259. Eslabones

Margarita

 

Luego del velorio de la abuela mamá y papá solo me soltaron las manos al cerrar la puerta. Mamá se desplomó inmediatamente en el sofá y papá se sentó a su lado con el semblante rígido. El silencio abismal simplemente era interrumpido por sollozos y suspiros.

Por alguna razón, acaso incierta, bajé la vista a mis brazos y recordé vagamente otros cargándome bajo un sol fulgurante cada verano. Entonces, fui directo a buscar aquel frasco guardado amorosamente en la cocina. Lo llevé al salón y lo deposité en la mesa. Bastó destaparlo para que escaparan las risas, el sudor y la memoria de los dedos sumergiéndose entre la sal, el agua y las olivas.  

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