252. Segundas embestidas

María Peñalva León

 

Sonó el ángelus y poco después cesaron los golpes. Creí que todo había terminado.

Las que habíamos sobrevivido nos quedamos tendidas.

Un traqueteo me puso en alerta y avisé a las demás:

—¡Rodad!

Nos desperdigamos como pudimos. Unas buscaron refugio tras las piedras. Otras se abandonaron a la pendiente. Las más valientes aguantaron hasta el último instante, citando a la bestia.

Mientras el suelo temblaba, el gran erizo de metal se nos echó encima.

Intenté esquivar su embestida, pero había rodado hacia la pendiente equivocada. Fue entonces cuando sentí una punzada seca en la cabeza.

Oscuridad.

Cuando volví en mí, estaba amontonada entre otras. Algunas teníamos un pinchazo en la cabeza. Del mío rezumaba una lágrima verdosa.

A lo lejos, el rodillo de púas seguía peinando los surcos.

Bajo los olivos aún quedaban algunas, ajenas a su destino, dormitando al sol.

A nosotras nos esperaba otra suerte.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad