233. La liturgia del olivo
El aceite malo no engaña a nadie. Te deja los dientes con ese gusto rancio que no se va ni, aunque después te bebas medio vaso de aguardiente. Pero el aceite de la primera varada era otra cosa. Salía verde, espeso, casi turbio, y cuando lo probabas te hacía cerrar los ojos. Mi padre me lo hacía probar siempre. “¿Qué sentís?”, preguntaba. Yo decía que amargo y él se reía. “Eso es que está vivo”. Después de la embolia ya no pudo volver a decirme cosas así. Se le quedó la boca torcida y el lado izquierdo del cuerpo muerto, sin obedecerle, como si de pronto alguien le hubiera quitado media persona. A veces intentaba hablar y no se le entendía nada. Otras veces ni siquiera lo intentaba. Pero yo todavía me acordaba de aquellas mañanas, cuando podía caminar derecho, cargar un saco sobre los hombros y quedarse mirando un olivo durante varios minutos sin decir una palabra, como si esperara que el árbol le contestara.
Aquella mañana traíamos las manos negras desde las seis. No de grasa, sino de esa mezcla de resina, polvo y savia que se queda pegada a los dedos cuando quebrás una rama. Se mete debajo de las uñas y ahí se queda. Éramos cuatro en la loma de los Algarrobos: Esteban, el tuerto, que todavía cargaba los fardos como si tuviera veinte años; la muchacha del cortijo vecino, que llevaba el rastrillo y no dejaba una sola aceituna atrás; mi padre, sentado en una silla de anea que habíamos subido entre dos hombres y un mulo; y yo, con la vara de avellano agarrada entre las manos, tratando de no pensar demasiado en los hombros, en la espalda ni en lo que faltaba todavía para terminar.
Había tres años de sequía encima de la finca. La tierra estaba tan seca que parecía que debajo no había nada. Cada golpe de la vara levantaba polvo y el polvo se metía por el cuello de la camisa, se pegaba al sudor y terminaba formando una pasta que picaba. El campo estaba lleno de árboles viejos y de ramas peladas. Habían venido dos veces los hombres de Madrid para comprar la loma. Querían poner placas solares donde nosotros teníamos olivos. Primero ofrecieron dinero. Después ofrecieron más. Mi padre ni siquiera quiso sentarse a escucharlos.
—Te pagan en una tarde lo que este campo no te da en diez años —le dije una vez.
Él me miró desde la silla.
—Entonces que trabajen ellos diez años.
Y no hubo manera.
Se quedó con la escritura, con los olivos y con una tierra que cada año daba menos. También se quedó conmigo, aunque yo ya hacía tiempo que quería marcharme.
Mi padre me había enseñado a varear cuando tenía doce años. Yo quería hacerlo rápido, porque a los doce años uno cree que trabajar rápido significa trabajar bien. Él me quitaba la vara, me corregía las manos y decía que no había que pegarle al árbol como si uno estuviera enfadado con él. “Hay que darle hasta que suelte lo suyo”, decía. “Si le pegás con rabia, te cansás vos antes que el árbol”. Entonces yo me reía. Ahora me acuerdo y no me causa gracia.
La aceituna de aquel año no quería caer. Se quedaba agarrada a las ramas como si tuviera algo que perder. Había que meter la vara entre las hojas, encontrar el hueco y golpear. Otra vez. Y otra. A las diez de la mañana la camisa me pesaba una barbaridad y el sol de noviembre pegaba arriba sin calentar los pies. Tenía los dedos congelados dentro de las botas y los hombros como si me los hubieran molido a palos. Esteban dejó un fardo en el suelo, se agachó y escupió una flema negra sobre la tierra.
—Esta mierda no paga ni el gasoil.
No hacía falta preguntarle de qué hablaba. En la cooperativa ya habían avisado que el rendimiento venía bajo. La aceituna estaba pequeña, arrugada por la falta de agua y con demasiada picadura. Si no llegaba al porcentaje que exigían, el precio caía. Así de sencillo. El olivo podía tener cien años, doscientos, lo que fuera. El papel decía cuánto valía y el papel no tenía hambre.
Esteban volvió a levantar el fardo. Yo miré a mi padre. Tenía la garrafa de aceite entre las piernas. Tres litros del año anterior, sin filtrar, verde oscuro, con el poso acumulado en el fondo. La sostenía con la mano derecha, la única que todavía le respondía. El ojo bueno estaba puesto en el camino de la rambla, por donde acababa de aparecer un todoterreno.
Venían los inspectores.
Siempre llegaban limpios.
Botas limpias, pantalones limpios, camisas limpias. Nosotros llevábamos polvo hasta en las orejas.
El técnico bajó del vehículo con un cuaderno en la mano. Miró la loma, miró los árboles y después miró el suelo. Tomó una aceituna, la apretó entre los dedos y se quedó observándola como si estuviera examinando algo que le habían entregado para devolver.
Dijo que estaba demasiado seca. Que el rendimiento podía ser bajo. Que había picadura. Que habría que llevarla rápido a la almazara. Hablaba tranquilo, como quien explica una cuenta que ya está hecha. Sacó un aparato y pinchó otra aceituna. Anotó un número. Después dijo que no sabía si aquella cosecha iba a entrar en la denominación de origen.
Mi padre hizo un ruido.
No fue una palabra. Fue algo más profundo, una especie de gruñido que le salió del pecho. Intentó levantar el brazo izquierdo y no pudo. La manta se le deslizó de las piernas y cayó al suelo.
El técnico retrocedió un paso.
No sé por qué eso me dio tanta rabia.
Tal vez porque mi padre llevaba dos años sin poder levantarse solo y aquel hombre parecía tener miedo de acercarse a él.
Me limpié las manos en los pantalones y me puse delante.
—Ese olivo lleva aquí más años que usted y que yo juntos.
El técnico me explicó que no hablaba de la edad del árbol, sino de la calidad del fruto. Lo dejé terminar. Después señalé la loma. Le conté que mi bisabuelo había plantado aquellos olivos después de volver de Marruecos con una bala metida en la pierna; que mi abuelo había vivido de esa tierra; que mi madre había muerto y parte de sus medicinas habían salido de lo que daba aquella finca. Le dije que nosotros no teníamos otra cosa. Que, si su máquina decía que no valía, podía meterse la máquina donde le cupiera y dejarnos terminar tranquilos.
Esteban había dejado de trabajar.
La muchacha también.
El técnico miró a mi padre.
Mi padre lo miró a él.
No apartó el ojo.
El hombre terminó de escribir, firmó el papel sobre el capó y volvió al coche. Cuando arrancó, las ruedas levantaron polvo y el todoterreno desapareció por la curva.
Esteban esperó un momento antes de hablar.
—Te pasaste.
—Puede ser.
—Te van a hacer pagar la inspección.
—Que cobren.
Esteban soltó una risa corta y volvió al árbol.
—Sos igual de bruto que tu padre.
No contesté. Miré al viejo. Seguía mirando los olivos. No sé si había escuchado.
A las tres de la tarde teníamos seis sacos.
Nada más.
Seis.
Comparados con los camiones que bajaban cargados desde las fincas grandes del Guadalquivir no eran ni una muestra. Pero eran nuestros. Los habíamos llenado nosotros, a fuerza de hombro, espalda y riñón. Cuando terminamos de arrastrar el último saco, nos sentamos debajo del olivo más viejo para comer.
El pan estaba duro. El tocino olía fuerte. A esas alturas ya ni nos molestaba.
Mi padre no podía masticar la corteza, así que corté un pedazo de miga y lo empapé bien en el aceite de la garrafa. El pan absorbió el aceite enseguida. Se lo acerqué a la boca.
—Abrí.
Abrió.
Comió despacio.
Yo me quedé mirándolo.
Tenía un poco de aceite en la comisura. Se lo limpié con el pulgar. Entonces la boca hizo un movimiento raro. La parte izquierda intentó subir. No llegó a ser una sonrisa, pero casi.
Mi padre tragó.
Respiró por la nariz.
Después me agarró la muñeca.
Apretó fuerte.
Yo no esperaba tanta fuerza en aquella mano.
—Aún… queda…
Me acerqué.
—¿Qué?
Tardó unos segundos.
—Jugo.
Me quedé mirándolo.
No sabía si había entendido bien.
Pero entendí.
Miré los árboles.
La tarde empezaba a ponerse fría. Esteban estaba sentado en el suelo, con las manos entre las piernas. La muchacha tenía la cabeza apoyada contra un fardo. Nadie parecía tener ganas de levantarse.
Yo tampoco.
Pero me puse de pie.
Me escupí en las palmas.
Agarré la vara.
—Vamos.
Esteban levantó la cabeza.
—¿Otra vez?
Miré a mi padre.
—Queda jugo.
Esteban no dijo nada.
Se levantó.
Volvimos a los árboles.
Ya casi no hablábamos. No hacía falta. La luz se iba y el frío empezaba a entrar por las mangas de la camisa. Yo metía la vara entre las ramas y golpeaba. Una aceituna caía. Después otra. Algunas rebotaban sobre el plástico y se quedaban quietas. Otras rodaban por la pendiente hasta que alguien tenía que ir a buscarlas.
Me dolían las manos.
Una ampolla se me había abierto debajo del dedo índice y cada golpe me hacía ver las estrellas.
Pero seguí.
Pensé en los hombres de Madrid.
Pensé en las placas solares.
Pensé en la escritura que mi padre todavía guardaba en un cajón de la cocina.
Pensé en vender.
Por un momento pensé que quizá tenían razón. Que tal vez era absurdo seguir trabajando una tierra que daba cada vez menos. Que quizá mi padre estaba agarrado a algo que ya no existía.
Entonces lo miré.
Seguía sentado debajo del olivo.
Tenía la manta sobre las piernas y la garrafa al lado.
Levantó la mano derecha.
No dijo nada.
Yo volví a golpear.
El sonido de la vara contra las ramas se mezcló con el de las aceitunas cayendo sobre el mantón.
Tac.
Tac.
Tac.
No sé cuánto tiempo estuvimos así.
Cuando ya casi no quedaba luz, miré la loma.
Seguía siendo la misma tierra seca de la mañana. Los mismos árboles. El mismo camino. Los mismos seis sacos que probablemente no iban a pagar ni la mitad de lo que habíamos gastado.
Nada había cambiado.
O eso parecía.
Me acerqué a mi padre.
Tenía los ojos cerrados.
Pensé que dormía.
Le puse una mano en el hombro.
Abrió el ojo bueno.
—¿Ya?
—Ya.
Miró hacia los árboles.
Después miró la garrafa.
Sonrió.
Esta vez sí.
Muy poco.
Pero sí.
A la mañana siguiente no podría mover los brazos. Los dedos se me quedarían agarrotados y seguramente tendría que dormir con las manos abiertas sobre la manta. El dinero de la cosecha apenas alcanzaría para el gasoil y las medicinas. Todo eso era verdad.
También era verdad que la tierra estaba seca.
Que los inspectores tenían sus máquinas.
Que el precio lo ponían otros.
Que los hombres de Madrid podían volver.
Pero aquella tarde, antes de que oscureciera, todavía quedaba aceituna en los árboles.
Y nosotros seguíamos allí.
Mi padre levantó una vez más la mano en la penumbra.
Yo apreté los dedos ensangrentados sobre la madera helada de la vara.
Y le di al árbol.