241. Con perdón de los chinos (Crónicas YayYanerienses)
Me cuentan que no hace tanto se encontró en China una mole de cerámica de regulares dimensiones, nobles hechuras y manufactura alfarera a la que la llamaron LosBotijos, bien pudiera ser que por inspiración divina, sin que yo pueda afirmar o negar ahora cuál entre los tantos dioses registrados hacia el Oriente sea el dios chino inspirador.
Lo que apunto sobre el nombre inducido va por el chirimbolo cerámico; no por el DiosChino. Lo del chirimbolo va porque, por los tiempos en los que trascurre esta historia, estaban haciendo obras en una plaza de Jaén inicialmente llamada DelMercado por razones obvias; luego DeLasPalmeras por una más que graciosa ocupación arborícola; más tarde DeLaConstitución por puro instinto plagiario (y para no ser menos que todos los que de repente se agenciaron su propia PlazaDeLaConstitución). Y popularmente conocida como DeLosBotijos, por idéntica inspiración divina a la de los chinos, pero esa vez a los alfareros que mucho tiempo antes se instalaron en las calles aledañas, propiciando que el último alfarero de la comarca, PacoTito, regalara a la ciudad una de sus obras maestras, incitando a las nuevas generaciones a llamar así a la tal plaza más por lo que tiene de simbólico un botijo de barro frente a la sed rural que por el volumen del cacharrico con el que arranca esta historia.
Cuando comenzó la enésima rehechura de la polisémica Plaza, como no sabían dónde poner el “avolumen” mientras durara la nueva obra de LaPlazaDeLoQueFuera, pero era preciso conservar ElCacharro por tratarse de una obra artesana de primera categoría, parece que, tras unos meses de inmovilidad en las cercanías de la estación del tren de Jaén por la que ya no pasan trenes, lo mandaron a China (o a la Conchinchina; no estoy segura), traslado que se hizo aprovechando el último tren que pasó por Despeñaperros camino de ningún sitio allá por el mes de septiembre de 2026.
Debo decirles que lo complejo de los hechos que estoy refiriendo me obliga a dar bandazos; aunque no quisiera yo apartarme de la historia inicial. Lo que no quita para que alguna vez tenga que contar con mayor esmero lo de las insidias de lo de LosTrenes de Jaén.
Y, ahora, a lo de LosBotijos.
Como semejante chirimbolo, por cierto firmado y alzado hasta la gloria por el tal PacoTito, y llevado en volandas desde la plaza en obras hasta su destierro por el propio PacoTito, con la ayuda de su hijo y de su nieto, daba cuenta de una civilización muy avanzada en su día, se pusieron los chinos halladores del cacharro a cavilar si, dada su antigüedad aparente, no sería uno de aquellos recipientes alfareros en los que LosRomanos guardaban y transportaban el aceite de oliva. Pronto desecharon esa ideíca ante la observación de ciertas marcas de fábrica muy posteriores al tiempo de LosRomanos, cosa que desoló a LosChinos, que ya se habían hecho el cuerpo a hallar en su interior tan santos como suculentos óleos y poder contar de rebote con el aceite del año.
Así las cosas, para asegurarse de su origen, decidieron rebuscar en todas sus rendijas y grietas como si hubiera que redescubrir América en mitad del barro cocido.
Se sabe que, rebuscando dentro de aquello llamado LosBotijos, por pura serendipia, apareció debajo de una laña un documento, al parecer de un material ya en desuso llamado “papel” que, una vez desenrollado, pronto se maliciaron que pudiera ser el mapa de algún lugar borrado de cualquier mapa al uso, habida cuenta de los múltiples signos y símbolos apenas legibles, indiciarios de alguna catástrofe inconfesable, sin autoría o complicidades conocidos todavía, pero dignas de ser conocidas para hacerle justicia a la historia.
Como los chinos son como son (chinos de pura raza, muy parecidos a los gallegos de pura raza −y luego sabrán el porqué de tal símil−), tras analizar con lupa lo que figuraba pintado, roído y emborronado en semejante papel, tan lleno de historia a primera vista, solventaron que era preciso seguir con las pesquisas. Con una paciencia “jóbica”, propia de un trabajo de chinos, llegaron a la conclusión de que en algún lugar no muy preciso del mundo existió una vez una ciudad llamada Jaén, que, ungida por la diosa Atenea, (muy aficionada ella a los juegos malabares) con los mejores oleos que puedan cosecharse, acabó por convertirse en la envidia del mundo, al ser el único lugar del planeta con más de sesenta y seis millones de arbolillos aceituneros, descendientes todos ellos del originario olivo que la diosa Atenea se sacó de la manga. Se trataba de unos arbolillos recios como pocos, nobles como ellos mismos y capaces de inundar el universo de AceiteVirgenExtra antes de morir −¡AVE, César!−, cosa que Poseidón no le perdonó nunca a su colega, hacedora como acabo de decir del truco del primer olivo del mundo, mientras que a él lo único que se le había ocurrido inventarse para competir en las UrnasCelestes con Atenea fue una fuente de taza de agua salada más nauseabunda que el agua de carabaña.
Vencedora, pues, Atenea en sus primarias con Poseidon, no pudo evitar sin embargo que, sobre su ciudad protegida, Jaén, cayera la maldición del cainismo. Tal parece que, a imagen y semejanza de lo que se cuenta en los apócrifos bíblicos, en un descuido de la historia, Jaén y provincia fueron condenadas a muerte por decreto de algún Poncio de medio pelo, con acceso a aguamanil de propiedad pública y uso privado, y de maneras “barrabasleras” por llamarlo de alguna forma.
Producida la condena de Jaén como símbolo territorial de lo amenazante para los habitantes de las tierras del norte, la ciudad fue crucificada por semejantes ennortados con la ayuda de unos pocos secuaces aborígenes.
En poco tiempo, todos la dieron por muerta de agotamiento de sus paisanos de a pie, de manera que acabó por ser sepultada bajo una capa de vergüenzas compartidas entre los de aquí, los de allá y los de acullá, todos ellos merodeadores del pie de la cruz (o de la encrucijada, que de eso no estoy muy segura) donde la ejecutada había agonizado, dispuestos a disputarse cualquier girón sobrante de los varios hitajos[1] en que fue desgarrada la túnica de la crucificada.
No es de extrañar que LosChinos asistieran perplejos al hallazgo de una crónica, tan iniciática o más que la leyenda de Pangu[2] y, a un mismo tiempo, indiciaria de proféticas postrimerías como la otra leyenda: la de su Gong Gong[3].
En el curso de tales averiguaciones, llegaron LosChinos a la conclusión de que la tal Jaén debió ser una ciudad que dio nombre a una franja inexplorada de la lejana Europa, y más concretamente, a algún desconocido paraje identificado y reseñado como “la España vaciada”, donde, algún siglo atrás, y vaya usted a saber la causa −comentaron entre ellos−, la referida franja había sido desclasificada en las Olimpiadas Estadísticas por falta de aforo.
Un chino, mandarín por más señas, apuntó la posibilidad de que el desastre tuviera su origen en aquel desafuero con el que perdían los calzones los de las tierras del Norte por hacer “autovías”, que por entonces parece que se habían puesto de moda en la tal España, lo que bien pronto, −cuatro o cinco generaciones arriba o abajo−, además de agotar los veneros vitales demográficos, propició que fueran tantos los vehículos en circulación que acabaron con el aire en la sala de urgencias de todos los dispensarios con los que se contaba en los centros de respiración asistida, de tal manera que tuvieron que cerrar dichas salas de urgencias y, por ende, las ya inservibles autovías y autopistas, lo que obligó a aquella parte del mundo a tener que deshacerse de los vehículos autopisteros de pequeño y gran tonelaje con los que repartían por el mundo a su gente y su oro líquido; vehículos convertidos de un día para otro en un desperdicio.
De repente un nuevo problema los acongojaba: la basura.
No encontraron aquellos humanitas otra manera de deshacerse de la escoria chapera que no fuese lanzándola a los barrancos que todavía quedaban vacíos, entre los que se encontraban unas majestuosas hondonadas, de singular belleza y mejor ubicación estratégica, en cierto paraje fronterizo llamado Despeñaperros.
Las sesudas, concienzudas y minuciosas investigaciones chinas concluyeron que la chatarra arrojada en Despeñaperros por la falta de uso de las ya inútiles autovías fue de tal volumen que allí donde antes habían existido profundos barrancos y soberbias crestas, refrescadas por riachuelos, (de agua trasparente y dulce, y no turbia y salada como la de Poseidón), y atravesadas por túneles de medio pelo, por los que, en el ya lejanísimo S. XX, pasaban sin cesar trenes de media distancia, ahora, como mucho, lo que quedaba era una especie de inhóspito y negro altiplano, más endurecido que ElPanDeLosPobres[4], y más enrasado a cielo abierto que una plaza de toros −que es un decir por decir algo, porque en el tiempo de esta historia las plazas de toros eran ya prehistoria−. Se trataba ahora de un pedregal venido a menos, sin el menor rastro de baches o detrimentos propios de aprovechables caminos fronterizos, dado que todo había sido rellenado y aplanado con zahorra de caucho de neumáticos viejos, compactados de tal manera que nadie había vuelto a saber (ni querer saber) qué fuera lo que hubiera habido antes al otro lado, mirando hacia LaIzquierda de Despeñaperros desde detrás del esqueleto del último árbol al borde del precipicio.
Movidos por una sana curiosidad sin amarillismos, que iba ya más lejos que aquel papel amarillento, los chinos dejaron de lado monsergas papeleras y decidieron organizar una expedición científica para estudiar de cuerpo presente las causas y consecuencias de la pasión y muerte de toda una comarca hundida en la miseria del olvido: la tal Jaén.
Guiados por su natural talento oriental, aquellos sabios chinos quisieron conocer in situ las causas de la decadencia de toda una extensión señalada como “comarca”, “…sita tras Despeñaperros, bajando, y torciendo a LaIzquierda”, como parecía entresacarse de los borrones caídos en algún extremo del curioso mapa de los botijos.
Además, estaba lo de aquel inmenso lamparón sobre el papel, que indicaba su procedencia de una tierra bendecida por el aceite de oliva como ellos sospecharon desde el principio. Y, ya puestos, ellos, que eran tantísimos como los arbolillos de Atenea, no estaban dispuestos a freír sus exquisitos pangolines con otro aceite que no fuera el de oliva, −AVE−, tan escaso ya en China por falta de acarreo; de manera que interpretaron que, con el hallazgo de los indicios de la comarca fantasma, sus dioses les habían puesto delante de sus narices la solución a sus apetencias y el final de sus carencias.
No quisiera extenderme mucho más sin llegar a la última etapa de esta aparente sinrazón; razón por la que voy a resumir esta historia, sin perjuicio de ampliarla con lo que sea menester en caso de necesidad y demanda de información sobre los chinos en España.
El caso es que aquella expedición de ilustrados en aceite, después de atravesar medio mundo en tren para llegar a España sin perder de vista ni por un momento lo que ya no había al otro lado de las ventanillas, lograron tomar un convaleciente intercity que aguantaba como podía el trayecto Madrid/Venta de Cárdenas, −¡oh, milagro!−, como vestigio metálico de lo que pudo haber sido y no fue.
Aquel viaje en tren convencional fue un algo inolvidable para los observadores orientales por lo que pudieron ver desde el tren; pero, sobre todo, fue especialmente instructivo para ellos sobre la mejor manera de viajar que una vez idearan las criaturas, y volver cargados con cientos de piporros de un aceite capaz de resucitar a los muertos: el tren y sus acarreos.
Llegados al enclave crítico, y tras una primera inspección ocular, no fueron capaces de entender por qué parecía que allí pareciera que se acababa el mundo, de forma que decidieron ahondar en sus averiguaciones, comenzando por perimetrar el campo de trabajo, tomando como hito un esqueleto de árbol, asomado al borde mismo de un precipicio, en el que, algún siglo atrás, alguien, con un resto de esperanza, había grabado a punta de navaja en su tronco un mensaje críptico, posible adagio de la resurrección de los muertos:
Al olmo seco hendido por el rayo
y en su mitad podrido
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido[5]
Desde detrás de aquel esqueleto arbóreo convertido en agüero y atalaya, sin mácula alguna de hojas verdes, y movidos LosChinos por un asiático hálito de justicia distributiva, decidieron plantear un primer repartimiento de tierras: el Norte de Despeñaperros, para los del norte. El Sur, ladeándose hacia Sevilla, mejor ni tocarlo porque era de ellos. Y lo que quedara, que era apenas un erial de superficie, a no ser que debajo encontraran algo, lo publicitarían para los de Norte si lo pagaban bien.
Tras mucho excavar y escarbar en aquel amasijo de asfalto, chatarra y caucho de neumáticos que atoraba el paso del lugar fichado como Despeñaperros, empezaron a aparecer sucesivos rastros de railes por los que, debidamente aflorados, supieron que podrían orientarse hacia un lugar llamado Linares, nombre muy borroso en el mapa, pero excitante, ferruginoso a rabiar, plúmbeo milenario, y olivarero bermejo por el color de sus tierras, lo que le confería una desaprovechada vocación multifuncional. Desde allí, varios ramales de vía hablaban por sí mismos del alto grado de civilización alcanzado por los habitantes de la comarca, lo que les impedía razonar y descubrir del todo a mis dilectos chinos las causas de tan atroz decadencia comarcal.
Tuvieron que emplear todavía algunos meses hasta alcanzar un paraje agreste y hermosísimo, casi oculto por la maleza de todos los olvidos, que supusieron que era una ciudad enterrada, y supieron que se llamaba “Jaén” por haberse encontrado en las excavaciones un cartel que el tiempo pasado, que acaso fue mejor, había convertido en cardenillo, y que a duras penas se sostenía sobre un ejemplar único: un olivo de cornezuelo milenario sin cosechar.
Para hacer corta esta historia, remataré diciendo que LosChinos llegaron a la conclusión de que un grupo de habitantes llegados desde LoMásAlto, al otro lado de las excavaciones de Despeñaperros tirando hacia arriba, fueron los que siglos atrás decidieron desmantelar el tendido ferroviario, calificándolo por boca de un alcalde bocazas como “innecesario−teniendo−Sevilla”. Tuvieron claro LosChinos que, con semejante desenchufe, se derogaba cualquier posibilidad de progreso demográfico, cultural, comercial o jacarandero medianamente respirable, condenando a toda una comarca a ser enterrada bajo toneladas de neumáticos inservibles, hierros retorcidos y promesas incumplidas. Y condenando al propio tiempo al resto del mundo −pobres necios− a tener que prescindir del aceite de esas tierras de Jaén por falta de medios de acarreo clarividentes, con lo que la calamidad fue una simple cuestión de tiempo: el que tuvieran los antiguos habitantes de allende Despeñaperros hasta agotar las reservas que con tanta largueza habían repartido durante siglos los de Jaén por el mundo desde lo de los Romanos, primero a lomos de animales y luego en sus tan magníficos como inmolados trenes, de los que llegaron a tejer una red envidiable.
Hasta que llegaron LosHunos y LosHotros con sus cohortes de Tontolabas.
O, para no generalizar, digamos que hasta que alguien, con cerebro de PezLuna, convaleciente en un ataúd de cartón piedra, lanzó el grito mortal: ¡El tren ha muerto! ¡Viva el tren!
(Ojo, que la frase tiene miga y va con segundas −dijo un chino−. Que lo que importa es el tren, y no quien nos lo quite o nos lo ponga…).
El resto, también como en LosApócrifos, parece que fue “llanto y rechinar de dientes”, que en latín suena como fletus et stridor dentium.
Si han llegado leyendo hasta aquí, pensarán que esta historia es pura alucinación onírica, propia de una mente perversa como la de una servidora. ¡Ea! Así es si así os parece, que diría Pirandello, en el lejano siglo de los trenes, en lo que él mismo calificó como “farsa filosófica.
En mi descargo tengo que decir que, si se expurga en lo leído con paciencia china, se entresacará la certeza de que mi historia es un íntimo regocijo del diario recuerdo que le dedico a mi difunto compañero de vida, gallego por más señas, −y ahora saben el porqué de tal símil−, al que todavía no le perdono el haberse muerto sin previo aviso. El mismo que, cada vez que quería reírse de sí mismo, soltaba con voz campanuda: “para hacer desatinos, no hay como LosGallegos y LosChinos”.
A lo que yo añado que “para hacer desatinos no hay como LosGallegos, los que mandan alternativamente creyendo que mandan de por vida en lo del tren, que in illo tempore acarreaba el aceite de Jaén hasta la mismísima china…, y LosChinos”.
Con perdón de los chinos.
En un 12 de Septiembre de 2026
[1] HITAJO: Harapo; trapajo; colgajo desgarrado; cosa de poco valor. …ten cuidiao que te asoma un hitajo por debajo del mandil. <EXPRESIONARIO DE MÁGINA> de la autora.
[2] PAN GU ó PANGU: el más importante ser mitológico chino, habitante de un huevo hasta que rompió el cascarón con un hacha y salió a crear el mundo. https://mitologia.fandom.com/es/wiki/Pangu
[3] GONG GONG: ser mitológico impulsor de todos los desastres. https://mitologia.fandom.com/es/wiki/Gonggong
[4] El pan de los pobres: antigua revista de los devotos de San Antonio
[5] Inicio del poema de Antonio Machado AL OLMO SECO. Pero LosChinos no lo sabían.
[1] HITAJO: Harapo; trapajo; colgajo desgarrado; cosa de poco valor. …ten cuidiao que te asoma un hitajo por debajo del mandil. <EXPRESIONARIO DE MÁGINA> de la autora.
[2] El pan de los pobres: antigua revista de los devotos de San Antonio