256. El secreto de una buena cosecha

Fotino Fotínez Fotín

 

Padre era el mejor sacudiendo los olivos; no se le resistía ni uno cuando cogía la vara. Le bastaba agitar la mano para que le entregaran sus frutos cual ofrenda, como si todo se lo debieran, como si nada pudieran quedarse para sí. A su paso, cestas llenas y ramas vacías.

Hasta que un día madre decidió poner fin a todo aquello. Ya no sufriría a padre cada noche, cuando volvía del olivar y parecía zarandear sus seis letras para construir un verbo horrible. Y, sobre todo, ya no permitiría ni un leñazo más porque nos trasplantaríamos a otro campo.

Una buena cosecha no surge por la brusquedad de los golpes sino por la delicadeza de los cuidados previos: entutorar el árbol de joven, podar aquello que sobra, saber usar los desechos como abono para crecer, propiciar que nunca falte luz ni sustento…

Padre vareaba los olivos; madre era quien los mimaba.

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