248. Canto hondo

Edwin E. Figueroa Acevedo

 

 Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

-Miguel Hernández

 

Los olivos,
están cargados
de gritos.

-Federico García Lorca

 

El anciano aceitunero caminó durante cincuenta años entre las hileras de su olivar cantando coplas antiguas y poesía de Lorca y de Miguel Hernández. Su voz ronca, pero con un cálido dulzor, envolvía los ancestrales troncos. Los olivos respondían regalando un espléndido verdor y las aceitunas más brillantes y henchidas de la provincia. Comerciantes y taberneros venían de otras comarcas a buscar los afamados frutos. En cuanto a sus vecinos, decían que aquellos árboles no bebían agua, sino música y poesía.

Durante un atardecer de primavera, se sentó bajo el olivo más frondoso de sus terrenos. Como quien espera la llegada de un tren, se recostó sobre la raigambre con un dolor en el pecho; allí recibió la propicia gracia de la muerte. Cuando su labrador salió de la almazara, fue a despedirse y se topó con el cuerpo laxo de don Roque.

Todo el que llegaba a dar el pésame a la familia notaba que el olivar se había vuelto cenizo. Días después, se infestó de plagas que acabaron, poco a poco, con la solariega heredad. Nadie pudo salvar a los olivos, porque se aferraron a la fascinación de la palabra y la melodía.

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