242. En Los Arribes del Duero

Cristina Manías Fraile

 

Tras mucho lidiar con la abadesa, Beatriz consiguió el permiso y pudo sumergirse entre los polvorientos legajos de la biblioteca del monasterio. Fueron semanas de intenso trabajo descifrando su enigmático contenido, y por fin encontró lo que llevaba tanto tiempo buscando.

Tenía en sus manos el descubrimiento de los antiguos alquimistas, la fórmula del elixir de la vida eterna basado en el aceite de oliva virgen. Era el sueño de la humanidad. Pensó en sus antepasados, que durante centurias habían prensado olivas en los lagares desconociendo el tesoro que tenían en sus manos.

De pronto, una duda se instaló en su mente al pensar cómo sería el futuro si los actuales líderes políticos mundiales pudieran vivir eternamente.

Buscó una ventana, necesitaba respirar aire puro, refrescar sus ideas. Desde allí vislumbró el río, que bajaba con bravura inusitada por el aporte de las aguas del deshielo.

Salió del monasterio y caminó hasta lo alto de un roquedal. Aún con dudas surcando su mente, arrojó el manuscrito a las oscuras aguas del Duero, observando con una mezcla de tristeza y alivio cómo se desvanecía la peligrosa fórmula en las aguas del río, que continuaba su imperturbable travesía entre laderas cubiertas de olivos.

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