254. Su primer día

Iván Santamaría Pampliega

 

Los responsables del olivar se sorprendieron al ver a un enmascarado entrando directamente a las oficinas, saludando a los trabajadores como si nada. Salvo por la máscara, iba impecablemente trajeado —caro, de esos que no ves en El Corte Inglés—.

Algunos empleados devolvían el saludo incómodos. Había algo raro en él: una presencia de podredumbre acompañaba cada paso, cada sonrisa forzada bajo la tela.

Cuando llegó a la oficina, se apresuró a dar la mano, a felicitar por el trato. En un momento alguien preguntó:

—¿Es esto un atraco?

El hombre se sorprendió. Se disculpó: era su primer día, debía haber mostrado antes el contrato. La máscara, admitió, no fue la mejor opción.

Firmaron. Los olivareros acabaron con una sensación rara: mucho dinero, pero una profunda sensación de pérdida.

Cuando todo estuvo listo, le pidieron que se quitara la máscara. Fue peor. Debajo no había rostro —solo un enviado corporativo, incapaz de sentir la tradición, saborear el aceite recién prensado o disfrutar del olor a tierra mojada. El contrato que firma no huele a nada. Y eso, en los olivares, es lo más raro de todo.

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