262. Revelación

Enzo

 

—No es lo que esperabas, ¿verdad?

—Yo… no… No lo sé —vaciló el recién llegado—. Es solo que…

Era patente que no sabía cómo finalizar su frase, así que el otro emitió una risa cargada de condescendencia antes de volver a hablar.

—Es curioso que ninguno siquiera lo sospechéis. Al menos últimamente, pues los que os precedieron resultaron mucho más perspicaces. Por eso inventaron mitos sobre diosas que los hicieron brotar de una piedra para alimentar a la humanidad, sobre palomas que entregaban una de sus ramas a los supervivientes de las purgas divinas como símbolo de una nueva oportunidad. Por eso coronaban a los triunfadores con sus ramas, ungían a los enfermos con su aceite y enviaban a los muertos al otro mundo envueltos en su aroma. Por eso, cuando mi hijo hecho carne vio próxima su muerte, lloró entre ellos.

»No. Claro que no soy un anciano con túnica y barba blanca, como parecías esperar. Fuisteis vosotros quienes me asignasteis tal forma e ideasteis aquello de «A su imagen y semejanza». Como si fuerais mi mejor obra, aquella de la que debería sentirme más orgulloso.

»Qué arrogantes sois —concluyó el olivo.

 

 

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