263. Haceyte

María Peñalva León

 

Sobre la repisa de la chimenea descansaban tres herencias: una vieja lámpara de aceite abollada, una aceitera de plata grabada y una tetera de porcelana con una flor azul casi borrada. Las había visto allí desde que tenía memoria.

La lámpara pertenecía a las noches del abuelo, la aceitera a la mesa y la tetera a las tardes de mi madre.

La lámpara era vieja y, sin embargo, siempre brillaba. Mi abuelo la frotaba los domingos con un trapo que olía a humo y a aceite. Yo esperaba a que de tanto frotar apareciera un genio. Nunca salió ninguno. Aunque, visto con los ojos de entonces, quizá ya teníamos uno en casa: mi padre, calvo, bigotudo y con un genio todavía peor.

La aceitera se la había regalado la cooperativa a mi padre por enseñar a leer a los olivareros después de la faena. Llevaba unas letras grabadas en un costado y siempre dejaba un cerco en el mantel, por mucho cuidado que pusiéramos al servir. Yo pasaba el dedo por la inscripción mientras comía y acabé convencido de que las letras se iban borrando por mi culpa.

Mi madre usaba la tetera casi a diario. Se la había traído de Argentina la tía Paulina y, algunas tardes, la llenaba con una infusión de hierbas. Luego añadía dos o tres gotas de aceite. Nunca supe por qué lo hacía. Quizá por costumbre, o porque le gustaba, o tal vez porque en aquella casa el aceite terminaba entrando en todas partes. Lo cierto es que yo dejaba los deberes para mirar cómo removía, hipnotizado. Aquel remolino me recordaba a los viejos olivos. La cucharilla golpeaba suavemente la porcelana: clic, clic. Las gotas daban vueltas, se multiplicaban en chispitas de luz y, en cuanto mi madre dejaba de remover, volvían poco a poco a la superficie. Aquel sonido me calmaba.

Mi problema empezaba cuando mi padre repasaba conmigo en casa. Era el maestro del pueblo y yo, para su desesperación, su único hijo: zurdo, torpe con la lectura y mucho más torpe con la escritura. De vez en cuando me cambiaba el lápiz de mano.

—Prueba con la derecha.

Como si por cambiar de mano fueran a ponerse bien las letras.

Muchos años después supe que aquello se llamaba dislexia. Entonces, en casa, nadie sabía ponerle nombre. Veían letras bailonas, sílabas cambiadas y cuadernos llenos de tachones; yo no entendía por qué me pasaba. Cada vez que me enseñaba una regla de escritura, a mí me salía justo la palabra que no la cumplía.

Me hacía copiar una y otra vez mis errores. Filas enteras. Si mi palabra no se parecía a la del modelo, me mandaba copiar la frase cien veces. Si olvidaba una tilde, otras cien la palabra. Un día, cansado de que me preguntara dónde iban las tildes, decidí inventarme un método para acertar más: poner siempre una en la última vocal. Entonces me dijo:

—No puedes ir sembrando tildes donde te dé la gana.

—Déjalo —le decía mi madre—. Bastante pelea tiene ya con las letras.

Desde el otro lado de la mesa, su cucharilla volvió a remover el té en la taza.

Clic, clic.

Yo seguía copiando. Prefería que mi padre creyera que lo hacía por llevarle la contraria o para hacer reír a los compañeros de clase antes que confesar que, por más que quisiera, no me salía bien.

Los mejores días de escuela eran aquellos en que salíamos de excursión. Recuerdo especialmente una visita a la almazara en plena campaña. Quino y yo nos escondimos detrás de una montaña de aceitunas recién descargadas con la intención de lanzar unas cuantas a las chicas sin que supieran de dónde venían. Mi padre nos vio enseguida, pero no nos sacó de allí. Prolongó la explicación junto al montón con una paciencia vengativa y nosotros tuvimos que permanecer agachados, apretados contra las olivas, procurando no respirar demasiado fuerte.

Olían a campo húmedo, a fruto machacado, a hojas, a barro y a ese aire espeso de las almazaras que parece pegarse a la ropa. Desde mi escondite apenas veía un trozo de pared y de ventana y el gran rótulo de la entrada reflejado en el cristal de esta:

ALMAZARA

Lo miré tanto rato que acabé leyendo otra cosa:

RAZA MALA

Entonces recordé algo que había oído decir a mi padre en casa, una noche en que me creía dormido:

—No sé si voy a hacer gavilla de este crío. En los estudios ha salido de mala raza.

Volví a mirar el rótulo.

ALMAZARA

RAZA MALA

Por un momento pensé que hasta la pared lo sabía.

Cuando por fin salimos de allí, llevaba aceitunas aplastadas en las rodillas y aquel olor metido por todas partes. Mi madre me hizo lavarme dos veces. A la mañana siguiente todavía estaba convencido de que llevaba la almazara pegada por dentro.

En clase tuvimos que redactar el proceso de extracción del aceite. En mi redacción se colaron algunas torceduras:

«Haceyté»

«Ha sido olé rico»

«Almorzár»

Mi padre rodeó las tres con lápiz rojo. Sobre la última escribió «ALMAZARA» con unas mayúsculas que parecían gritar y me mandó copiar cien veces como Dios manda:

«El aceite obtenido en la almazara es rico en ácido oleico».

Hacia la línea treinta, «ácido oleico» empezó a convertirse otra vez en «ha sido olé».

Hacia la setenta, yo mismo ya no sabía cuál de las dos cosas estaba copiando. Mi padre sí.

—Este hijo mío no hace una palabra derecha —dijo aquella noche en la mesa—. No vale ni para aceite lampante.

Mi abuelo levantó la vista.

—¿Tú has visto alguna vez un olivo derecho del todo?

Mi padre no contestó.

—Pues eso —dijo mi abuelo, mojando el pan en el aceite—. Y bien que dan aceite.

Luego me señaló con el trozo de pan.

—Este tardará un poco más en arrancar. Déjalo crecer.

Nadie dijo nada durante un buen rato. Yo miré la aceitera de plata. Una gota había resbalado por el pico y avanzaba despacio hacia el mantel. Luego desvié la mirada hacia la ventana. Al lado estaba el estante donde guardábamos los libros de casa. Yo leía solo los títulos. El que más me gustaba de todos ellos era El barón rampante, que un tío mío, cura en Roma, había traído a casa. Por culpa de aquel título, durante años estuve convencido de que el abuelo llenaba su lámpara con aceite rampante en lugar de lampante.

Si se me hacía de noche con los deberes, mi abuelo se quedaba conmigo. Fumaba, hojeaba una revista muy arrugada y, por puro capricho, encendía la lámpara, aunque mi madre protestara por el olor. Parecía gustarle el temblor de la llama y aquel humo leve que le recordaba otros tiempos. A mí me gustaba mirarlo mientras la encendía.

Una noche me sorprendió distraído y acercó la lámpara al cuaderno.

—Mírala. ¿Qué tiene?

Me encogí de hombros.

—Luz —respondió él por mí, antes de que yo dijera nada.

Abrió entonces la mano. Llevaba un puñado de aceitunas.

Había verdes, moradas, grandes, pequeñas, lisas, arrugadas.

—¿Ves dos iguales?

Negué.

—Pues todas llevan aceite —dijo—. Y ninguna sobra. Así que ya ves tú.

Las echó por la mesa y volvió a fumar como si no hubiera dicho nada importante.

Cuando terminaba las cien líneas o las cincuenta o las que me hubieran caído aquel día, cerraba el cuaderno y mi abuelo intentaba apagar la lámpara. Siempre tenía que soplar dos veces. Yo lo sabía de antemano y me entraba una risa que me tragaba para no estropear la ceremonia.

Los castigos terminaron cuando terminé la escuela. Creo que todos respiramos aliviados, incluido mi padre. Había aborrecido escribir y decidí que las palabras y yo habíamos acabado para siempre. Salí a la ciudad y me di cuenta de que huía del papel, pero al hablar todo me salía sin baile de letras. No sé cómo empezó todo, pero me gustaba contar historias a los amigos para hacerlos reír, esta vez a propósito, no como en la escuela donde se reían sin mí. La primera vez que hablé ante desconocidos, me equivoqué en una palabra, pero lo hice con gracia. Esperé la corrección que siempre había llegado de niño… y, en vez de corregirme, se rieron conmigo. Después me pidieron que hablara en reuniones, en celebraciones, delante de gente que no conocía. Por escrito, mis equivocaciones eran errores; al hablar, a veces tenían gracia. Por primera vez, nadie me pedía que corrigiera nada. Aquello fue el principio de todo.

A los años volví al pueblo buscando algo de lo que había dejado allí. La lámpara seguía en la repisa. Me recordaba a mi abuelo. La aceitera, a mi padre. Mi madre continuaba utilizando la tetera y todavía hacía jabón con el aceite usado, como había hecho siempre. En una libreta antigua encontré una lista de palabras de cuando era niño. Allí estaba:

«javon oso»

con uve y partido en dos. Me hizo tanta gracia que, cuando la ayudé a preparar unas pastillas para una feria local, les puse una etiqueta improvisada:

«Javon oso».

Se vendieron todas. Después vinieron otras ocurrencias y, casi sin darme cuenta, acabé montando Ole&Co.

Una tarde me senté en la cocina mientras mi madre preparaba té. Ya era mayor y sus manos también. Echó unas gotas de aceite en la taza y empezó a remover.

Clic, clic.

No pensé en nada al principio. Solo escuché. La cucharilla chocó otra vez contra la porcelana y, de pronto, regresaron las filas interminables, la lámpara del abuelo, el olor de la almazara, el rótulo que decía una cosa y yo leía otra.

Miré la superficie de la taza. Las gotas giraban, se dispersaban un instante y volvían a reunirse arriba cuando la cucharilla se detenía.

—Sigues haciendo eso —le dije.

—¿El qué?

La señalé. Se encogió de hombros.

—Me gusta así.

No había nada especial y, sin embargo, a mí me lo parecía. Solo una mujer removiendo una taza como lo había hecho toda la vida.

Quizá por eso la escena me golpeó más. Pensé en las veces que mi padre había querido poner mis letras en su sitio.

Clic, clic.

Me quedé mirando las gotas de aceite. Durante unos segundos, té y aceite permanecían juntos.

Empecé a probar. Primero con demasiado aceite, y aquello resultó imbebible. Después con menos. Cambié las hierbas, la temperatura, el momento de añadirlo. Descubrí que unas gotas de un aceite verde y temprano bastaban para dejar aroma en la superficie y un picor breve al final del sorbo. Tampoco me importaba que volvieran a separarse.

Cuando conseguí dejarla a mi gusto, tuve que ponerle nombre. Pensé en varios. Ninguno me gustó. Entonces recordé aquel ejercicio de la almazara. Busqué entre los viejos cuadernos hasta encontrarlo. Allí seguía, rodeada en rojo, una palabra que me había obligado a corregir:

«Haceyté»

Con hache, con y griega y con aquella tilde final que yo plantaba cuando no sabía dónde ponerla. La copié exactamente igual en la etiqueta. Esta vez nadie la rodeó. Treinta años después de haberla escrito mal, la palabra había encontrado por fin un sitio donde estaba bien.

Miré hacia la repisa de la chimenea. Allí seguían los tres recipientes.

La lámpara seguía alumbrando con un aceite que nadie habría servido en la mesa. La aceitera conservaba las letras que yo había temido borrar con los dedos y me devolvía el recuerdo de mi padre enseñando a leer a los olivareros. La tetera seguía trayendo consigo aquel pequeño rito: té y aceite juntos un rato, separados después.

Toda mi vida había cabido dentro de aquellos tres recipientes. Solo había tardado media vida en aprender a leerlos.

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