorial». Nada de «viaje ancestral».
La gente se sentó alrededor de una mesa. Don Práxedes estaba allí de cuerpo presente. Aristóteles también. Cervantes comía con las manos, Picasso dibujaba en una servilleta, Averroes discutía con el alcalde, Homero se había quedado dormido sobre el hombro de Dulcinea del Toboso. Una mujer del pueblo partió una enorme hogaza de pan recién horneado tan fragante que a todos los presentes se les hizo la boca agua y el alma les lloraba de felicidad. Luego echó en el pan aceite, añadió sal y probó el sencillo mejunje.
—Delicioso.
Aristóteles alzó la cabeza arrastrando un cansancio milenario.
—Excelente definición, querida.
Cervantes asintió.
—Desde luego que sí; las grandes alegrías se obtienen de gozos sencillos.
—Verdad de la buena, señores —convino Picasso.
Don Práxedes sonrió, halagado, al tiempo que todos los olivares de la anchurosa España comenzaron a moverse. Decenas. Cientos. Miles. Los olivos se inclinaban reverentemente ante el pueblo soberano, dando gracias al cielo y a las sabias manos que tantos mimos les habían prodigado. Formaban una multitud arbórea ante los límites imprecisos de la humanidad.
El alcalde se puso en guardia, temeroso.
—¿Se puede saber qué se proponen éstos ahora?
Don Práxedes respondió sin vacilar:
—Votar, excelencia, nada del otro mundo.
—¿Votar? ¿Los olivos? ¿Para qué?
—Se trata de un ejercicio de autodeterminación soberana: decidir si queremos seguir siendo árboles.
—¡Eso no tiene sentido!
—Depende.
El olivo miró a sus congéneres: no parecía haber quórum entre ellos.
—Nos habéis contagiado.
—¿Por?
—Estamos indecisos de tanto veros dudar si queréis seguir siendo personas o transformaros del todo en máquinas.
Ninguno de los presentes se atrevió a abrir la boca. El silencio esta vez duró varios minutos, casi tanto como un corte publicitario en televisión.
Cervantes levantó su copa.
—¡Brindo por los árboles!
Aristóteles alzó la suya.
—¡Por la buena vida!
Picasso hizo lo propio.
—¡Por la pintura!
Averroes:
—¡Por la razón!
El alcalde:
—¡Por el turismo!
Todos lo miraron.
—¿Qué?
Don Práxedes le atizó un aceitunazo en la frente.
—Por el turismo, dice el muy sandio. ¡Habrase visto!
Aquella noche el pueblo apagó las pantallas del centro de interpretación, y al día siguiente cerró la tienda de recuerdos. Después retiró los carteles que decían «Experiencia Oleoturística Premium». Y quitó la placa del olivo. Don Práxedes suspiró, aliviado.
—Por fin.
—¿Qué quieres que pongamos en tu honor? —preguntó la maestra.
El olivo pensó durante tres minutos y treinta y tres segundos.
—Nada.
—Pero la gente necesita saber.
—¿Está usted segura?
La maestra se rió. Don Práxedes aprovechó el receso para echar una miradita a su querido campo.
—Soy un olivo. Eso puede poner.
—¿Y ya está?
—¿Le parece poco?
Desde entonces los visitantes que llegan al pueblo quieren fotografiar el olivo, probar el aceite, entrevistar a Aristóteles y preguntar a los lugareños si conocen la fórmula mágica para vivir tanto como Don Práxedes.
Cada otoño, cuando llega la hora de la cosecha, en el olivar las aceitunas caen de las ramas con un sonido seco y preciso. Tac. Tac. Tac. Como si miles de pequeñas campanas recordaran una verdad que la humanidad, después de miles de años, aún no ha podido transformar en experiencia premium: que el aceite se hace con aceitunas, las aceitunas crecen en los olivos y los olivos, por mucho que insistan los expertos, no necesitan un relato, porque la historia la ponen ellos, como afirma Don Práxedes, el olivo más longevo de la península ibérica, a quien nadie ha pedido su voto.