264. Hermanos de raíz

Fran Buesa

 

Pocos llaman a Manuel por su nombre, algunos le dicen Manolo, pero todos lo conocen por el que su hijo mandó escribir en la tarta de su centenario: Nolo

La tarta llegó a la mesa entre aplausos. Tenía tres cifras de chocolate, una vela encendida y unas aceitunas de mazapán como adorno. Nolo la observó con desconfianza.

—¿Y esto qué es?

—Una aceituna, abuelo.

—Ya lo veo. Pero las aceitunas no son dulces.

Sus nietos se echaron a reír.

Habían dispuesto una mesa larga bajo los olivos, a pocos metros de la casa de campo. Estaban sus tres hijos, siete nietos y algunos bisnietos que correteaban entre los troncos. Faltaba Carmen, su mujer, fallecida hacía once años.

Su hijo mayor, Antonio, se levantó para brindar.

—Cien años. Se dice pronto. Y todavía nos tienes aquí, trabajando.

—Porque, si no os vigilo, os coméis la finca —respondió Nolo.

Hubo nuevas risas.

La propiedad era muy modesta cuando la heredó de sus padres. Apenas unas hectáreas de olivos viejos, una casa sin electricidad y un pozo que se secaba demasiado pronto. Nolo tenía entonces veintitrés años, dos brazos capaces de trabajar de sol a sol y una confianza en sí mismo que a menudo confundía con tener razón.

Compró las primeras tierras a crédito. Después llegaron otras, y otras. Arrancó almendros, plantó olivos, abrió caminos y levantó un almacén. Cuando los precios del aceite se hundían, buscaba jornales fuera. Cuando faltaba agua, cavaba. Cuando se acababa el dinero, pedía prestado.

Carmen decía que su marido no sabía quedarse quieto. Ni siquiera los domingos. Si no estaba trabajando, pasaba el tiempo calculando cuánto costaría comprar la parcela del vecino.

Los hijos crecieron entre cosechas, vareos y almazaras. Antonio recordaba a su padre llegando de noche con las manos agrietadas y anunciando, antes de quitarse las botas, que había conseguido otras dos hectáreas.

—¿Y para qué queremos más? —preguntaba Carmen.

—Para que los niños tengan algo el día de mañana.

Con los años, Nolo llegó a poseer una finca considerable. Había comprado maquinaria, construido una pequeña almazara y plantado miles de olivos. Le gustaba contemplar la propiedad desde la loma, señalar con el brazo extendido y decir que todo aquello llegaba hasta donde alcanzaba la vista.

Ahora, desde su silla, le costaba distinguir las caras a lo lejos.

Después de una larga sobremesa, Antonio le propuso a su padre estirar las piernas. Él también lo necesitaba. Salieron a caminar despacio, dejando atrás las voces de la familia.

A pocos metros de la casa se alzaba el único olivo milenario de la finca. Era un árbol enorme, retorcido, con el tronco abierto en varias cavidades y unas ramas que parecían sostenerse por pura obstinación.

Nolo se detuvo frente a él.

—Este ya era viejo cuando nació mi abuelo.

—Parece que necesita una poda…

—Ni hablar —lo interrumpió su padre.

Antonio no insistió. Le ofreció el brazo para acercarse al árbol.

—No hace falta —respondió Nolo.

Y dio unos últimos pasos hasta posar una mano sobre el tronco.

—Ni hablar —murmuró.

La casa de campo había crecido al mismo ritmo que la finca. A la construcción original se habían añadido habitaciones, una cocina amplia, un patio y varias dependencias destinadas a oficinas y almacenes. Antonio vivía allí con su mujer, sus hijos ya se habían independizado. Y sus hermanos habían preferido siempre residir en la capital. Nolo ocupaba una habitación espaciosa en el extremo más al oeste. Tenía un dormitorio, un cuarto de baño y una salita con un sillón frente a una cristalera. Desde allí podía contemplar un horizonte de copas de olivos que se extendía hasta las colinas.

Rosario, la mujer que atendía a Nolo, llegaba cada mañana a las ocho.

Abría las persianas, preparaba el desayuno y colocaba las pastillas junto al vaso de agua. Nolo preguntaba qué hora era, aunque tenía un reloj de pared enfrente y otro en la muñeca.

Después venían las comprobaciones.

Se tomaba la tensión, examinaba las manchas de sus manos y se palpaba las piernas para comprobar si estaban hinchadas. Si le dolía una rodilla, quería saber por qué. Si no le dolía, también.

—Hoy me molesta la espalda —dijo, señalándose un costado.

—Es la edad, don Manuel. Ya se lo dijo el médico —respondió Rosario con dulzura.

—¡Ese no tiene ni idea! —replicó Nolo, irritado.

—Pues lleva usted veinte años diciéndome lo mismo de todos los médicos.

—¿Qué sabrás tú?

Rosario sonrió y continuó con las tareas. Había aprendido a elegir sus batallas.

Antes, Nolo se interesaba por todo. Escuchaba la radio mientras desayunaba, y cruzaba el patio por su propio pie para acercarse a la oficina de la empresa. Allí abordaba a su hijo para preguntarle por el precio del aceite en cada cooperativa de los alrededores. Durante las comidas discutía sobre política con la familia. Había viajado poco, pero sabía situar países, guerras y mercados. Estaba convencido de que cualquier acontecimiento del mundo podía terminar afectando a su aceite.

Ahora, cuando Rosario encendía las noticias, le pedía que bajara el volumen.

—Siempre están con lo mismo —refunfuñaba.

Tampoco preguntaba por las nuevas plantaciones. Antonio y sus hermanos administraban la finca desde hacía años y habían dejado de explicarle ciertas decisiones. Su padre encontraba defectos en todo: el momento de la poda, el tratamiento de las plagas o el salario de los jornaleros.

Desde su ventana vigilaba la entrada al almacén. Si un trabajador se detenía a conversar, protestaba. Si otro terminaba antes de lo previsto, sospechaba que había hecho mal su trabajo.

—No tenéis ni idea —sentenciaba cuando Antonio acudía a verlo.

Las visitas familiares se habían vuelto difíciles. Si los nietos hablaban demasiado, le molestaba el ruido. Si permanecían callados, los acusaba de estar pendientes del móvil.

Antonio intentaba razonar con él.

—Papá, tienes que salir un poco. Podríamos ir al pueblo.

—¿Para qué?

—Para ver gente.

—¿Qué gente? Yo ya no conozco a nadie.

Las noches no eran mejores. Se despertaba a menudo y se quedaba inmóvil, atento al corazón. Contaba los latidos hasta perder la cuenta. Entonces se incorporaba, encendía la lámpara y bebía agua.

Decía que no tenía miedo a la muerte, pero le inquietaba no saber cuándo llegaría. Había pasado su vida calculando cosechas, vencimientos y plazos. Ahora se enfrentaba a un acontecimiento que no tenía fecha.

Una tarde descubrió una pequeña herida en el dorso de la mano. La examinó durante varios minutos.

—Antes esto se curaba enseguida —murmuró.

Rosario le puso una tirita y se despidió hasta el día siguiente.

El sol comenzaba a ocultarse tras el horizonte de olivos. La luz entraba por el ventanal y proyectaba la sombra del sillón sobre el suelo.

Nolo se quedó mirando la herida.

Al otro lado de la casa, los trabajadores terminaban la jornada. Oyó el motor de un tractor, unas voces en el patio y el golpe de una puerta. Durante un instante pareció dispuesto a levantarse para averiguar qué sucedía.

Después volvió a acomodarse en el sillón.

Una mañana de septiembre, Nolo pidió a Antonio que lo acompañara hasta el olivo milenario.

—¿Ahora? —preguntó su hijo.

—Ahora.

El sol todavía no apretaba. Caminaron por el sendero que separaba la casa del árbol. Antonio avanzaba despacio, adaptando sus pasos a los de su padre.

—¿Te acuerdas de cuando veníamos aquí a varear? —preguntó.

—Claro que me acuerdo —respondió el anciano.

—Nos hacías levantar antes de que amaneciera.

—Había que aprovechar el día —respondió Nolo con una sonrisa pícara.

Su hijo le recordó cuánto había conseguido, cómo había levantado la finca y sacado adelante a la familia.

—Tendrías que estar contento, papá. Has tenido una vida muy larga. Has hecho lo que querías.

Nolo se detuvo para recuperar el aliento.

—Eso lo dices tú.

—¿No es verdad?

—Es verdad. Pero tú miras hacia atrás y ves todo lo que he hecho. Yo miro hacia delante y no veo nada.

Antonio guardó silencio. Tampoco él hacía ya planes a largo plazo.

—Antes, cuando compraba una parcela, ya estaba pensando en la siguiente, y bien que lo sabía tu madre —continuó Nolo—. Cuando nacisteis vosotros, pensaba en lo que necesitaríais dentro de veinte años. Siempre había algo por hacer. Ahora me levanto y lo primero que hago es comprobar si sigo entero.

Reanudaron la marcha en silencio.

Llegaron al olivo. Antonio apoyó una mano en el tronco.

El árbol había perdido varias ramas principales. Una antigua herida había dejado al descubierto la madera muerta y una gran cavidad atravesaba parte del tronco.

Nolo se acercó y pasó los dedos por la corteza.

—Quiero que esparzáis aquí mis cenizas.

Antonio lo miró.

—¿Aquí?

—A sus pies. Nada de nichos ni lápidas. Este ha visto pasar a mi abuelo, a mi padre, a Carmen y a todos vosotros. Me parece buena compañía.

—Todavía queda tiempo para eso.

—No tanto.

Antonio no encontró respuesta.

—¿Lo habéis podado?

—No —respondió su hijo sin demasiada convicción.

Permanecieron un rato bajo la copa. Después emprendieron el regreso, dando la espalda al árbol.

El olivo quedaba allí, con sus raíces extendidas bajo la tierra y sus ramas todavía buscando la luz. Durante siglos había crecido hacia fuera, ensanchando el tronco, conquistando espacio y multiplicando sus frutos. Había sobrevivido a sequías, heladas y plagas. Ahora buena parte de su actividad se concentraba en conservarse vivo, cerrar heridas y alimentar las ramas que le quedaban. Su tronco, retorcido y parcialmente hueco, conservaba cicatrices de acontecimientos que nadie recordaba.

A medio camino, Nolo volvió la cabeza.

—¿Cuántos años crees que tendrá exactamente?

—Más de mil, según dijeron los técnicos.

—Diez veces más que yo.

Antonio asintió.

—Y todavía da aceitunas.

—¡A ver si voy a tener que ponerme yo también a criar! —exclamó Nolo. Los dos se echaron a reír.

Después miró sus manos centenarias, se apoyó en el brazo de su hijo y siguió caminando

Cien años. Mil años. Dos instantes apenas.

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