249. Cuando los olivos se inclinaron

Roomer

 

En Jimena, los olivos llegan hasta las casas y, desde algunas lomas, parece que el pueblo hubiera sido construido a orillas de un mar inmóvil. Don Rafael había vivido allí tantos años que ya nadie recordaba de dónde había venido. Dormía en una habitación contigua a la iglesia de Santiago el Mayor, donde había ejercido de sacerdote y, según decían las mujeres que acudían a misa de diario, de hombre santo. No hacía milagros, al menos ninguno que pudiera certificarse. Curaba algunas tristezas escuchando en silencio y tenía la costumbre de bendecir los olivos después de las heladas.

Nadie en Jimena sabía de dónde era don Rafael. Llegó siendo joven. Su acento no era de allí. Unos decían que era del norte. Otros decían que no era de ningún sitio.

No hablaba de su familia. Ni de su ordenación. Si alguien preguntaba, sonreía a medias. Eso bastaba para cambiar de tema.

Ningún pariente lo visitó nunca. Tampoco cuando enfermó. Tampoco en el entierro.

En sus primeros años en el pueblo, algunos lo vieron subir solo hacia la cueva de La Graja. Casi siempre al atardecer. Se quedaba allí horas. Miraba las figuras pintadas en la roca. ¿Qué es lo que buscaba? ¿Solo era curiosidad? Nadie se atrevía a preguntar.

Un pastor lo vio varias veces. Contó que don Rafael hablaba en voz baja. Como quien reza. O como quien discute. Pero no había nadie más en la cueva. A veces se quedaba quieto frente a una figura. La del ídolo con ojos radiantes. Se quedaba tanto tiempo que el pastor se acababa marchando. No quería molestarlo.

Esas visitas duraron dos o tres años. Después pararon. Sin explicación. De un día para otro.

Don Rafael empezó a evitar el camino que pasaba cerca de la loma. Si alguien le preguntaba por la cueva, respondía siempre lo mismo: «Ya no hay nada que ver allí». Lo decía sin mirar a los ojos.

Algo le había pasado en aquellos años. Nadie supo qué. Él nunca volvió a hablar de ello. Ni con Mateo. Ni, según se supo después, con Dios.

Murió un martes de noviembre, poco antes del amanecer. Tenía ochenta y siete años. El médico, José Luis Cobo, anotó la causa («insuficiencia cardiaca») la hora (las seis y diez) y cerró el maletín. Mateo, el sacristán, se encargó preparar la iglesia y avisar al párroco de Bedmar que debía celebrar el entierro.

Antes de las diez, el velatorio empezó a llenarse. Mateo aprovechó para salir a respirar. Vio que sobre las tejas de la iglesia se habían posado varios pájaros, todos mirando hacia la misma dirección: el Aznaitín. Eran cuervos. Contó doce, quizá trece. No se movían. No graznaban. Mateo nunca los había visto tan quietos. Miró hacia el Aznaitín, pero no distinguió nada extraño en la sierra. Cuando volvió a mirar las tejas, los pájaros seguían allí, inmóviles, como clavados. Entró de nuevo en la iglesia sin decir nada a nadie.

Un poco antes del mediodía, mientras dos mujeres rezaban el rosario junto al cadáver, don Rafael abrió los ojos.

Mateo fue el primero en verlo.

No gritó. Retrocedió hasta la pared y se persignó.

El muerto giró lentamente la cabeza.

—No soy yo —susurró.

Después volvió a acostarse en el ataúd. Cerró los ojos.

El médico regresó. Lo examinó durante varios minutos. No encontró pulso ni respiración. La piel estaba fría. El corazón llevaba horas detenido.

Aquella tarde, la noticia había recorrido Jimena. Unos hablaron de error médico. Otros, de posesión. La mujer del estanco aseguró que desde hacía tres noches veía una sombra junto a la ermita de Nuestra Señora de los Remedios. Nadie quiso discutir con ella porque conocía demasiadas historias y vendía tabaco.

El padre Gabriel Herrera, un sacerdote jesuita que había llegado desde Jaén para acompañar a la familia, pidió que nadie tocara el cuerpo hasta que pudiera hablar con el obispo. Mientras tanto, Mateo permaneció en la iglesia.

A las once de la noche oyó golpes dentro de la sacristía.

Encontró los armarios abiertos y los vasos sagrados en el suelo.

El cuerpo de don Rafael estaba sentado.

—Mateo —dijo—. Reza.

El sacristán cayó de rodillas.

—¿Por quién?

El anciano señaló hacia el altar.

—Por mí.

Mateo empezó el rosario. El padre Gabriel se incorporó a la oración. Las cuentas pasaban entre los dedos mientras fuera el viento atravesaba los olivares.

Entonces apareció una mujer en la puerta. Era Antonia, una vecina que vivía cerca de la iglesia.

—Yo sé lo que pasa —dijo.

Nadie respondió.

Antonia miró el cadáver.

—Mi abuelo decía que esto ya estaba dibujado antes de que nosotros llegáramos. En la cueva de La Graja hay figuras prehistóricas. Animales, hombres, cosas que nadie sabe explicar. Decía que allí había magia.

Antonia no contó todo lo que sabía. De niña, había visto salir a don Rafael de la cueva con la cara desencajada, casi corriendo, como quien huye de algo que no puede nombrar. Se cruzaron en el camino y él no la miró. Nunca volvió a verlo subir hacia la loma después de aquel día. Guardó el recuerdo durante décadas, sin saber muy bien por qué le parecía importante, hasta esa misma noche, junto al cadáver que hablaba.

El padre Gabriel la miró con severidad.

—Aquí no hablamos de magia.

—Pues llámelo como quiera, padre.

Un golpe sacudió la puerta.

Después otro.

Los cirios se apagaron al mismo tiempo.

Mateo siguió rezando a oscuras.

Había recordado algo que don Rafael le había dicho muchos años atrás, cuando ambos regresaban de la ermita de Nuestra Señora de los Remedios: «Cuando llegue la hora, no le tengas miedo al demonio. Tenle miedo a creer que estás solo».

Mateo apretó el rosario.

—No está solo, don Rafael.

La iglesia quedó en silencio.

A través de las ventanas se vio entonces algo imposible: los olivos comenzaron a moverse, aunque el aire estaba completamente quieto. Las ramas se inclinaban todas hacia Santiago el Mayor, como si alguien invisible caminara entre los árboles.

Don Rafael abrió los ojos.

Por detrás de él apareció una figura oscura, alta, sin rostro. Parecía salir de la piedra misma del altar.

Era del color de la piedra mojada. Ocre. Oscura. Parecía cambiar cuando la miraban. A veces era una sombra. A veces, otra. No tenía forma fija. Las velas no la dibujaban en el suelo. Tampoco la luna, que entraba por la vidriera. Allí donde tocaba, quedaba una mancha húmeda. Duraba unos segundos. Luego desaparecía. Mateo la miraba de lado. Rezaba. Volvía a mirarla. Aquel color le resultaba conocido. No sabía de qué. Lo había visto alguna vez. Tal vez en la piedra de la cueva. Tal vez en una fotografía que don Rafael guardaba en un cajón. Nunca se la había dejado ver. Mateo tampoco había vuelto a preguntar. Desde entonces, cada vez que recordaba aquel color, pensaba en aquella cueva oscura.

El padre Gabriel comenzó a recitar el exorcismo.

Mateo no dejó de rezar.

La sombra avanzó.

El cadáver levantó una mano.

—Ahora —dijo.

Las campanas de Santiago el Mayor sonaron.

No había nadie en el campanario.

La sombra retrocedió. Se hizo pequeña. Después pareció doblarse sobre sí misma. Como un trapo mojado. Quedó en el suelo una mancha oscura. También llegó un olor a tierra mojada. A piedra vieja. Mateo lo reconocería años después. Era el olor de la cueva de La Graja cuando llovía. Los demás no parecieron darse cuenta. El padre Gabriel siguió con el exorcismo. Tenía los ojos cerrados. Antonia seguía junto a la puerta. No se movió. Miraba el altar. No quería apartar los ojos. Temía que aquello volviera. Que regresara sin que nadie lo viera.

Entonces sonó otra campanada. En algún lugar del pueblo, un perro empezó a ladrar.

Después llegó una tercera. Con ella, la figura desapareció como desaparece una mancha cuando alguien vierte agua sobre ella.

Don Rafael sonrió.

—Gracias.

Su cabeza cayó hacia un lado.

Esta vez no volvió a abrir los ojos.

El médico certificó la muerte definitiva a las cuatro y veinte de la madrugada.

Lo enterraron al día siguiente. Durante el entierro, nadie habló de demonios. Antonia llevó unas flores recogidas cerca de la ermita de Nuestra Señora de los Remedios. Mateo, que no volvió a trabajar de noche en la iglesia, guardó el rosario de don Rafael en un cajón.

Meses después encontró una carta que el sacerdote había escrito antes de morir.

Solo decía: «Durante toda mi vida recé por los muertos. No sabía que algún día necesitaría que ellos rezaran por mí».

Mateo conservó la carta.

Muchos años después, poco antes de morir, Antonia contó que había vuelto a soñar con la cueva de La Graja. En el sueño, las figuras de las paredes se movían bajo una luz rojiza. Entre ellas había una nueva.

Era un hombre arrodillado.

Sobre su cabeza aparecían tres objetos que parecían campanas.

El día de su muerte, Antonia despertó antes del amanecer.

Desde su casa podía verse Santiago el Mayor.

Las campanas empezaron a sonar a deshora.

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