253. El olivo de Midas
Se encontraba Ramón caminando entre los olivos, ojo avizor ante la presencia de prays, barrenillo o señales de repilo, cuando se percató del extraño tallo que brotaba de una de las ramas de aquel viejo olivo, uno de los más alejados de su casa. No había visto nunca nada igual, a pesar de haber nacido y crecido a la sombra de aquellos árboles y de no restarle en las manos, de tanto varear en su juventud, algo a lo que poder llamar piel sin mentir. Y es que los incipientes frutos no tenían la forma oblonga habitual, sino algo más parecido a un minúsculo canuto verdoso.
«Habrá que andarse con ojo», se dijo tras terminar de escrutar aquella rareza, pues cada vez era más frecuente la irrupción de plagas y parásitos desconocidos, propios de otras latitudes, y lo que menos le convenía era que si aquello era dañino, se extendiera a los demás olivos.
«O quizá sí», se dijo algo más tarde, mientras el sol empezaba a castigarle el cogote. Tal vez era lo mejor que le podía pasar: que una plaga acabara con todo su olivar. Así al menos tendría una excusa. Porque estaba cansado de curtirse el lomo con la vibradora, de arrastrar los fardos repletos de barro y desvaretar a cuarenta grados para tener que vender a un precio que apenas cubría el coste de producción, de tener que asumir los incrementos constantes de los carburantes, los fertilizantes o la electricidad, de rogar cada día a Dios por un poco de esa lluvia salvadora y a los políticos por una gotita de la que almacenan los embalses; de bregar con la burocracia, con el PAC, con la agresiva competencia exterior. Sí —se reafirmó—, una buena plaga, incurable, sería lo mejor. Porque no podía dejar el olivar sin más. Sus abuelos y sus padres se revolverían en sus tumbas. Pero si hubiese una buena razón para ello…
Y así le alcanzó el sueño, imaginando un futuro mejor. Un trabajo a la sombra, sentadito, en la ciudad. Aquello de cenar a la fresca, contemplando cómo el atardecer teñía de naranja el mar de olivos, era agradable, la verdad, pero también debía de serlo cobrar un sueldo fijo, con sus pagas extras; caminar solo cincuenta metros para poder comprar cualquier cosa o contar con restaurantes, cines o teatros cerca, y no a varias decenas de kilómetros.
Los canutillos habían crecido, comprobó a la mañana siguiente, después de haber recibido el día como una ducha de realidad que le despejó al instante toda ensoñación. Porque moriría entre aquellos olivos. «¿A quién trataba de engañar? ¿Qué otra cosa iba a hacer a su edad?», se dijo mientras se desperezaba. Sin embargo, aquel sueño que acababa de asumir quimérico, resucitó vigoroso cuando regresó ante los extraños frutos y se acercó aún más a ellos. Y es que le había parecido intuir líneas de un tono verde más oscuro recorriendo los pequeños cilindros. Arrancó uno al fin, picado por la curiosidad, y comprobó que el canutillo se desplegaba cuando se arrancaba de la rama, lo que lo transformaba en un pequeño rectángulo. Y también descubrió que las líneas que parecían en principio aleatorias formaban en realidad algo, aún difuso, pero reconocible: una especie de arco monumental. Le dio la vuelta al fruto y descubrió otra figura igualmente vaga. Un puente, en esta ocasión. Pero tanto el haz como el envés mostraban algo de cuya naturaleza no cabía duda: una cifra. Un cien.
Aquello era un billete de cien euros en miniatura.
«Pues sí, madre: el dinero sí que crece en los árboles», se repetía una y otra vez mientras comprobaba que en todos los frutos de aquel olivo estaban creciendo billetes de igual cuantía. Aunque había dejado de arrancarlos a partir del tercero, pues se percató de que aún no tenían el tamaño necesario para ser de curso legal y de que cada comprobación le estaba costando cien euros.
Dedicó un rato a tratar de entender la causa de aquel capricho de la naturaleza, pero debía de ser algo así como lo de uno y a la vez trino que le enseñaron los curas en el colegio y, siguiendo los consejos de San Agustín para tal enigma, cejó pronto en el intento. Lo que realmente importaba no era el cómo, sino el qué: que iba a ser inmensamente rico, que ya no iba a tener que volver a sudar la gota gorda.
Que, para él, se acabaron las preocupaciones para siempre.
Aquello no era cosa para andar pregonando, pero qué menos que mostrarle aquel milagro a la familia. O lo que era lo mismo, a su hermano Pedro, que era el único de ella que le quedaba con vida. Cuando este contemplaba tan ojiplático como Ramón días atrás aquellos billetes que se acercaban ya a la madurez, su orgulloso dueño habló con un tono que, aunque pretendió sonar generoso, le salió algo condescendiente.
—No te preocupes por la universidad de la cría, que yo me hago cargo.
Pedro se giró hacia él despacio, pues los incipientes billetes parecían reclamar su mirada como el imán reclama al hierro.
—¿Cómo que tú te haces cargo?
—Pues eso. Que yo lo pago —respondió Ramón, tan henchido de orgullo que el botón superior de su camisa apenas era capaz de cumplir su cometido.
Pedro parpadeó dos veces antes de volver a hablar. Cuando lo hizo, su voz era distinta, su mirada era otra.
—¿Se te ha olvidado que la mitad de todo esto es mío o qué?
«Será posible. El muy sinvergüenza». Repitiendo ese mantra se pasó Ramón los siguientes meses, mientras sus abogados convocaban una reunión tras otra y, tras el fracaso de todas y cada una de ellas, aguardaba la fecha para la finalmente inevitable vista judicial. Pedro no había querido saber nada del campo ni del olivar de la familia desde los dieciocho años, cuando se marchó a la capital para estudiar en la universidad, argumentaba Ramón. Allí se había casado, había tenido a su hija y había trabajado desde entonces. Sentadito, con el aire acondicionado refrescándole la coronilla en verano y la calefacción calentándole las posaderas en invierno. No como él, que se había dejado la piel y la salud en las calles entre los olivos. Y que había logrado, aunque aún no supiera cómo, que de uno de esos árboles florecieran billetes. Así que no, no pensaba compartir aquella recompensa a su esfuerzo.
El juez le dio finalmente la razón a Ramón. Hubiera sido una victoria amarga, porque aquello supuso que Pedro y su familia manifestaran que jamás volverían a hablarle, pero la verdad era que todo resultaba un poco menos amargo con un olivo del que florecía dinero, así que no se lamentó demasiado. Solo que, ahora, la existencia de su árbol era de dominio público. Y entonces vinieron el Ministerio y los de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Que ese dinero no era de curso legal, decían, que no sé qué de la inflación y de los números de serie. «Mis narices no es de curso legal», replicó Ramón, pero los argumentos vertidos con la mano sujetándose la entrepierna no parecían ser suficientes para esa gente. Así que hubo que volver a los tribunales.
Lo que ocurría era que, mientras la legalidad del dinero estuviera en el aire, sus abogados se negaron a aceptar el pago con el mismo. Al igual que sus proveedores, la cooperativa, las cajeras del supermercado y Paco el panadero. Así que tuvo que vender la maquinaria agrícola y, cuando las facturas siguieron llegando, su casa y el olivar, si bien se cuidó de destinar sus últimos ahorros a pagar al abogado para que dejara bien claro en el contrato de compraventa que el olivo de los billetes y una superficie de diez metros cuadrados a su alrededor seguían siendo de su propiedad.
Tampoco pasaba nada: aún le quedaba algo de calderilla para comprarse una tienda de campaña que instaló junto al árbol y convirtió en su vivienda provisional.
Cada poco tiempo llamaba al abogado, a ver si había ya fecha para el juicio, pero llevaba un par de minutas sin poder pagar, así que cada vez era más extraño que respondiera al teléfono.
Pasaron la primavera y el verano sin noticias del letrado, y el frío empezó a traspasar la fina tela de la tienda de campaña. Hombre, era su hermano, ¿cómo no le iba a acoger en su casa unas semanitas por un quítame allá esas pajas? —pensó cuando se dispuso a llamar a Pedro—. ¿Desde cuándo los hermanos se guardan rencor por unos duros? Pues sí, sí que lo hacen, descubrió cuando comprobó que tanto Pedro como su sobrina habían bloqueado su número de teléfono.
Aunque menos mal que no se había marchado a la ciudad, porque aquella misma noche pescó a unos chavales intentando llevarse unos billetes de su olivo al amparo de la noche. Consiguió ahuyentarlos fácilmente esgrimiendo una vara, aunque hubiera sido suficiente con mostrar su rostro cansado y deteriorado, que reflejaba el tiempo que llevaba sin dormir a causa de las preocupaciones, del frío y de lo incómodo de su lecho, y por ende su total falta de tolerancia y de compasión ante cualquier transgresor.
Solo que, unas noches más tarde, no fueron chavales los que se presentaron en el olivar, sino un grupo criminal organizado. Se bajaron de una furgoneta negra, encapuchados y empuñando armas automáticas, así que tuvo que dejar que se sirvieran, qué remedio, pues esos no tenían pinta de achantarse ni ante un palo ni ante un rostro huraño. Dejaron el olivo bien pelado, si bien Ramón se consoló con el hecho de que, al menos, los árboles tienen la buena costumbre de volver a dar frutos una y otra vez.
Aunque debía prepararse para cuando volvieran, eso sí. Tal vez le quedaba algo de dinero para una escopeta de caza de tercera mano, pero, ¿qué iba a hacer con ella frente a criminales entrenados y equipados con armas de guerra? Solo tenía, pues, una opción: contratar a otro grupo armado para defender el olivo.
Resultaba que hasta los mercenarios contratados a través de la deep web conocían de las dudas legales sobre su dinero, así que no pensaban aceptarlo como pago. Pero sí que aceptaban otras cosas. Al parecer, existía gente por todo el mundo dispuesta a pagar mucho dinero por un órgano. O, simplemente, por ver a alguien prescindiendo de uno de sus dedos. Más incluso si se trataba de otras partes del cuerpo. O por ver a un humano hacer cosas enfermizas, innombrables. Pero «qué remedio», se dijo de nuevo Ramón.
La sentencia salió justo a tiempo, cuando a Ramón no le quedaban ya dedos que ofrecer. Ni siquiera partes de su cuerpo de las que poder desprenderse sin morir. Y, afortunadamente, la justicia le daba de nuevo la razón.
Les hubiera pagado la minuta a sus abogados arrojándoles billetes de cien a la cara, pero no tenía manos ni brazos con los que poder hacerlo, así que solo pudo firmar un cheque de modo casi ininteligible sujetando el bolígrafo con la boca.
Pero se había acabado, pensó. No solo los eternos litigios frente a su hermano y frente al Estado, sino lo de malgastar su vida cultivando y vareando, cargando la aceituna y llevándola a la almazara para molturarla; la angustia cada vez que subía el precio del fertilizante, cada vez que el cielo se obstinaba en no permitir que una sola nube mancillara su perfecto azul durante semanas.
Se acabaron las preocupaciones.
Era cierto que en aquella lujosa urbanización a las afueras de la ciudad ya no escuchaba una sinfonía de grillos en la noche, no descubría los olivos perlados de rocío en la mañana, ni se le llenaban los pulmones de vida cada vez que tomaba aire. Y también que ya no podía ir a la tasca a jugar al mus con los parroquianos, o simplemente salir solo a la calle, no fuera a ser que lo secuestraran.
Pero era rico. Inmensamente rico, pensó mientras le cogían en brazos para levantarlo de la silla de ruedas, lo depositaban en su asiento adaptado para la piscina, y le introducían la pajita de un daiquiri en la boca. Solo estaría unos minutos, pues en un rato darían comienzo las citas y reuniones diarias. Con los médicos que le trataban para que cicatrizaran correctamente los muñones y velaban porque su salud no se deteriorara aún más por la falta de algunos órganos y por las poco salubres prácticas que tuvo que realizar ante sus espectadores de la deep web. Con sus asesores financieros, que le venían alertando del riesgo de sus posiciones y la volatilidad extrema del mercado a causa de la guerra y de la irrupción en el sistema de un árbol que generaba dinero. Con sus abogados, que trataban de crear una estrategia adecuada para que Hacienda no se llevara todo lo que pretendía de sus ganancias. Con el capitán de su cuerpo de seguridad, que decía necesitar más hombres y armas para contrarrestar los cada vez más frecuentes asaltos al olivo de grupos criminales de todo el mundo. Con el capataz, que decía haber visto indicios de una plaga letal en el olivo.
—¡Ahhh, qué vida esta! —exclamó Ramón Midas después de dar un sorbo a su daiquiri.