257. Decantación
A las cuatro de la mañana llamó un número que Tomás no tenía guardado. Atendió pensando que era del hospital, porque siempre pensaba que iba a ser del hospital, y en cambio era una voz de mujer que se identificó como oficial Ferreyra y le pidió que se vistiera, que un patrullero pasaba a buscarlo en quince minutos, que su padre estaba bien pero necesitaban un intérprete de lengua de señas y el único de la lista oficial en San Juan estaba de franco esa noche.
—Su padre pidió por usted —dijo la oficial, como si eso explicara algo. Le explicó, rápido, que legalmente hubiera preferido un intérprete certificado, que iban a tener que dejar constancia de que no lo era, y que como Abel era el único tutor que Tomás tenía, tampoco había a quién más llamar esa noche. Con un cuerpo todavía tibio camino a la morgue judicial de la Capital, la ley se estiraba un poco para el lado de lo posible.
Tomás tenía dieciséis años y llevaba diez traduciendo para Abel, desde que le sacaron la laringe entera y le dejaron ese agujero en la garganta que ahora tapaba con un pañuelo cuadrado, doblado siempre de la misma forma. Había aprendido lengua de señas argentina en un centro de Capital, los sábados, con una intérprete que se llamaba Norma y que decía que Tomás tenía «buenas manos», un elogio que a los ocho años no entendía y que ahora, mientras se ataba las zapatillas en la oscuridad, le sonaba a otra cosa: a una responsabilidad que todavía no sabía nombrar.
El patrullero llegó a los doce minutos, no quince. Manejaba un agente joven que Tomás reconoció del secundario y que no lo miró ni una vez por el espejo. Afuera todavía era de noche cerrada y las calles de Pocito estaban vacías salvo por algún camión que volvía de la ruta. Tomás iba sentado atrás, con las manos apoyadas en las rodillas, y en algún momento del viaje se dio cuenta de que las tenía cerradas en dos puños, algo que nunca hacía, porque la costumbre de traducir le había enseñado a mantenerlas siempre sueltas, siempre listas.
En la comisaría de Pocito no le dijeron nada tampoco, hasta que entró a la sala y vio a su padre sentado con las manos apoyadas sobre la mesa, quietas, una encima de la otra, en la posición exacta en que Tomás le había enseñado a esperar sin gesticular sin querer, la misma que usaba en las salas de espera de los hospitales, en las audiencias del colegio, en cualquier lugar donde las manos de Abel pudieran decir algo antes de que él decidiera decirlo. La sala tenía un tubo fluorescente que zumbaba con una frecuencia distinta a la de los otros dos, un mapa de la provincia clavado torcido en la pared, y sobre el escritorio de Ferreyra un termo y un mate con la yerba lavada, abandonado a medio cebar.
—Walter Robledo —dijo la oficial, leyendo de una hoja—. Falleció esta madrugada en la planta de la cooperativa. Su padre estaba de turno. Es el único testigo.
Abel levantó las manos apenas Tomás se sentó frente a él. No saludó. Fue directo a la seña que usaban en casa para «tranquilo», dos dedos bajando despacio desde el pecho, una seña que no estaba en ningún manual porque la habían inventado ellos, en el hospital, la semana después de la operación, cuando Abel todavía no sabía que se podía vivir sin voz y Tomás, que tenía seis años, se la inventó para que su papá dejara de llorar sin sonido.
Ferreyra puso el grabador sobre la mesa, aunque no iba a servir de nada.
—Decile que cuente desde el principio.
Abel empezó por el decantador. Era lo primero que enseñaba a cualquier operario nuevo, y lo signó con la misma seña técnica que usaba en la planta para explicárselo a los pasantes: las dos manos formando un cilindro invisible, girando una alrededor de la otra, cada vez más rápido, hasta separar lo que pesa de lo que flota. Adentro de esa máquina, dijo con las manos, el aceite todavía no es aceite. Es una mezcla de pulpa, agua de vegetación y orujo que entra caliente desde el batido, y la fuerza centrífuga la aplasta contra las paredes que giran a tres mil vueltas por minuto, mientras el tornillo sinfín arrastra el sólido para un lado y deja escurrir el líquido para el otro.
Cuando se atasca, dijo Abel, hay que pararla del todo. Bloqueo y candado. Nadie mete la mano ahí con el sinfín girando, ni con el motor apagado si no se sacó la llave. Y la llave, dijo, no salía del tablero hasta que el tambor no completaba los cuarenta segundos: un seguro mecánico, no una promesa.
Tomás traducía en voz alta, apenas un instante detrás de las manos de su padre, y a los tres minutos ya no estaba traduciendo palabras sueltas sino frases enteras, como hacía siempre, el oído afinado en el ritmo de Abel más que en cada seña individual. Era un trabajo que nadie le había enseñado del todo: en la escuela de Norma aprendió el vocabulario, pero el idioma de su padre —el que usaban en la cocina, en el auto, en los silencios largos después de que la madre de Tomás se fue a Chile con otro hombre cuando él tenía siete años— era otra cosa, más rápido, más elíptico, lleno de señas que Abel inventaba sobre la marcha y que Tomás entendía antes de que terminaran de formarse.
—A la una y media se cortó la cinta transportadora —siguió traduciendo—. Walter fue a destrabarla. Volvió como a las tres, quejándose de que el decantador vibraba raro.
Abel se quedó un momento con las manos suspendidas, como si buscara el orden exacto de lo que venía, y después las movió despacio, casi con cuidado, describiendo la planta vacía a esa hora: los tres operarios del turno noche dispersos en otros sectores, la bodega de tanques en penumbra, el zumbido parejo de los motores que después de un tiempo dejaba de escucharse del todo. Era temporada alta de cosecha, la planta corría turnos de veinticuatro horas desde hacía diez días, y todos en la cooperativa andaban durmiendo poco y mal. Walter se había subido a la pasarela de inspección con una linterna en la boca porque el reflector fijo de esa zona estaba quemado. Abel lo vio desde la sala de control, a través del vidrio, agachándose sobre la tapa del decantador.
Lo que pasó después, Abel no lo contó con manos sueltas. Lo contó con el cuerpo entero, como hacía siempre que algo le costaba, los hombros metidos hacia adelante, la cara haciendo el trabajo que en lengua de señas hacen las cejas y la boca cuando las palabras solas no alcanzan.
El ruido cambió, signó.
No un ruido nuevo: el mismo motor, pero distinto, un motor que encuentra algo que no debería estar ahí. Corrió hacia la pasarela. Walter tenía el brazo atrapado hasta el codo en la escotilla, enredado en el sinfín, ya sin manera de que nadie se lo sacara a tiempo: el tornillo no perdona ni un segundo de más una vez que agarra tela o piel. Abel apretó el botón de emergencia apenas llegó, con toda la fuerza de la mano, pero el tambor, por inercia, iba a tardar los mismos cuarenta segundos de siempre en detenerse del todo. Se quedó agarrado a la baranda, contando esos segundos sin poder hacer nada más.
Tomás tradujo todo eso con la garganta apretada, sin que se le notara en la voz, porque la práctica le había enseñado también eso: a separar lo que sentía de lo que traducía, capa por capa, como el aceite se separa del agua y del orujo adentro de esa misma máquina que ahora estaba precintada con cinta amarilla, esperando a un perito.
—¿Su padre revisó la máquina antes de que el señor Robledo volviera a entrar? —preguntó Ferreyra.
Abel asintió con la cabeza, y con las manos hizo la seña de «antes», el brazo derecho trazando un arco hacia atrás, hacia el lado izquierdo de su cuerpo, el mismo espacio que en cualquier lengua de señas marca el pasado.
Lo que siguió, Abel lo contó en un orden que a Tomás, en cualquier otra circunstancia, le hubiera parecido perfectamente normal. Apretó el botón de parada de emergencia. Esperó a que el tambor dejara de girar, que en esa máquina tarda cuarenta segundos por la inercia, cuarenta segundos que Abel siempre hacía contar en voz alta a los nuevos como si fuera una plegaria. Sacó la llave. Se la guardó en el bolsillo del mameluco. Recién entonces, dijo, Walter abrió la escotilla de inspección.
Era la misma secuencia que Abel repetía en cada capacitación de seguridad, palabra por seña, desde hacía ocho años. Tomás la había visto tantas veces —una vez incluso actuada con un maniquí, para un video de la cooperativa— que la reconoció antes de que su padre terminara de signarla, y por eso, quizás, fue el único que notó el segundo de más.
Fue en la seña de «guardó la llave». Abel la hizo con la mano derecha cerrada en un puño que bajaba hacia el bolsillo, un gesto limpio, automático, pero la ubicó en el espacio neutro, adelante del cuerpo, ni en la zona de «antes» ni en la de «después», como si esa parte de la historia todavía no hubiera decidido en qué orden pasar.
Tomás dejó de traducir dos segundos. Dos segundos que la oficial Ferreyra no notó, pero que en la lengua de su padre eran una eternidad, porque Abel, que llevaba años leyendo la cara de su hijo con la misma atención con que Tomás leía sus manos, notó la vacilación al instante.
No había manera de preguntarle sin que Ferreyra lo viera.
Tomás pensó en Walter Robledo, a quien había visto un par de veces en los asados de fin de año de la cooperativa, un hombre grandote que siempre se reía fuerte y que se ponía en cuclillas frente a los chicos para hablarles, algo que a Tomás de más chico le había gustado.
Pensó también en la otra vez, hacía seis años, cuando a Abel todavía le costaba sostener un turno completo, con la voz del laringófono que usaba entonces y que sonaba como un robot resfriado. Walter lo había encontrado dormido quince minutos en el vestuario, sentado contra los lockers, y en vez de despertarlo lo denunció al gerente esa misma tarde. A Abel casi lo echan.
Esa semana fue la única vez que Tomás lo vio pedirle a un médico una pastilla para dormir, y la única vez que lo encontró, ya de noche, sentado en la cocina de casa con los ojos hinchados, moviendo las manos despacio, sin apuro, para explicarle a un chico de diez años por qué un hombre grande podía llorar sin hacer ningún ruido.
Fue también la única vez que Tomás lo vio usar, con las manos, una seña a la que después nunca más volvió a recurrir: la seña para «odio», que en su familia no existía hasta esa semana y que Abel le enseñó sin que nadie se la pidiera, como si necesitara que alguien más supiera decirla, aunque fuera un solo chico de diez años en una cocina.
Tomás no sabía si su padre todavía se acordaba, o si se acordaba cada día, cada vez que se cruzaba a Walter en el comedor de la planta, cada vez que tenían que trabajar juntos un turno. El silencio ya llevaba varios segundos de más.
—¿Todo bien? —preguntó Ferreyra, notando la pausa.
Tomás asintió y volvió a las manos de su padre. Le pidió, con una seña mínima, casi nada, un parpadeo de dedos que solo un padre y un hijo entienden después de diez años de inventar un idioma juntos, que repitiera esa parte.
Abel repitió. Apretó el botón. Esperó los cuarenta segundos. Sacó la llave. Otra vez, en el mismo lugar exacto del espacio de señas, ni antes ni después, la mano formó el puño y bajó hacia el bolsillo.
Tomás miró el pañuelo cuadrado sobre la garganta de su padre, la tela subiendo y bajando apenas con la respiración. Por primera vez en diez años no supo qué pregunta hacerle con las manos. Se quedó con los dedos quietos sobre la mesa, exactamente en el mismo espacio neutro donde su padre acababa de dejar la seña de la llave.
Las manos de Abel, que en dieciséis años Tomás nunca había visto temblar ni siquiera el día que le dieron el diagnóstico, temblaron.
Ferreyra esperaba con la lapicera apoyada sobre la declaración en blanco.
—¿Qué dice?
—¿Intérprete? —insistió, más despacio, marcando cada sílaba como si eso ayudara—. Necesito que me diga qué contestó su padre.
El grabador seguía prendido, la lucecita roja fija, indiferente a que no hubiera nada que grabara salvo el silencio de dos personas moviendo las manos.
Tomás miró a su padre. Abel no bajó la vista esta vez. Se quedó mirándolo sin parpadear, las manos todavía abiertas sobre la mesa, como si quitarlas de ahí pudiera cambiar algo de lo que ya habían dicho.
Tomás estiró la mano derecha, despacio, y la puso sobre las manos de su padre, quietas ahora, una encima de la otra, sobre la mesa. No era una seña. Era solo peso, apenas más frío que la piel de Abel, que se quedó completamente inmóvil bajo la mano de su hijo.
—Dice que apretó la parada de emergencia antes de que Walter abriera la escotilla —tradujo Tomás, con la voz firme, mirando a la oficial—. Esperó los cuarenta segundos reglamentarios. Recién entonces sacó la llave.
Ferreyra escribió. La lapicera raspaba el papel en el único sonido de la sala.
Abel no movió las manos. Tomás tampoco sacó la suya de encima.
Afuera, en el pasillo, alguien dejó caer una taza. El metal contra las baldosas sonó tan seco y tan duro como sonaría una llave si a alguien se le hubiera caído del bolsillo, en vez de guardarla.